miércoles, 17 de junio de 2020

ZOMBIELAND: MATA Y REMATA (ZOMBIELAND: DOUBLE TAP, 2019) 99´




Diez años después de unir sus caminos en medio de un apocalipsis zombie, parece que llega el momento en que Tallahasse, Columbus, Wichita y Little Rock se separen, aunque el destino parece empeñado en que no sea así.
Pudiera parecer que afrontar una secuela de una película como Zombieland diez años después de estrenada la primera entrega, suponía  un mal presagio de cara a disfrutar de una película que mantuviera en parte los mimbres de la cinta de 2009. Y no solo no pierde un ápice de los elementos de interés que hicieron del debut en la dirección de Ruben Fleischer un estimable y recordado ejercicio de comedia zombie, sino que supera en todo a su predecesora, sabiendo coger lo mejor de aquella para  mantenerlo en esta segunda entrega, además de subir un par de velocidades en aquellos elementos de interés más desdibujados, aprendiendo de los errores del pasado para ofrecer una secuela más divertida, dinámica y redonda a todos los niveles.
Una de las principales razones por las que esta segunda parte mantiene y eleva el interés que ya ofrecía la película pretérita se debe a que han permanecido fieles al proyecto tanto los guionistas principales de la película estrenada una década atrás, como su director, un Ruben Fleischer con mucho más bagaje profesional, y que incluso ya había formado parte de un blockbuster de gran presupuesto como había sido Venom. Si bien este director ya había demostrado grandes hechuras  como realizador en su opera prima, en esta ocasión se le nota mucho más versado en cómo mover la cámara, tal y como queda patente en la secuencia de la pelea entre Tallahasse y Collumbus contra Alburquerque y Flagstaff, caracterizada por un movimiento continuo de la lente entre los personajes, demostrando de forma empírica que esos ademanes técnicos y visuales presentes ya en su título de debut no eran fruto de la casualidad o mera imitación de otros realizadores.
A nivel interpretativo sucede lo mismo que en el apartado técnico, y es que los cuatro protagonistas principales permanecen anclados a la secuela, demostrando gran fidelidad a una película que, en casos como los de Emma Stone o Jesse Eisenberg, filmaron antes de convertirse en esos actores de cierto renombre que son ahora, y en el supuesto de ella con multitud de premios a sus espaldas por su interpretación en La, la, land. La permanencia de todos los actores centrales dota de una continuidad a la historia que en cualquiera de otras situaciones, con la caída de uno solo de los miembros principales del elenco, hubiera fragmentado la trama. Hay que decir además, que a pesar de todos los años transcurridos, el paso del tiempo no ha pesado sobre estos intérpretes, si exceptuamos el evidente caso de una Abigail Breslin que contaba con tan solo trece años cuándo se estreno Bienvenidos a Zombieland. Pero si el mantener a este carismático cuarteto supone todo un acierto, no lo es menos el conjunto de incorporaciones que van surgiendo a lo largo de la historia, convertida nuevamente en una road movie en la búsqueda constante de un hogar en medio de ese caos en el que se ha convertido el planeta. Hemos de destacar en este aspecto a Rosario Dawson (Hombres de negro II, Alejandro Magno, Sin city o Death Proof) como Nevada, el dúo al que dan vida Luke Wilson y Thomas Middletich, como unos inconscientes émulos de la pareja de protagonistas masculinos principales, y que nos brinda uno de los más divertidos momentos de toda la película por esa similitud entre las dos duplas de personajes. Pero si hay que resaltar a uno de las nuevas incorporaciones por la cantidad de simpáticas situaciones que brinda a la trama y por el toque humorístico que aporta, esa es Madison, genialmente interpretada por Zoey Deutch, hija de un ícono del cine de los ochenta como es Lea Thompson, y que nos deleita con un personaje tan involuntariamente cargante como adorable.
Como apuntábamos con anterioridad, la película remarca las bromas y situaciones que ya funcionaron en la primera entrega, con toda esa retahíla de normas creadas por el joven protagonista para sobrevivir en medio del cataclismo zombie con el que le ha tocado lidiar, convertidas en elemento recurrente a la hora de crear gags visuales o momentos netamente humorísticos, siendo obligatorio nuevamente citar el encuentro convertido en duelo entre el protagonista al que da vida Jesse Eisenberg y su homologo en la creación de unas reglas de supervivencia interpretado por Thomas Middletich.  Por otra parte, al igual que en la película de 2009 se presentaban varios momentos sujetos a la idea de acabar con los zombies de la manera más brutal y letal, esta es recuperada, añadiéndose a la broma además nuevas ideas sobre la propia naturaleza de los muertos vivientes, con esa tipificación tan visual en las acepciones escogidas (desde el Homer al Ninja  pasando por el Hawking).

Tal y como sucedía en la primera entrega, la película adolece de un pequeño bajón en el acto final, en la búsqueda por ofrecer al espectador un fin de fiesta que esté a la altura, apostando nuevamente por la espectacularidad de un ataque masivo de zombies. Sin embargo este pirotécnico final adolece frente a otros violentos encuentros entre los vivos y los muertos, como el que tiene lugar al comienzo de la película en los jardines de la Casablanca o el que se produce junto a la caravana que los protagonistas ansían tomar, que, siendo menos pretenciosos en su impacto visual, funcionan mucho mejor. Aunque en esta ocasión, al estar la historia mejor armada, es más fácil justificar este enfrentamiento final.
Resumiendo, nos encontramos en esta ocasión con uno de esos raros casos en los que una secuela, máxime en un género como el que se aborda, funciona mejor que el título primigenio, quedando demostrado que si se han esperado tantos años antes de abordar una segunda entrega ha sido para mejor, pudiendo contar con todos los máximos responsables detrás y delante de las cámaras que hicieron de Zombieland una agradable sorpresa para el aficionado al cine zombie en su vertiente más gamberra. Por repetir repite hasta Bill Murray, aunque en esta ocasión no tiene el privilegio de protagonizar el mejor gag de la película, ese ya lo habíamos visto un rato antes con la llegada del enorme vehículo ocupado por Alburquerque y Flagstaff. Y es que solo ver la intro creada por Columbia Pictures para la película sabemos que es lo que nos espera. Y lo que nos espera es bueno. Bueno y divertido.

miércoles, 3 de junio de 2020

BIENVENIDOS A ZOMBIELAND (ZOMBIELAND, 2009) 88´



En pleno apocalipsis zombie el tener unas normas de supervivencia claramente definidas pueden suponer la diferencia entre seguir vivo o el convertirse en carne de muerto viviente. 



Con el nuevo milenio y gracias a películas como 28 días después, El amanecer de los muertos o Shaun of the dead, el género zombie resucitó de un letargo de más de una década para convertirse en todo un referente cultural que ha acabado inundado al mundo de la literatura, los comics, la moda, los videojuegos, y, por supuesto la televisión y el cine. Es en ese contexto donde se estrenaba una potente comedia de terror, que con un presupuesto de más de veinte millones de euros y el apoyo de una major como Columbia Pictures, trataba de hacerse un hueco en la taquilla tras ver el tirón que los muertos vivientes tenían entre el público nostálgico del cine de Romero y las nuevas hornadas de fans del género, objetivo que logró, convirtiéndose en un éxito que multiplicaría casi por cinco su coste, dejando un agradable sabor de boca en el aficionado y llegando a generar un tardía secuela logrando además atesorar cierto status de título de culto menor.



La historia está escrita por los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick, futuros autores de la adaptación al cine del personaje de Deadpool y de su secuela, y quienes logran captar toda la esencia del cine zombie en su libreto, dándole una irreverente pátina de humor negro y cierta mala leche a su propuesta, aunque sin atreverse finalmente a prácticamente cruzar los límites con los que juega constantemente, salvo en muy contadas ocasiones. La película supuso el debut en el campo del largometraje para el director Ruben Fleischer (Gangster squad o Venom), quien, fogueado en el mundo del cortometraje y de la televisión, ofrece un trabajo profesional y bien filmado, que incluso apunta maneras interesantes en la forma de rodar y montar las escenas, resultando una más que digna opera prima con no pocos elementos interesantes, y todo ello a pesar de ciertos vaivenes en su ritmo narrativo.



Y es que en la presentación de la película nos encontramos su mejor baza, con esa retahíla de normas y reglas adoptadas por el timorato protagonista, y subrayadas en la propia pantalla, para tratar de sobrevivir en medio de un apocalipsis zombie prototípico. Si a ello sumamos unos potentes títulos de crédito que, bajo el paraguas del tema musical de Metallica For whom the bells town, enmarcan una introducción con una potencia visual que atrapa de inicio al espectador, quien espera ansioso ver que viene después. Y lo que viene después es una simpática comedia con ribetes de horror y donde lo mejor está en unos protagonistas tremendamente carismáticos y que se compenetran entre sí a las mil maravillas, especialmente en el caso de Tallahassee y Columbus, una pareja antagónica pero cuya unión les hace tremendamente eficaces en su deambular en medio de una hecatombe zombie. La incorporación un poco más tarde de Wichita y Little Rock, si bien sirve para ampliar el espectro de protagonistas y abrir horizontes en la historia, se antoja desaprovechado en base principalmente a una razón. De una parte, ese papel de las dos hermanas como unas timadoras a la que solo les importa su propia supervivencia, es una carta de presentación muy atrayente y que funciona a las mil maravillas toda vez vemos como estafan a sus partenaires masculinos una vez tras otra. Sin embargo vemos desinflarse esa idea con una muy forzada, y nada creíble por otra parte, historia de amor entre Wichita y Columbus, siguiendo esa línea de la película por la cual no llegan a atreverse a llevar hasta el final sus valientes planteamientos, dotados de no poca mala baba y dosis de humor negro, posiblemente por el veto de una potente productora detrás, y que si bien supone contar con un holgado presupuesto a la hora, por ejemplo, de mostrar el cataclismo en el cual se desarrolla la película, con multitud de automóviles, incluso aeronaves copando las autopistas o ver ciudades completamente asoladas, lleva aparejado el sometimiento a no pocas cortapisas de cara a presentar un producto final con recorrido en la taquilla.





Y es que si nos damos cuenta, el mejor gag de la película viene con la aparición de un Bill Murray interpretándose a sí mismo y esa broma de final infausto para el protagonista de Cazafantasmas. Otro momento atinado por la mala leche que se maneja es esa involuntaria cita del bueno del joven protagonista con su atractiva vecina, momento durante el cual se percata por las malas de que estamos en plena epidemia de muertos vivientes. Y que la película no mantenga ese tono durante todo su metraje es cierto que le pasa factura, pero tampoco defenestra la propuesta, ni siquiera en base a un último acto descafeinado y con no pocos momentos que parecen chirriar en base a como se han ido dibujando los personajes hasta llegar a ese clímax en el parque de atracciones. Un tramo final que si bien a nivel de la comedia negra que hasta entonces estábamos disfrutando no mantiene la tónica, sí que es un correcto episodio de asedio zombie.





En cuanto a lo que respecta a los efectos de maquillaje y visuales, la película sí que luce realmente acertada, quedando constancia de su desahogado presupuesto, con unos trabajados muertos vivientes, con especial detenimiento en el trabajo de sus rostros, y unos convincentes efectos de casquería, aunque el exceso de efectos infográficos generados en postproducción haga que echemos en falta a los más nostálgicos los excelentes trabajos protésicos y mecánicos de títulos pretéritos, más artesanales e igualmente impactantes, sino más. Y es que de hecho la incorporación a posteriori en el celuloide de sangre infográfica resulta más artificial que la implementación del efecto físico bajo el maquillaje del actor o especialista, pero ese es un mal endémico en el cine gore actual, principalmente por el abaratamiento de costes que supone, y este Zombieland ha seguida en ese aspecto la tendencia presente.



Por último, si la película funciona tan bien a nivel general es gracias al acertado elenco de intérpretes escogidos para cada uno de los papeles principales, y a los que comanda Jesse Eisenberg como el apocado y torpe protagonista, quien sin embargo suplirá sus carencias físicas con un acertado elenco de normas a seguir y que al menos a él le funcionan. Eisenberg, visto en La red social, Ahora me ves o Batman Vs Superman, encaja a la perfección en este tipo de personajes de maneras taimadas y algo torpes a lo que ayuda mucho una fisicidad de niño bueno. Junto a él tenemos al veterano Woody Harrelson como un rudo vaquero de respuestas contundentes y un uso de la violencia directa como forma de abordar los problemas. Harrelson, dado a conocer gracias a la televisiva Cheers y que ha cultivado una polivalente filmografía con títulos como Una proposición indecente, Asesinos natos, El escándalo de Larry Flynt, La delgada línea roja o Ahora me ves, de nuevo teniendo como partenaire a Jesse Eisenberg, acaba resultando lo mejor de la película, un regalo de personaje al que el beligerante intérprete sabe sacar el mejor de los partidos. Por otra parte tenemos a Emma Stone, poco antes de alcanzar fama internacional gracias a películas como Crazy, stupid, Love, The amazing Spider-Man o La La Land, convirtiéndose en una especie de pareja profesional de Ryan Gosling, con quien coincidirá en varios títulos. La actriz compone un interesante personaje de inicio que, sin embargo, queda lastrado, tal como apuntábamos con anterioridad, por el giro que la historia da de su forma de actuar, siendo mucho más interesante su lado canalla y socarrón que la posterior vertiente de chica buena, pudiendo disfrutar no obstante del talento de la joven intérprete y de su vis cómica. Finalmente y cerrando el cuarteto protagonista nos encontramos con Abigail Breslin, conocida por su papel en Pequeña Miss Sunshine, y a quien le sucede algo parecido a Emma Stone en tanto en cuándo su personaje acaba por claudicar al pequeño clan familiar que forman junto a sus compañeros de viaje. Genial cameo de Murray y un pequeño papel de Amber Heard (Superfumados, La chica danesa, Aquaman) completan lo referente al elenco de actores de la película.



En resumidas cuentas, Bienvenidos a zombieland es un muy entretenido ejercicio de comedia de terror narrada a golpe de voz en off, con buenas ideas plasmadas a lo largo de su metraje, ciertos vaivenes en su ritmo que sin embargo no hacen mella en el resultado fina,l y a la que le falta el haber ido más lejos en su propuesta no tirando como lo hace de freno de mano, sabiendo encontrar ese difícil equilibrio entre humor negro y soez en el que tan bien se había movido unos años atrás Shaun of the dead, posiblemente la otra comedia zombie con lo que todos tratamos de comparar el presente título. Pero estos zombies se mueven entre tópicos norteamericanos y no ingleses. Bienvenidos pues a Zombieland, recuerden cumplir las reglas y todo irá bien.

domingo, 24 de mayo de 2020

EL HIJO (BRIGHTBURN, 2019) 90´



El matrimonio Breyer sueña con tener un hijo. Una noche, un temblor azota su granja y un fuerte estruendo e impacto posterior les lleva hasta un bosque cercano, donde encuentran una extraña nave metálica en cuyo interior hallan un bebe de pocos días. 



Si en Superman: Hijo rojo, Mark Millar y Dave Johnson daban respuesta a la pregunta de que hubiera sucedido si en lugar de aterrizar en una humilde granja de Kansas, la nave en la que viaja Kal-El hubiera impactado en un páramo de Ucrania, en el título que nos ocupa la dupla de desconocidos guionistas Brian Gunn y Mark Gunn llevan esta premisa más allá, y nos relatan en El hijo que pasaría si Superman no fuera un ser de luz tal y como ha sido descrito a lo largo de sus más de ochenta años de existencia, mostrándonos de hecho a un personaje oscuro, letal y de intenciones nada bondadosas.


La película está dirigida con pulso firme por David Yarovesky, pero si hay un nombre propio ligado a la película, ese es el del hermano de los dos guionistas anteriormente citados, un James Gunn convertido en ídolo de masas a raíz de sus películas de Guardianes de la galaxia (actualmente se encuentra en plena pre producción de la tercera entrega), cuyo éxito entre el fandom le ha llevado hasta el punto de haberle sido encomendada la dirección de la segunda entrega de El escuadrón suicida en un inteligente intento por reflotar esta intentona de franquicia. Pero antes de convertirse en referente dentro del terreno de los blockbusters, Gunn se había fogueado como guionista y ayudante de dirección en la anárquica e irreverente productora Troma, brindándonos en 2006 la simpática La plaga, y manifestándose de esta manera como un buen director de terror en su vertiente más gamberra. Aunque Gunn  se limita en esta ocasión a producir la película, es innegable su presencia en el estupendo resultado final de una cinta que logra que su interesante premisa no se quede solamente en eso, un punto de partida a tener en cuenta, sino que acaba por reforzar un título más que recomendable tanto para los fans del terror como para los seguidores del Hombre de acero.

 

La película está protagonizada por Elizabeth Banks, precisamente vista en la anteriormente citada La plaga, actriz muy ligada a la comedia y que en esta ocasión logra componer un personaje dramático muy interesante, el de esa madre cuyo deseo por vivir la maternidad de manera plena la lleva a negar todo lo que va pasando a su alrededor, de la sospecha a la evidencia, todo en aras de ejercer de ejemplar matriarca. La secunda David Denman, el otro cincuenta por cierto del matrimonio Breyer, y quien junto a su mujer y su hijo forman una familia casi de ensueño hasta que el joven Brandon empieza a manifestar un comportamiento extraño una vez llega a la adolescencia. Es muy interesante resaltar como la pareja tomará un camino diferente toda vez comienzan a producirse extraños acontecimientos en torno a la figura de su hijo, y como dichas diferencias suponen un interesante tema a tratar en la película, llevándola un punto más allá del terror puro. Pero si hablamos del elenco de actores principales no podemos obviar el excelente trabajo del joven Jackson A. Dunn, quien pese a su corta edad demuestra unas hechuras interpretativas de una gran madurez, brindando un personaje central que pasa de la candidez inicial a no saber que está sucediendo a su alrededor para finalmente erigirse en un ser de maldad pura, y todo ello apoyado de manera principal en las miradas y gestos del joven intérprete.

Es muy acertado ver como la película se inicia con unas formas donde el homenaje al personaje de Superman de Smalville es evidente, con amplios planos que muestran en todo su esplendor esos campos de  donde ese niño venido de otro planeta se crió, y con unos guiños muy evidentes especialmente a la película de Zack Snyder El hombre de acero, incluido cierto inserto similar en la banda sonora. Pero poco a poco esa luminosidad en la historia va tornándose oscuridad, con una gradualidad totalmente acertada que provoca que el suspense de la trama vaya calando poco a poco en el espectador, hasta llegar a un acto final  que, aunque más pirotécnico y desatado, sigue conservando el mal rollo que va desgranando la película.


En cuanto a la violencia de la cinta, está se encuentra perfectamente dosificada y mostrada en el momento adecuado, previa construcción de estupendas secuencias donde el director logra mantener la tensión del momento, tal y como sucede con los ataques a los personajes de la camarera y madre de la compañera de colegio de Brandon y por la que el muchacho se siente atraído, así como el momento en que el joven ataca a su tío tras discutir con este, secuencias ambas perfectamente manejadas y en las cuales se insertan momentos visualmente grotescos como los de los cristales en el ojo de la mujer o el impacto del rostro del familiar del protagonista contra el volante de su furgoneta y sus funestas consecuencias. Si bien no se abusa del gore, si que la película sabe insertarlo en su justa medida, pero siempre teniendo su acertado peso en la escena y complementando momentos donde el suspense es el gran protagonista.

 


Una película que demuestra mimo y buen hacer incluso en detalles en apariencia tan inanes como la marca escogida por Brandon para significarse con esa doble B (de Brandon Breyer) enfrentada y que se contrapone a la conocida S de Superman, logo que inundará todos los escenarios donde el joven cometa sus atrocidades. Lo mismo sucede con ese traje escogido por nuestro villano, y que pese a su simplicidad, propia del niño que lo ha confeccionado, logra erigirse como enormemente amenazador y terrorífico. Un último detalle a remarcar es un final que se  aleja de convencionalismos y arriesga, culminando como debe hacerlo una historia como la que se nos ha ido contando hasta ese momento, y todo a pesar de que la película amenace con un último giro a la historia que eche por tierra todo el trabajo anterior, no siendo finalmente este el caso.



En resumidas cuentas, un muy interesante trabajo que toma una leyenda popular del calado de la del Superman de Joe Shuster y Jerry Siegel y lo retuerce hasta devolvernos una fabula negra donde el terror de los protagonistas ante lo que están viviendo no es nada ante el que siente el propio espectador, que, conocedor de los poderes que ese niño llegará a tener, saben de antemano cual será el final de la historia, y créanme, no es un final reconfortante ni con visos para la esperanza. Es el problema de ser un ser prácticamente indestructible, que todos dependemos del bando que este elija para combatir. Y si elige el del mal tenemos un problema y gordo.

martes, 12 de mayo de 2020

INFIERNO BAJO EL AGUA (CRAWL, 2019) 83´





Con un huracán de intensidad cinco arrasando el Estado de Florida, Haley, desoyendo las recomendaciones de seguridad de las autoridades, se dirige en busca de su padre a la casa familiar, ubicada en pleno epicentro de la tormenta. Allí le encuentra en el cenagoso entresuelo de la vivienda y gravemente herido, dándose cuenta pronto la joven que las intensas rachas de aire y las lluvias torrenciales serán el menor de sus problemas.



Infierno bajo el agua se engloba dentro de ese subgénero dentro del terror más real, y que tiene a grandes y terribles criaturas de la naturaleza, y en concreto de la naturaleza acuática, como eje central de la trama. Con Tiburón como alma mater de este cine y espejo donde todas las películas que han venido después se miran irremediablemente, el último título del galo Alexandre Aja (auspiciado entre otros en la producción por su colega Grégory Levasseur o el gran Sam Raimi), responsable de obras como Alta tensión o el remake de Las colinas tienen ojos, tiene el honor de asomar como una aportación encaminada a devolver el prestigio a este subgénero, y que títulos de serie Z como la divertida Sharknado y toda la retahíla de mega tiburones o mastodónticas criaturas marinas de evidente origen y acartonado estilo infográfico habrían llevado por el camino del cine más caricaturesco. Podemos decir que Aja consigue su objetivo, y que Infierno bajo el agua logra mantener a flote una tensión por momentos insoportable ante la angustiosa peripecia vivida por los dos y prácticamente únicos protagonistas principales, Haley y su padre, atrapados en medio de una brutal tormenta que arranca tejados e inunda calles y casas, y a la que hay que unir el encontrarse bajo el sitio de un grupo de enormes y feroces caimanes no dispuestos a dejar ninguna presa libre.



Aja, quien ya había dirigido la simpática y brutal Piranha 3D, precisamente un remake del Piraña de Joe Dante surgido a rebufo y como contestación de la serie B al mega éxito de Spielberg con su escualo, logra aprovechar todo el conocimiento adquirido en dicho rodaje para integrar en el presente título unas secuencias acuáticas filmadas con gran pulso y una claridad en la imagen y en el montaje de dichas escenas que son de lo mejor de la película a nivel visual. El director francés demuestra una vez más su gran pericia técnica y su capacidad a la hora de ubicar y mover la cámara, logrando dotar de enorme dinamismo a una historia con una limitación espacio temporal evidente, y que además se sustenta prácticamente en dos únicos intérpretes. Pero ello no se convierte en un hándicap, sino todo lo contrario, ya que el director logra introducir precisamente gracias a dichos elementos, un aire de opresión y tensión a lo largo de todo el metraje realmente notables. A esto hay que sumar lo acertado de la recreación de un subsuelo de la vivienda anegado por el barro y la suciedad, y repleto de angostos recovecos y huecos donde las tuberías y los cimientos de ladrillo pueden convertirse en trampas mortales o constituir un salvoconducto a la hora de poder escapar de las enormes fauces de los escamosos antagonistas de la dupla protagonista.



Siendo como es Aja un director sin miedo al exceso ni al uso exacerbado de los efectos más truculentos en sus películas, en esta ocasión nos encontramos a un autor más comedido. Siguiendo con la comparativa entre Infierno bajo el agua y Piranha 3D, si en el caso de la cinta de 2010 nos encontramos tras las cámaras a un enfant terrible volcado en ofrecer una oda al exceso, abuso especialmente presente en las secuencias de los ataques de las pirañas en la fiesta en los muelles, donde el gore y los efectos más salvajes y hemoglobínicos campan a sus anchas en la pantalla, potenciados además por el uso de las tres dimensiones. Sin embargo en esta ocasión se han volcado los esfuerzos por ofrecer un título sustentado en el suspense, en mantener la tensión de las secuencias, y tratando de infundir en el espectador las mismas sensaciones que las vividas por unos protagonistas heridos, agotados y aterrados. Ello no es óbice para que se muestren en pantalla varios ataques de los caimanes a personajes anecdóticos, cuyo único fin es precisamente servir de carnaza a los enormes alligators, y donde Aja deja de lado la sugestión para no dudar en mostrar dichos ataques con todo lujo de detalles, siendo este un elemento que si bien no molesta ni resulta fuera de lugar, tampoco aporta nada nuevo a una película que, como ya apuntábamos, es principalmente un ejercicio de suspense. Si que podemos sin embargo echar en cara la capacidad de supervivencia de los protagonistas a las embestidas de unas criaturas de las que se ha dejado constancia de su poder destructivo, y que sin embargo cada vez que atrapan entre sus fauces a uno de los dos personajes principales, son incapaces de acabar su cometido. Es evidente que ambos han de ir sobreviviendo para dotar de contenido a la película, pero el hecho de, en pos de tratar de mantener la atención del espectador, dotar a ambos personajes centrales de esa capacidad de casi invulnerabilidad, provoca el mayor punto de desconexión de la trama.





Y respecto a estos dos protagonistas principales, hay que destacar la interpretación, principalmente física, de Kaya Scodelario (vista en la saga de El corredor del Laberinto y en la quinta entrega de Piratas del Caribe) y Barry Pepper (Salvar al soldado Ryan, La milla verde, Banderas de nuestros padres o Valor de ley), entregados al cien por cien a unos personajes que pasan todo el metraje empapados en agua, cubiertos de lodo y recibiendo golpes por doquier. Pero asimismo esta pareja de padre e hija resultan igual de creíbles y convincentes en dicho rol y en su difícil situación personal sustentada por un divorcio traumático y una relación paterno filial lastrada por la excesiva exigencia del primero hacía la segunda en lo que respecta a su actividad deportiva, la natación, y que resultara un elemento principal a la hora de introducir las secuencias más significativas de la película. Y además se agradece como Aja es capaz de dibujar la relación y situación de ambos protagonistas en apenas un flashback y una secuencia de interacción entre ambos, más que suficiente sin embargo para que los personajes resulten creíbles y convincentes.





A lo largo del tiempo no han sido pocas las películas de género donde la presencia de caimanes o cocodrilos constituía el eje central del terror (caso de Trampa mortal, La bestia bajo el asfalto o Mandíbulas), proliferando en los últimos años los títulos de serie Z que, gracias al abaratamiento de los efectos visuales más protésicos, copaban los estantes de los videoclubs o el catálogo de películas de productoras como Asylum y similares. Infierno bajo el agua rescata a este tipo de películas de la mediocridad y la eleva varios enteros, ofreciendo un título de impecable factura técnica, un manejo de las secuencias realmente notable (ello a pesar que en el último tramo la incredulidad y el más difícil todavía tome forma ante escenas como la del cuarto de baño), y con unos intérpretes convincentes y que logran conectar con el espectador. Es de esta forma como, camuflada bajo la apariencia de un título de serie B, nos encontramos un más que acertado ejercicio de puro cine de suspense donde el terror lo ponen unas criaturas ancladas en nuestro acervo colectivo como amenazas latentes, algo a lo que ha ayudado su tendencia a seguir perpetuando su imagen de letalidad en constantes ataques a despistados seres humanos. Y es que las estadísticas nos dicen que es más fácil ser atacado por un cocodrilo gigante que por un demonio venido del averno.

lunes, 4 de mayo de 2020

MIEDOS 3D (THE HOLE, 2009) 92´



Dane y Lucas son dos hermanos que acaban de mudarse junto a su madre a una tranquila localidad para empezar una nueva vida. En el sótano de su nueva casa y de manera fortuita descubren, junto a su nueva vecina, una trampilla cerrada con seis candados. Una vez logran abrirla dan con un oscuro agujero en el suelo que parece no tener fin, abriendo sin ser conscientes la puerta a sus mayores temores.





Un título muy apropiado para que los más jóvenes puedan disfrutar del género de terror, ya que la propia historia y su evolución, así como la forma en que esta ha sido plasmada en pantalla, convierten a Miedos en un título muy recomendable como iniciático dentro de un género que por la propia temática que trata, así como por el hecho de ampararse de manera casi obligada en la violencia o escabrosidad, lo convierte en prácticamente un tabú para los más jóvenes. No sucede lo mismo con esta propuesta, heredera de alguna manera de la serie de libros de R.L Stines Pesadillas, reconvertida en serie de televisión y con adaptación cinematográfica protagonizada por Jack Black incluida. Este tratamiento edulcorado del terror puede llevar al equívoco de pensar que el presente título fracasa como ejercicio dentro de este género, algo que sucederá si es que nos dejamos llevar por el error de acercarnos a ella desde nuestra condición de adultos y no lo hacemos teniendo en cuenta el target principal al que está destinado la película, un público que está dejando atrás la infancia y adentrándose en la adolescencia y la madurez, lo que no es impedimento para que quienes no estamos comprendidos en esta franja de edad no podamos disfrutar de este retorno de Joe Dante al cine tras seis años de parón.





La historia ha sido guionizada por Mark L. Smith, autor igualmente de los guiones de Habitación sin salida y su secuela, el remake de Martyrs o la galardonada El renacido. Este autor deja patente su amor por el género de terror volcado en un libreto que homenajea a este pero de una manera muy controlada, sin ir a lo fácil que sería introducir grandes y evidentes guiños, aunque sí que estos están introducidos más de soslayo, sin que Miedos se convierta en un constante ir y venir de referentes del género, no siendo ese su objetivo principal, sino el devolver a este una carta de amor especialmente pensando en ese niño fan del miedo que algunos hemos sido alguna vez. El director de la película no es otro que Joe Dante,  todo un referente del cine fantástico y de terror, introduciendo no obstante en su cine siempre un tono de desenfado y hasta de ciertos ribetes de humor, y nunca obviando el amor del director por el cine de ciencia ficción de los años cincuenta, al que homenajea de manera constante en su filmografía, ideas estas que quedan perfectamente atestiguadas si hacemos un repaso por su carrera, donde destacan títulos como Piraña, Aullidos, Gremlins, En los límites de la realidad, Exploradores, El chip prodigioso, No mataras al vecino, Pequeños guerreros o Matinee, lo que nos da una idea de porque en la década de los ochenta Dante era considerado el Steven Spielberg (con quien por cierto colaboraría en varias películas) de la serie B. Este director, además de tener un gran conocimiento a la hora de filmar películas con una historia como la que presenta Miedos, donde se mezclan fantasía y realidad con unos tonos lúgubres pero que no llegan a adentrarse en el género de terror más puro, es un especialista a la hora de trabajar en películas protagonizadas por niños y jóvenes, como demostrara en varios de los títulos enumerados anteriormente. Esta doble experiencia le convertía en el director idóneo para llevar a buen puerto un proyecto como el de presente. 





Y es que como ya se apuntaba en la sinopsis inicial, los grandes protagonistas de la película son dos adolescentes y un niño, personajes con los que el espectador logra conectar inmediatamente sin que lleguen a resultar cargantes, soporíferos o directamente no te los creas, algo que suele no ser extraño en películas en las que el protagonismo recae en actores tan jóvenes, y que bien puede ser debido a una mala escritura del propio personaje o por una interpretación donde la inexperiencia lleva al exceso por parte del intérprete sin que el director llegue a controlar esta situación. No es este el caso y tanto Chris Massoglia, Nathan Gamble como Haley Bennet resultan atinados en sus papeles, con un simpático desenfado que hace no les pase factura el cargar con todo el peso de la trama central, encontrándonos a un trío de niños monos pero que además resultan simpáticos y hasta por momentos carismáticos. Frente a estos actores tan jóvenes nos encontramos con Teri Polo, conocida sobre todo por co protagonizar junto a Ben Stiller la saga iniciada con Los padres de ella, y que ejerce el rol de madre de la pareja de niños protagonistas. Un veterano Bruce Dern, quien ya había trabajado con el director en la divertida No matarás al vecino, compone un interesante papel al que si se le puede achacar que se le podía haber sacado algo más de partido. Y como no puede ser de otra manera en una película dirigida por Dante, no falta el consabido cameo de Dick Miller, actor fetiche de este a lo largo de toda su filmografía y que de alguna manera ejerce de alter ego del director.



La película se inicia con un aire familiar, que nos retrotrae indefectiblemente a plenos años ochenta, con una familia mono parental y a la que persiguen fantasmas del pasado trasladándose a una nueva ciudad, a una nueva vida, y llegando a un barrio de casas unifamiliares y agradables vecinos de jardín, inicio muy habitual en las cintas de dicha década, y puesto de moda por ser uno de los tratamientos habituales utilizados por Spielberg en su cine (todos recordamos ET o Poltergeist). Y es que el espíritu de la película es eminentemente ochentero, con ese aire de inocencia que dibuja unos personajes simples pero efectivos. Esto hace que la cinta se deje de divagaciones y vaya directo a la trama central, desgranando el misterio del agujero que da título a la película en su versión original de una forma que te atrapa ante los acontecimientos que se van narrando, a la par que engancha por su dinamismo en el montaje, a pesar de que podamos atisbar ciertos agujeros en la trama fácilmente perdonables.





Si bien en el trasfondo Miedos es cien por cien hija de los ochenta en cuánto a personajes, historia y desarrollo de la misma, no podemos decir lo mismo de sus formas visuales, algo que queda claro con ese primer movimiento de cámara según se acerca al automóvil de la familia protagonista cuando llegan a su nueva residencia. Los tiempos han cambiado y eso se nota en la forma de rodar y en un tono en la fotografía, estupenda por otra parte, más oscuro y que sin embargo nos permite disfrutar de todo lo que acontece frente a la cámara, obviando ese recurso tan propio del terror actual como es el de oscurecer tanto la secuencia que acabamos por perdernos muchos de los detalles. Y obviamente su filmación mediante el uso de cámaras 3D es lo que más la aleja de la forma de rodar hace treinta años y la ubica técnicamente en un momento más actual. Lo bueno es que la forma en que es utilizado el 3D posibilita que quien quiera disfrutar de este recurso a la hora de ver la película pueda regocijarse en cómo se utiliza para aumentar la profundidad de campo o potenciar el efecto del onírico escenario utilizado en el último acto, aunque no pueda evitar integrar planos evidentes de personajes lanzando objetos a cámara. Pero quien, como es el caso, no necesite o no quiera estar sometido al visionado en el formato creado por James Cameron para Avatar, no tiene por otra parte la sensación de estar delante de una película creada ex profeso para la explotación de este recurso.



Y llega el momento de valorar Miedos en su conjunto. Quien abogue porque se trata de una película de terror que no da terror ha de abandonar el prejuicio de compararla con el cine de este género creado y filmado para adultos, especialmente en la vertiente más gore y explícita del mismo. Es una película para niños y jóvenes, con lo que la manera en que ha de manejarse el miedo en las secuencias ha de tener este hecho en cuenta, forzando pero sin llegar al límite. Y sin embargo sí que se logran buenos momentos en lo que se refiere al manejo del suspense y el miedo, como el instante en que el pequeño Lucas se enfrenta en el sótano con un atroz bufón de porcelana o la primera aparición en los lavabos de la cafetería de la niña fantasma. Es cierto que en su desenlace la historia tira de lo fácil y utiliza un recurso sencillo para solucionar el entuerto creado, pero por otra parte es algo evidente tratándose como decíamos de una película para niños, algo que pueda parecer no es así por la nefasta y errónea calificación moral otorgada a la película en nuestro país. Es por ello que es importante saber qué es lo que vamos a ver, y en el caso de Miedos es una buena excusa para iniciar a los más jóvenes en un género poco dado a presentar películas como Miedos, donde se les tenga en cuenta como público potencial. La sangre y el terror al límite es para otro momento, ahora toca un terror más light y desenfadado.      

miércoles, 15 de abril de 2020

¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO? (WHO CAN KILL A CHILD? 1976) 106´



Una pareja de turistas de habla inglesa llega hasta la ciudad costera de Benavis en plenas fiestas del lugar. Pero su destino final será la apacible y tranquila isla de Almanzora, a cuatro horas de viaje en barca. Sin embargo, cuándo llegan al lugar descubren extrañados que no hay ningún adulto en sus calle, encontrándose únicamente con niños con un comportamiento anómalo.




Preguntado una vez sobre el miedo y que es lo que a él le producía terror, Narciso Ibáñez Serrador contestaría con una definición del terror como una situación aparentemente cotidiana y normal, pero con un elemento desestabilizador y amedrentador, turbador, poniendo como ejemplo a  un inocente y tierno bebe recién nacido que al sonreír mostrara todas sus piezas dentales. Pues algo de todo ello hay en ¿Quién puede matar a un niño?, ya que parte de una situación de aparente cotidianidad, como veremos más adelante, para acabar convirtiéndose en una pesadilla con elementos tan atroces como los que se muestran en la película.  



Basada en la novela de Juan José Plans El juego de los niños, guionizada bajo pseudónimo por el propio director, ¿Quién puede matar a un niño? es, junto a La residencia, el único trabajo para cine de este todoterreno televisivo que, sin embargo, gracias a ambos títulos y a su labor en la excelsa serie para televisión Historias para no dormir, se ha convertido en todo un referente del terror en nuestro país. Su director da sobradas muestras de su talento detrás de las cámaras, pero también en lo que respecta al manejo del suspense y la tensión de las secuencias, así como en el montaje de estas, para acabar ofreciendo una pieza cinematográfica que, aunque de inicio bebe de numerosas fuentes, a su vez ha acabado siendo referencia ineludible a la hora de hablar del género de terror en España.





Y es que es evidente no dejar de pensar durante el visionado de la película en varios espejos en los que su autor se pudo haber mirado a la hora de la gestación de su proyecto. De inicio, en el maestro Hitchcock, siendo de hecho Ibáñez Serrador una especia de émulo patrio (a pesar de haber nacido en Uruguay) de este grandísimo director, especialmente en lo que respecta a lo paralelo de su actividad televisiva, uno con seriales como Alfred Hitchcock presenta o La hora de Alfred Hitchcock, el otro con la citada Historias para no dormir o en sus colaboraciones catódicas junto a su padre, Narciso Ibáñez Menta. Asimismo hay que destacar el amor de ambos directores por el suspense, muy presente en sus respectivas obras. Finalmente de entre toda la filmografía del británico habría que tomar Los pájaros como película inspiradora del presente título, siendo de hecho los niños protagonistas una nueva excusa, como en su día fueron las aves de la película de 1963, para ofrecer todo un estiloso ejercicio de manejo del suspense y la tensión durante el metraje. Pero no podemos obviar otras películas como inspiradoras del resultado final visto en ¿Quién puede matar a un niño? como son El pueblo de los malditos o La noche de los muertos vivientes, tomando de la primera ese protagonismo de unos infantes transmutados en entes sin humanidad aparente o lo que es peor, con una humanidad terroríficamente turbia, oscura, mientras que de la ópera prima de George A. Romero toma esa idea del confinamiento y constante huida a la que se ven sometidos los protagonistas ante una amenaza real y letal, en una escapada a ninguna parte. Pero al igual que la película bebe de numerosas fuentes para conformar una personalidad propia hasta convertirse en uno de los títulos señeros del cine de terror patrio, hay que reconocer su huella en obras posteriores, como en la novela de Stephen King, transmutada en innumerable saga cinematográfica, Los chicos del maíz, llegando asimismo a estrenarse una tardía e innecesaria secuela en 2012 con el título de Juego de niños.





Buen trabajo interpretativo de la pareja Lewis Fiander y Prunella Ransome, curtidos ambos en el terreno televisivo y que dan vida con creíble solvencia al matrimonio protagonista, tanto en el tramo en el que se dedican a disfrutar de sus vacaciones con una naturalidad perfectamente mostrada en pantalla y que les hace totalmente creíbles como matrimonio bien avenido, relación esta que potenciará el horror posterior en base a la creación de una conexión empática con el espectador por parte de ambos. Lo mismo sucede en los momentos en los que el terror se ha apoderado de la trama y los otrora cariñosos y despreocupados personajes han de mostrar todo el sufrimiento, angustia, desconcierto y desesperación por lo que les está sucediendo. De entre el elenco de secundarios españoles con apenas unos minutos en pantalla, cabe destacar por su reconocimiento posterior a Luis Ciges, historia de nuestro cine gracias a títulos como Patrimonio nacional, La colmena, La vaquilla, El bosque animado, Amanece que no es poco o El milagro de P. Tinto, así como a Marisa Porcel, otra veterana del medio televisivo y dada a conocer por el gran público por su papel de Pepa en la simplista Escenas de matrimonio. Mención aparte para el trabajo interpretativo de todos los niños que aparecen en escena, que realmente llegan a amedrentar por sus comportamientos frente a cámara, supeditados a extrañas y maliciosas sonrisas, miradas sin alma y comportamientos de una naturalidad desasosegante, en lo que se antoja una excelente labor de dirección de actores por parte del propio Ibáñez Serrador. 



La película comienza con una fuerza demoledora, insertando entre sus largos títulos de crédito iniciales, escenas documentales de archivo tomadas en conflictos como la Segunda Guerra Mundial, la guerra entre India y Pakistan, la guerra de Corea o la guerra de Biafra, dejando constancia de un demoledor denominador común, el sufrimiento y muerte de los niños en todas estas disputas. Esta forma de iniciar la película deja al espectador tocado en base a tratarse de imágenes y datos reales, tensionando de esta forma el director al espectador desde el minuto uno, a lo que ayuda además la inserción de risas y cantinelas infantiles entre tanto fotograma descarnado, creándose una dualidad estremecedora. Sin embargo, tal como apuntaba el mismo realizador en el comienzo del presente texto, no tarda en mostrar una situación de total normalidad, aunque inserte una tragedia en medio con el descubrimiento de un cadáver en el mar, como es una bulliciosa playa en plena temporada alta donde el juego, el baño y el relax son los elementos principales. Es en ese momento en el que se nos presenta a la pareja protagonista, realizando junto a ellos un tour por las calles principales de la localidad ficticia de Benavis (a la sazón un remedo de la malagueña Benahavís), momentos que aunque puedan parecer triviales resultan sumamente importantes, de ahí que se les dedique cerca de media hora de metraje, no solo para que el espectador conecte con los protagonistas de manera que su posterior sufrimiento haga más mella en quien visiona la película, sino que además es una manera de abordar el tema del aislamiento de la pareja protagonista, en esta ocasión mediante la figura de dos personajes de origen inglés o estadounidense (no llega a aclararse en la película) en un medio donde los fuegos artificiales, los gigantes y los pasacalles son algo totalmente desconocido, que incluso entre gozosos momentos de diversión les llega a asustar. En este punto es importante comentar que la película debía haber sido estrenada con los actores principales hablando en inglés y el resto en castellano, con los consiguientes problemas de comunicación, especialmente en el caso de ella, ya que el personaje de Tom sí que entiende el castellano. Por facilitar el estreno y posterior distribución de la película se optó por doblar al castellano a todos los personajes, rompiéndose de esta manera la idea inicial del propio director de ahondar en la posterior sensación de absoluto desamparo de los dos personajes centrales al no poder comunicarse correctamente con terceras personas una vez son conscientes de lo que está sucediendo.





Como ya apuntábamos con anterioridad, es muy importante para el director jugar con el suspense a lo largo de toda la película, y es evidente el talento a la hora de hacerlo de Ibáñez Serrador, quien es capaz de generar desazón en momentos aparentemente banales, como lo es la propia llegada de los dos turistas a la isla, esos primeros momentos donde la tragedia aún no se ha desatado pero se van dando pequeñas pistas que nos hacen ver a la vez paralelamente al espectador y a los protagonistas que algo extraño está sucediendo en el lugar. El manejo del tiempo de las secuencias es otro acierto por parte del director, ya que logra estirarlas lo suficiente en el momento adecuado para alargar la agonía del momento sin llegar a romper el ritmo de la escena, siendo un buen ejemplo de esta idea el instante en el que los protagonistas, extrañados por no ver a ningún habitante adulto de la isla pero todavía tratando de justificar este hecho, toman un tentempié en un bar con apariencia de haber sido abandonado de manera abrupta. Hay que resaltar la composición musical de Waldo de los Ríos, colaborador habitual de Narciso Ibáñez Serrador, y que junto a los efectos de sonido insertados en la película, son un añadido de suma importancia a la hora de potenciar esa suma de sensaciones que hacen de ¿Quién puede matar a un niño? un ejercicio de difícil digestión, que nos lleva incluso a sufrir esa misma sensación de calor sofocante tan presente en la historia , y que el propio celuloide casi introduce en la comodidad de nuestros hogares, convirtiendo el bello pueblo en el que tiene lugar la trama, con esas casas de piedra blanca,  paredes encaladas y puertas de madera pintadas de vivos colores, en un auténtico infierno.



Otra cosa que sorprende de la película, máxime teniendo en cuenta los más de cuarenta años transcurridos desde su estreno, es la valentía por parte de su máximo responsable a la hora de abordar en imágenes una historia tan complicada por el hecho de centrar su trama en unos niños capaces de los más abyectos comportamientos, pero sobre quienes además se llega en determinados momentos a ejercer una violencia brutal. La película en este caso no se esconde, ni trata de ocultar, matizar o ensombrecer estas secuencias de calado más visceral o directa, siendo de una explicitud sin matices en momentos como en los que un grupo de niños desnuda a una de sus víctimas, o la propia muerte de varios de estos infantes, alguno de muy corta edad, a manos de un desatado Tom, con lo que a esa idea de la sugerencia, de la insinuación tan presente en la construcción del suspense, se une por momentos una violencia gráfica en pantalla tremendamente osada y arriesgada., una mezcolanza que funciona a la perfección en el resultado final. 





Y sin embargo toda esa suma de decisiones a la hora de filmar y montar la película, sumado a una historia tan potentemente turbadora como atrayente, y donde además se inserta una potente idea de crítica social perfectamente presente ya en los títulos de crédito iniciales, pero también en su depresiva escena final, han hecho de ¿Quién puede matar a un niño? una película de merecido culto y un referente a la hora de hablar del cine de terror de nuestro país, capaz de adelantarse varios años a otros títulos de intenciones similares pero mucho más sensacionalistas. Y es que quien revisite o se encuentre por vez primera con esta película, seguramente experimentará las mismas sensaciones que sus primeros espectadores allá por la primavera de 1976. Y créanme, no son sensaciones precisamente placenteras.