martes, 27 de julio de 2021

LA CALLE DEL TERROR (FEAR STREET, 2021) 330´

 

El pueblo de Shadyside está marcado a fuego como uno de los lugares con la tasa de criminalidad más alta de Estados Unidos debido a las diferentes matanzas perpetradas en la localidad a lo largo de generaciones, pero lo que parece una funesta concatenación de macabras casualidades puede tener un origen mucho más terrorífico de lo que ya es per se.

La calle del terror es una muy grata sorpresa dentro del género, y que, estrenada en la plataforma Netflix como tres películas independientes aunque consecutivas, ha de abordarse como un único título, tal como ocurre con otras trilogías cinematográficas, encabezadas como no puede ser de otra manera por El señor de los anillos, ya que han sido pensadas, escritas y filmadas como una única historia. Historia que bebe de la serie de relatos del mismo título obra del afamado escritor de terror juvenil R. L. Stine, creador de Pesadillas y que, en este caso, si bien sigue abonado a un terror protagonizado por jóvenes, presenta un trasfondo mucho más adulto que el de su saga literaria más conocida, tanto por el mayor nivel de violencia presente en La calle del terror como por presentar unas tramas con un poso más adulto y tenebroso. Trasladar estas novelas a la gran pantalla ha sido un proyecto largamente acariciado desde el éxito de la serie para televisión Pesadillas emitida a mediados de los noventa, y que incluso llevaría a tratar de estrenar en cines las tres películas de la saga de manera consecutiva. Finalmente estas han encontrado su sitio en la plataforma Netflix, resultando un acontecimiento más que disfrutable para el aficionado al género de terror, y una muy recomendable opción tanto a la hora de dar el salto de los títulos más juveniles y menos densos dentro del terror a un cine de género más potente visual y narrativamente hablando, como para descubrir este a un público poco familiarizado con el miedo en el cine.

Las tres películas están dirigidas por Leigh Janiak, una directora con una filmografía escasa (un único largo anterior), pero siempre volcada en el género de terror. Debutaría en 2014 con Honeymoon para foguearse en series como Outcast, Scream o Panic, siendo La calle del terror su confirmación como uno de los nombres a tener en cuenta dentro del género, habida cuenta del buen trabajo que realiza en esta ocasión. La directora logra ofrecer un trabajo muy competente a nivel técnico, con muy buenos usos de la cámara, una medida planificación de las secuencias, un montaje trabajado, acertados flashbacks para tratar de agilizar la historia y secuencias en paralelo muy bien editadas. Pero además del mimo presente en la forma de envolver la propuesta, cabe destacar igualmente como Janiak no se amilana a la hora de abordar la trilogía con un tono que balancea, y de manera tremendamente atinada, entre el tono juvenil, el terror puro con algún momento francamente duro y el gore más desinhibido. El resultado es el merecido ante este trabajo detrás de las cámaras, una delicia para el gourmet del cine de terror al que la propia trilogía aprovecha para homenajear.

De esta manera cada película tiene un marcado trasfondo de reconocimiento de una manera de abordar el cine de terror a lo largo de las décadas. La primera entrega, subtitulada 1994 se inspira en sagas como Scream, se lo que hicisteis el último verano o Leyenda urbana, en tanto se inicia como si de una nueva entrega de la saga protagonizada por Ghostface se tratara, homenaje al propio asesino incluido. Esa reinvención del slasher orquestada desde el éxito de la película dirigida por Wes Craven y escrita por Kevin Williamson está presente en la propia estética de una historia ambientada a mediados de la década de los noventa, pero también en varios momentos muy reconocibles. La muerte inicial es todo un decálogo de los resortes utilizados en aquellos años en el género para generar desazón en el espectador, con falsos sustos, jumpscares traicioneros y alargando la secuencia hasta la extenuación tratando de que la agonía de la víctima se traslade a los espectadores. Y una vez se presenta la trama seguimos reconociendo guiños a ese cine noventero en varios de los personajes, en el uso de la música de éxito de aquellos años como forma de conectar con el público potencial de este tipo de películas, o el protagonismo de una Scream Queen de fuerte carácter que recuperaba la figura inmortalizada por John Carpenter en La noche de Halloween a través del personaje interpretado por Jamie Lee Curtis y que se convertiría en un prototípico icónico dentro del cine de terror. En el caso de la segunda entrega de la trilogía, remarcada como 1978, el homenaje está claro, siendo Viernes 13 y sus secuelas el espejo central en el que vuelca sus guiños la película, incluyendo un asesino con un saco cubriendo su rostro, tal como sucediera en la primera secuela de la cinta de Sean S. Cunningham, antes que el bueno de Jason se hiciera con su icónica máscara de hockey, algo que sucedería en la tercera entrega de la franquicia. Siendo fiel al estilo marcado por Viernes 13 y la retahíla de imitaciones que vendrían después, este episodio es el más visceral en cuanto a violencia se refiere, con decapitaciones y apuñalamientos explícitos incluidos, aunque curiosamente el momento más duro de la película en el terreno de la violencia lo consigue la directora sacando el asesinato de plano. Al igual que sucede con la violencia, esta segunda entrega es la más directa en la forma de mostrar el sexo, una vez más guiándonos por los esquemas argumentales de los títulos homenajeados, y es que mientras en las otras dos películas estos momentos tienen un carácter mucho más intimista, en este caso su utilización es totalmente desinhiba e incluso innecesaria, tal como sucedía en todo slasher ochentero que se precie. Y si en el caso de la primera parte hablábamos de su música como forma de conectar con la década de los noventa en la cual tiene lugar la historia, lo de esta segunda entrega es de auténtico lujo gracias a un primer acto que en ningún momento deja de bombardearnos con temas musicales como Brother love´s travelling salvation show (incorporado igualmente a Erase una vez en Hollywood), Love will keep us together,  Cherry bomb, The first cup is the deepest o Carry on wayward, solo por citar únicamente unos pocos ejemplos de la delicatesen musical que nos espera antes que el terror haga su aparición en escena. Finalmente,  la saga se cierra con un sugerente 1666, abordando la historia de inicio de los terribles acontecimientos que han acompañado al pueblo de Shadyside desde hace casi cuatro siglos. En este caso el homenaje es menos evidente pero el reciente éxito de La bruja pesa sobre una película mucho más construida sobre los cimientos de un terror sugerido y basado en miedos atávicos (la utilización de la religiosidad enfervorecida de la comunidad donde se desarrolla la película es evidente) que en el uso de unos terrores más explícitos y directos fomentados por un asesino físico. En este caso el miedo es incorpóreo y bebe de acuerdos con el demonio o castigos divinos, lo que lo hace más cercano a nuestra propia realidad, y por ende más reconocibles. Como cierre de la historia, el último acto nos traslada nuevamente a 1994, donde todo empezó, para abordar un fin de fiesta a la altura de todo lo visto hasta entonces.

Pero no piensen en La calle del terror como una película homenaje anclada en los guiños que va mostrando en cada una de sus entregas, sino que parte de una excelente historia que se desarrolla de manera magistral a lo largo de las tres películas, sorprendiendo al espectador en cada nueva entrega, y es que se agradece en ese sentido que nos pille varias veces con la guardia baja, y conformando un todo que encaja a la perfección. Es evidente el cuidado que se ha puesto a la hora de escribir y reescribir las tres películas para que todo quede hilvanado de manera casi perfecta, y es que si obviamos apenas un par de agujeros en el guion casi imperceptibles, el puzzle confeccionado por la propia Leigh Janiak junto a Phil Graziadei, colaborador de la directora desde su opera prima Honeymoon, está pensado y medido de manera excelente. La historia construida te atrapa desde el arranque de 1994 para no soltarte hasta los títulos de crédito de un cierre que además te guiña el ojo una última vez durante los títulos de crédito finales, en una sesión de seis horas que es todo un deleite tanto para el aficionado más curtido en el género como para el más neófito. Sin querer entrar en la propia historia que las películas narran, si que debemos hacer hincapié en como presenta una trama amorosa totalmente creíble y nada forzada, sirviendo esta idea como perfecto exponente de la manera en que está escrita la película, sin la incorporación de elementos superfluos o poco creíbles, más allá del trasfondo de la propia historia sobrenatural, con reacciones humanas, situaciones en las que te ves reflejado y momentos que serían los que sucederían si lo narrado en pantalla se extrapolara nuestra realidad.

La construcción de personajes es igualmente uno de los puntales sobre los que se cimenta el estupendo resultado de la trilogía, ya que todos y cada uno de ellos resulta interesante y necesario, está bien construido, tiene su momento en alguna de las entregas y muy especialmente, tiene un trasfondo creíble y que te lleva a empatizar con  los diferentes protagonistas. La historia pivota principalmente en el personaje de Deena, a quien da vida una sobresaliente Kiana Madeira, vista básicamente en películas para televisión o series para el mismo medio. Este personaje, como ya apuntábamos con anterioridad, si bien tiene ciertas características de las scream queens al uso, presenta una personalidad propia muy marcada y que la aleja a su vez de prototipos mucho más anclados en la inocencia o inicial debilidad, caso de la propia Laurie Strode (La noche de Halloween) o más recientemente de  Sydney Prescott (Scream). Junto a Kiana no podemos obviar nombres como los de Sadie Sink (Stranger things), Emily Rudd, Ryan Simpkins, McCabe Slye, Benjamin Flores Jr, Ted Shuterland, Olivia Scott Welch (vista en Modern familiy), Julia Rehwald o Maya Hawke (Erase una vez en Hollywood) por citar solo a varios de los, en la mayoría de los casos, jóvenes actores que, aunque desconocidos para el gran público, ofrecen unas interpretaciones muy notables. El hecho de que la mayoría de protagonistas sean mujeres y lo bien que están escritos estos personajes es otro de los puntos a destacar, ya que si bien en la mayoría de slashers al uso estos personajes son una suma de estereotipos, en este caso tienen una complejidad que, además de aportar al personaje y ayudar al intérprete a darle vida, favorecen la creación de un vínculo de este con el espectador, y por lo tanto un mayor sufrimiento del mismo ante lo que acontece en pantalla.

No podemos hablar de La calle del terror sin abordar la colección de psycokillers que aparecen en pantalla, y es que si bien la historia narrada aborda diversos géneros dentro del terror, es evidente que el slasher tiene un peso considerable dentro de la trama. Es por ello que en las tres películas hacen acto de presencia una serie de villanos con una potencia no solo visual, sino conceptual merecedora de la creación de una película propia por cada uno de estos personajes, aunque en el caso del asesino del campamento Nightwing si que ostenta dicho honor, protagonizando prácticamente en solitario toda la segunda entrega. Asesinos como Ryan Torres, Ruby Lane, El lechero, Billy Barker, El estafador o Cyrus Miller, son creaciones muy por encima de otros personajes dentro de títulos dentro del género, algo que demuestra nuevamente el mimo puesto a la hora de crear una historia que incluso se ha molestado en dar un trasfondo a  todos y cada uno de estos personajes. Asimismo es de agradecer el uso que a lo largo de las tres películas se hace de un personaje tan relevante como el de Sarah Fier, mostrado en pantalla mediante fogonazos y con una historia que va desgranándose retazo a retazo hasta llegar a una tercera y última parte que dedica dos terceras parte de su metraje a abordar por completo al mismo, origen de toda la leyenda negra de Shadyside.

Llegados a este punto únicamente queda recomendar una película construida como trilogía pero que hay que ver prácticamente de seguido para disfrutar de un guion con engranaje de reloj, unos personajes para el recuerdo, una historia con una fuerza evidente pero que además ha sido filmada para mantenerte aferrado a la butaca de inicio a fin. Un título para visionar con la menor información posible al respecto para que de esta manera logre llevarte por el camino marcado por una Leigh Janiak que ya puesto de manifiesto su interés por seguir alimentando la saga con nuevos títulos. Algo que servidor agradecería.

jueves, 3 de junio de 2021

EL EJÉRCITO DE LOS MUERTOS (ARMY OF THE DEAD, 2021) 148´


Tras una epidemia zombie en Las Vegas que ha obligado a sellar la ciudad y aislarla del resto del mundo, un grupo de mercenarios son requeridos por un millonario para hacerse con el dinero que este guarda en una cámara acorazada en uno de los casinos de la ciudad.

Cerca de dos décadas después de su primera película, la celebrada Amanecer de los muertos, por cierto uno de los títulos de referencia, junto a 28 días después, a la hora de citar las responsables del boom zombie a todos los niveles de entretenimiento (comics, libros, series, películas, videojuegos…) iniciado a comienzos de los dos mil, Zack Snyder regresaba al género que le vio nacer como cineasta con un título que conviene analizar de manera pausada y sin dejarnos llevar ni por fanatismos ciegos ni por enconados odios tanto hacía el género como al propio director, y que invalide el señalamiento tanto de los defectos de la película, así como del reconocimiento de sus virtudes.

Lo primero que conviene señalar es que se trata de la primera película de Zack Snyder tras un tiempo de convulsión y retiro de este director tanto por motivos personales, el fallecimiento de una de sus hijas, como profesionales, con ese traumático remontaje y con ello la pérdida total de la identidad otorgada por Snyder a su anterior estreno, La liga de la justicia, y que el propio cineasta pudo resarcir con la nueva versión recientemente estrenada en HBO. Es por ello que El ejército de los muertos denota la necesidad de su máximo responsable, ya que además de director Snyder es el autor de de la historia, coguionista de la película, productor y director de fotografía, de disfrutar de nuevo con su trabajo, dejando de lado grandes y complejas historias y rodajes tortuosos para enfrentarse a una filmación donde ha podido disfrutar de un control creativo absoluto (una de las ventajas de trabajar con las nuevas plataformas de entretenimiento, en este caso Netflix, frente al mayor control de las major tradicionales), lo que se ha transmitido, y la película así lo hace, en un trabajo dinámico, cómodo y divertido (todo lo cómodo y divertido que suelen ser los rodajes de producciones de unos ochenta millones de presupuesto), donde el disfrute de sus responsables traspasa la pantalla ofreciendo un entretenimiento honesto y totalmente disfrutable, donde ni siquiera una duración cercana a las dos horas y media hace mella en el resultado final, no habiendo lugar en ningún momento para el aburrimiento y de hecho, dando la sensación de que la película es más corta de lo que marca en metraje.

Frente a una de arena una de cal, y es que la historia como tal acaba resultando vacua y sin apenas un desarrollo más allá de la creación de una trama mínima para poder contar con una película que abarque los diferentes elementos que de inicio parece querer abordar. Al final la trama puede resumirse como un gran asalto a una, en principio irreductible cámara acorazada, en medio de una amenaza zombie, sin ni siquiera contar con los engranajes narrativos que traten de armar de manera consistente lo que sucede en pantalla, lo que como espectador nos lleva a sorprendernos por la manera en que actúan los protagonistas, hallándose además por el camino evidentes agujeros de guion, o cuando menos, resoluciones de situaciones poco esmeradas y trabajadas.  Ese es otro elemento donde Snyder no ha afinado su trabajo como guionista y autor de la historia original, y es que los personajes, a pesar de resultar tremendamente atractivos como mercenarios al uso, carecen de interés dramático, pesando más en la película su estética y fisicidad que sus intereses personales o desarrollo dramático. Son, ese sentido, personajes secundarios de un videojuego de acción, con una potente  presencia en pantalla pero sin alma suficiente como alguien con quien empatizar. Ni siquiera el intento de introducir una sub trama dramática entre padre e hija resulta mínimamente interesante como espectador, ya que por otra parte la propia película se encarga de manera insistente en hacerte ver que los tiros, nunca mejor dicho, van por otro lado.

Y es que, y volvemos nuevamente a loar la capacidad de Snyder como cineasta, la película es un soberbio espectáculo de acción que además sabe manejar con solvencia contrastada los momentos de mayor tensión, como ese pasillo de zombies adormilados.  No es nueva la capacidad de su director a la hora de dirigir cine de acción, pero en este caso se une el hecho de haber prescindido en mayor medida que en títulos anteriores del uso del chroma key, aumentando exponencialmente la utilización de decorados y elementos físicos presentes en el set a la hora de filmar. Y sin embargo no se nota el cambio, ya que Snyder es buen director con o sin pantalla verde, siendo un virtuoso en el uso de la cámara, eso es algo que no se le puede negar, y en la forma en que filma y monta las secuencias de acción en sus películas, no faltando tampoco en esta ocasión el uso de la cámara lenta, una de sus marcas de la casa. Y si hablamos de constantes en el cine de Snyder tampoco fallan unos títulos de crédito introductorios que son de lo mejor de la película, como ya hiciera desde su opera prima, la citada Amanecer de los muertos, y llevara a su máxima expresión con unos títulos de crédito de arranque en Watchmen que son directamente magistrales. En esta ocasión el director utiliza unos tonos saturados, una cámara súper lenta y el tema mundialmente popularizado por Elvis Presley (no podía ser otro) Viva Las Vegas, debidamente adaptado para la ocasión, para narrar en seis minutos pletóricos todo el desarrollo que tiene lugar en la ciudad donde tiene lugar la película (otra elección totalmente acertada el contar con “la ciudad del pecado” como escenario), desde que irrumpen los primeros zombies hasta que se logra contener a lo que ya es una horda irreductible dentro de una ciudad sellada, aprovechando además la ocasión el director para presentar a varios de los protagonistas de la película.

En cuanto a los actores principales, la película cuenta con un puñado de intérpretes poco conocidos para dar vida a los mercenarios protagonistas, aunque como apuntábamos con anterioridad su mayor interés es el aspecto visual que estos aportan a sus personajes, más allá de cualquier desarrollo dramático que, aunque en algún caso se plantea de soslayo, apenas es un elemento que se haya trabajado. El antiguo luchador profesional dentro del circuito de la WWF y actor en películas como Guardianes de la galaxia, Spectre o Blade runner 2049, Dave Bautista, es quien comanda al grupo de mercenarios y la propia película, que sin embargo se erige como un título bastante coral y donde todos los personajes tienen su momento para el lucimiento. Así podemos encontrarnos entre otros con una aparentemente cándida pero decidida Ella Purnell (El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares), un imponente Omari Hardwick (Kick ass), una Ana de la Reguera vista en Narcos y que dobla su papel tanto en ingles como en castellano, un Garret Dillahunt visto en las películas No es país para viejos o 12 años de esclavitud como un villano sin pegada y al que se ve venir de lejos, o al alemán Matthias Schweighöfer, quien se hace con uno de los papeles más celebrados y disfrutables. No podemos olvidar a Richard Cetrone y su más de metro noventa, quien interpreta al líder de los zombies y que es uno de esos especialistas de acción imprescindibles hoy en día y con un curriculum como tal donde figuran películas como El club de la lucha, Amanecer de los muertos, Constantine, Sr y Sra Smith, 300, Iron man, Watchmen, La cabaña en el bosque, Batman y Superman o La liga de la justicia por citar solo unos ejemplos. Además ha dado el paso natural a trabajar como actor en títulos como Sucker Punch, Underworld, El hombre de acero o Fantasmas de Marte, repitiendo en cierta manera en El ejército de los muertos el personaje al que diera vida en la película de John Carpenter. Por último, y pese a que, tal como indicábamos anteriormente la película había servido como terapia para su director a la hora de dejar de lado las malas experiencias tras el rodaje de su anterior película, en esta ocasión también tuvo que trabajar de manera forzosa una vez filmada completamente la película, en este caso para integrar en lo ya rodado al personaje de Tig Notaro, la piloto del helicóptero. Y todo para sustituir al actor Chris D´Elia, que es quien inicialmente grabó toda la película junto al resto de intérpretes, y a quien se decidió fusilar de la cinta tras las denuncias por acoso sexual a menores recibidas por este intérprete y comediante.

Respecto al género en el que se ubica la película, ese puede ser otro punto en contra que los aficionados al terror pueden esgrimir para tratar de defenestrar la propuesta de Snyder, y es que, frente a un Amanecer de los muertos que siempre se movía dentro del género de terror, en esta ocasión el director, dentro de esa idea de locura controlada que es El ejército de los muertos, no duda en combinar la acción adrenalítica con pequeñas notas de comedia negra y por supuesto el terror, en un coctel disfrutable una vez uno es consciente de por dónde ha llevado Snyder su propuesta. La película además, dentro de que aborda el subgénero zombie, lo hace con unas particularidades propias a la hora de sugerir el inicio de la plaga de muertos vivientes, incluyendo además en la ecuación unas categorías de zombies que desarrollan la idea que el padre del género Romero ya diera a entender en su última gran película sobre el tema, La tierra de los muertos vivientes, con unos seres capaces de actuar como grupo organizado, añadiendo en este caso la figura de unos émulos de rey y reina zombies. Snyder aborda la película desde la sobredosis de acción y brutalidad, no habiendo ningún tipo de recato a la hora de mostrar de manera explícita la capacidad de destrucción de los propios zombies pero también de los humanos protagonistas. Y ahí es donde hace su entrada el departamento de efectos especiales, echándose en falta el uso de efectos protésicos y físicos, algo que si hiciera el director, y además de manera consciente, en su primer acercamiento al mundo zombie con Amanecer de los muertos, siendo en esta ocasión predominante la utilización de los efectos visuales en postproducción para la simulación de los impactos de bala y detonaciones corporales de todo tipo.

Por último no podemos dejar de abordar El ejército de los muertos como una enorme caja de sorpresas plagada de huevos de Pascua y homenajes que el director ha ido depositando a lo largo de la película, idea que va en consonancia con el hecho de tratar este trabajo como la válvula de escape a través de la cual Zack Snyder ha combatido todos sus fantasmas del pasado reciente, tratando de recuperar no solo la pasión por su trabajo, sino la confianza en la propia industria. Esta idea apuntala la necesidad de revisionados que permitan abordar toda la recua de guiños, puyas y homenajes incluidos a lo largo de la película, y que tienen por ejemplo sus miras en películas como Aliens el regreso, Fantasmas de Marte, El ejército de las tinieblas, Amanecer de los muertos, El señor de las bestias o la propia Liga de la justicia entre otros. La idea además de que esta película se constituya como el punto de partida para una serie de animación que está por venir o algún spin off que aborde y aumente las explicaciones sobre el origen de unos zombies que, según algunas teorías, ya se visualizan como cyborgs o alienígenas, da buena idea de la enorme broma que su director y principal responsable ha postulado con su vuelta a la primera línea de fuego de la industria del cine. Algo que siempre se agradece tratándose de directores tan particulares, para bien o para mal, como es el caso de Zack Snyder. Es por ello que lo mejor, al menos de inicio, es disfrutar de un primer visionado de El ejército de los muertos dejando de lado teorías que abordan la película como una alegoría sobre la relación entre el director y la productora Warner o la polémica con los pixeles muertos, y dejar estas polémicas para posteriores ocasiones. Disfruten de la orgia de muertos vivientes y acción adrenalítica y dejen de lado los razonamientos lógicos para más adelante, les merecerá la pena.

miércoles, 12 de mayo de 2021

LA BRUJA (THE WITCH, 2015) 93´

En la Nueva Inglaterra del siglo XVII una familia de puritanos es expulsada de la colonia en la que viven, trasladándose hasta un páramo donde construirán una granja. Pero la maldad que mora en el bosque cercano a su nuevo hogar no  tardará en adentrarse entre los frágiles muros familiares.

Un título muy valiente que no se deja influenciar por el estilo predominante hoy en día en el género en líneas generales, y que aborda este desde una estética, historia y narrativa totalmente personales, dejando claro desde su propio subtítulo, a New England folktale, el estilo visual pero también conceptual a adoptar, tratándose efectivamente y en definitiva de un cuento de terror propio del folklore popular más arraigado, con el miedo a las brujas pero también al propio Dios como elemento catalizador de los propios terrores y con ello de la historia narrada.

La película está dirigida y escrita por el debutante Robert Eggers, quien tras presentar varios cortometrajes que ya apuntalaban cuales eran los temas favoritos de su realizador, siendo de hecho una traslación del cuento de Hansel y Gretel, sin olvidar a la bruja de la historia, su primer trabajo profesional en formato de cortometraje, vuelca en esta, su opera prima, muchas de sus fijaciones, ya vistas en trabajos anteriores, como las relaciones familiares, la religión y, cómo no, los mitos y leyendas populares, siendo de hecho el propio Eggers oriundo de Nueva Inglaterra, con lo que es obvio que es un tema que siempre ha tenido cercano por orígenes.

La película está filmada con una sobriedad y una veracidad que se convierten en su principal marca, llevando hasta el final este estilo que, por ejemplo, nos deleita con una filmación en parajes totalmente naturales o un uso exclusivo de la luz natural como fuente de iluminación, sin recurrir a una fotografía sustentada por ningún tipo de apoyo artificial, lo cual confiere a varias de las secuencias presentadas cierta iconografía pictórica, siendo auténticos cuadros en pantalla, potenciados por el hieratismo de los personajes en las propias escenas, sirviendo de perfecto ejemplo de esta idea el momento en que la familia está velando al hijo enfermo. Incluso el vestuario utilizado fue creado de manera artesanal, pudiéndose decir lo mismo de la utilización del dialecto de la época, todo en aras de trasladarnos hasta el momento, no solo histórico, sino cultural y de creencias en los que se ubica la película, algo que se consigue desde la propia escena introductoria que narra la expulsión de la familia protagonista, precisamente por una disputa de tintes religiosos, dentro de la comunidad puritana de colonos de la que formaban parte. Es evidente el interés por parte de Eggers de hacer que el espectador sea abstraído por la película desde su belleza formal, de ahí ese buscado estilo de sobriedad narrativa, sin grandes alardes técnicos pero con una firmeza en la forma en que están filmadas las secuencias que acaban por generar un título muy consistente en ritmo y narrativa, tratándose como es La bruja de un título con un tempo pausado y sin acelerones por tratar de desenmascarar el misterio que envuelve a la película.

La manera en la que la película nos adentra en el terror es mediante una buscada generación progresiva de un ambiente opresivo que poco a poco, pero de forma casi inmediata, una vez desaparece el hijo menor de la familia protagonista, vaya haciendo mella en el espectador, casi en paralelo a la propia degradación moral y familiar de los protagonistas de la historia. Hay mucho de sugestión en La bruja, alejándola de esta manera de un formato de cine mucho más explícito y visceral y, aunque no evade la violencia de la situación que se va narrando, sabe que no es ese su territorio, focalizando su interés, como bien decíamos con anterioridad, en crear sensaciones y desasosegando al espectador. Y lo hace prácticamente sin golpes de efecto, estudiados jumpscares,  juegos con la banda sonora o la contraposición de imágenes tratando de asustar. Tampoco le hace falta, ya que la desazón que va manando conforme avanza esta historia de trágico e inexorable final es su principal valía como elemento terrorífico.

Es interesante remarcar como la película utiliza el tema de la religión como eje principal, ubicando además la trama de manera consciente en un momento histórico y geográfico totalmente buscado, en plena migración de los puritanos a Nueva Inglaterra, algo que hace totalmente creíble la manera de actuar de la familia protagonista. Esto plantea un tema interesante dentro de la propia película, y es el poder divergir entre dos teorías, si lo que sucede tiene tintes realmente demoniacos o es simplemente la propia paranoia religiosa de los protagonistas la que les lleva a pensar que su desgracia inicial con la pérdida del hijo menor es fruto de sus propios actos pecadores, lo que les lleva a tomar una serie de decisiones fatídicas presas de un estado paranoico propiciado por la valoración religiosa que hacen de cada uno de los acontecimientos de su vida. Y es que si bien el director muestra en pantalla a la propia bruja, e incluso cierra con un aquelarre en mitad del bosque, refrendando la idea de la presencia de las fuerzas del mal como eje de la fatalidad, es este un elemento interesante que planea sobre la película y que de alguna manera sirve de acicate contra la propia utilización sesgada y torticera de los preceptos religiosos.

Mención especial merece un elenco de actores sobre cuya actuación se carga buena parte de la responsabilidad de que la película funcione, ya que al apostarse por la afección emocional del espectador con las vivencias de la familia protagonista, es de vital importancia no solo hacer creíbles a estos personajes, sino lograr que su sufrimiento, independientemente estés de acuerdo con sus creencias radicales o no, y por lo tanto con la forma en que abordan los acontecimientos que les están llevando al abismo como comunidad familiar,  haga mella en uno como espectador. En ese sentido se trata además de una película de apenas unos pocos personajes, potenciándose ese aire de teatralidad de la cinta, a lo que se une su desarrollo en prácticamente un único escenario, la casona familiar, siendo el bosque colindante el otro marco donde tiene lugar la historia. Destacar como el director ha apostado por intérpretes muy solventes en lo profesional pero desconocidos para el gran público, una vez más una decisión tomada en aras de buscar potenciar el aire de veracidad de la historia contada. En ese sentido podemos de una parte citar a los dos intérpretes adultos, Ralph Ineson, visto en infinidad de series y películas, y que da vida con una convicción absoluta a un patriarca cuyas creencias religiosas extremistas son las causantes de llevar a su familia hasta una situación insostenible, provocando primero la expulsión de su propia comunidad y más tarde una huida hacia adelante que acabará resultando trágica. Katie Dickie, otra actriz muy fogueada en la televisión, encarna a la madre de familia que, aunque al igual que el personaje de Ineson, está totalmente sometida a sus propias creencias religiosas, supone un elemento más racional en la pareja, y que incluso llega a plantear su equivocación por haber abandonado su hogar oriundo. Por otra parte hay que destacar a un grupo de jóvenes intérpretes que logran algo muy complicado en un título de estas características, y máxime tratándose de actores tan jóvenes y neófitos dentro de la interpretación, siendo para todos su primera o uno de sus primeras actuaciones delante de las cámaras, de hecho y a excepción de Anya Taylor-Joy, el resto de actores infantiles apenas han trabajado como intérpretes posteriormente. En este aspecto los cuatro jóvenes ejercen un trabajo creíble, lleno de frescura en la forma de actuar y con el aliciente de tratarse de unos roles tan dramáticos, logrando sin embargo impregnar de esa madurez que, por fuerza, los muchachos de su edad debían tener en la época en la que se desarrollan los acontecimientos, a su propia interpretación. Destacar a la actriz de diecinueve años en el momento de estrenar la película Anya Taylor-Joy, quien carga con el papel más complejo de toda la película, donde evoluciona de niña asustadiza a lolita involuntaria finalizando en el extremo opuesto de de cómo inicia la película, siendo de hecho un plano de su rostro el arranque de la historia. La joven intérprete demostró de esta manera con esta, su primera película, unas tablas y una predisposición para la actuación que ha refrendado en títulos posteriores como Múltiple, Los nuevos mutantes o la televisiva Gámbito de dama.

La bruja se erige desde una posición de valentía y absoluta creencia por parte de su director y máximo responsable hacía el proyecto que tenía entre manos, como una rara avis dentro del cine de terror actual, cercana en ideas, concepto y forma a películas tan extrañas y personales como El hombre de mimbre o la más reciente Lords of Salem Frente a un tipo de cine de terror  que, aunque ha recuperado las formas de la escuela más clásica gracias al comercial James Wan y una filmografía que apuesta por la vertiente más psicológica y sugestiva del miedo, se apoya en demasiadas ocasiones en una visión explícita, salvaje y que busca incomodar al espectador desde un bombardeo de imágenes repulsivas e impactantes, en esta caso se busca dentro de los propios miedos atávicos del espectador el elemento con el que juega la película, no solo para incomodar durante su visionado, sino para dejar un poso de amargura una vez finaliza la historia, recordémosla, propia del folklore tradicional que todos los países  y culturas, de una forma u otra, tienen, adaptada a la propia idiosincrasia del lugar en el que surgen. Y es que recordemos que aquí también, “haberlas haylas”.  

lunes, 26 de abril de 2021

1922 (1922, 2017) 101´


Un hombre cabizbajo atraviesa la ciudad y dirige sus pasos hasta uno de los hoteles del lugar. Allí se hospeda en una habitación, extrae un legajo de papeles en blanco y se dispone a relatar cómo, con la ayuda de su hijo, acabó brutalmente con la vida de su mujer en el lejano año de 1922.

Una nueva adaptación que bebe de una de las incontables historias del prolífico Stephen King, cuyos relatos y novelas han sido adaptados por centenares tanto al cine como a la televisión, siendo en esta ocasión la escogida una novela corta incluida en el recopilatorio publicado en 2010 Todo oscuro, sin estrellas, pudiendo atisbarse las maneras del autor de Carrie, It, El resplandor o El misterio de Salem´s Lot en el elemento angustioso y opresivo que preside la historia, así como en un protagonista miserable perfectamente definido y dibujado sobre el papel y por ende en la propia película, siendo la figura del hijo de catorce años de este otro de esos recursos habituales del escritor de Maine, ceder buena parte de la importancia de sus obras a personajes infantiles o juveniles.

La película está guionizada y dirigida por el apenas conocido Zak Hilditch, quien ya había jugado de alguna manera con el género en sus dos títulos anteriores, Transmisión y Las últimas horas, y que nos ofrece en esta ocasión una película que se apoya en la sencillez de su propuesta para dibujar una historia de una turbiedad que logra traspasar la pantalla, haciendo que tanto los calurosos veranos como los durísimos inviernos que transcurren en la granja de Wilfred James, narrador en primera persona y protagonista de la cinta, hagan que el espectador sienta casi en sus propias carnes los extremos vaivenes climatológicos vistos en pantalla. Y es esa la principal virtud de 1922, su capacidad para generar desazón y llenar de esa misma suciedad y mugre presente tanto a nivel físico, con una casa desvencijada, unas manos y rostros agrietadas por el trabajo duro y unos ropajes polvorientos y ajados, como emocional, con unos personajes marcados por la culpa tras el cruel crimen cometido contra su esposa, en el caso de Wilfred, o la propia madre, como le sucede al joven Henry.

1922 arranca ya con unas formas que hacen uno se incomode nada más iniciada la película, volcando de esta forma su director todos sus esfuerzos en generar un título que traspase, que vaya directo a nuestro lado más emocional. Para ello ha potenciado el trabajo de caracterización tanto de los escenarios en los cuales tiene lugar la trama, y que de manera casi única tiene lugar en la granja propiedad de los protagonistas, como en los propios elementos de estos, caso de unos muebles desvencijados, unos colchones polvorientos o unos suelos estropeados. Apuesta asimismo por no ocultar los momentos más violentos, que, aunque no son numerosos, si son mostrarlos con una crudeza cuasi documental, siendo especialmente reveladores a este respecto los planos en los que se muestran los cadáveres que aparecen en pantalla, lo que nos lleva a un elemento clave, tanto en la novela como en la película, a la hora de lograr ese objetivo de resultar repulsiva y repeler cada vez más a medida que avanza la historia, tratando de alguna manera de trasladar a un elemento tangible el acto tan atroz del que somos testigos a los pocos minutos de comenzada la película. Y ese es el papel de las ratas. Y no solo por lo explícito de los momentos en los que hacen acto de aparición, devorando el cadáver del personaje de Arlette y llegando a surgir de su boca en una explícita escena, así como de las paredes y tuberías del hogar de Wilfred o del propio hotel en el que decide ocultarse transcurridos los años, acompañando su aparición de su estridente, denteroso y característico sonido propio de la acción de roer, lo que les convierte en un elemento tremendamente perturbador. Pero es que incluso en el acto más natural, y que incluso se evita mostrar en cámara, como es el sacrificio de una vaca, la realización marcadamente árida, explícita y dantesca logra que acabemos profundamente incomodados.

Pero además de la capacidad que tiene la propia película e historia y la forma de plasmarla en pantalla para generar desasosiego y desazón, convirtiendo a 1922 en un notable ejercicio de terror psicológico, es de recibo alabar el trabajo interpretativo del trío principal de actores de la película. Lo que hace Thomas Jane con el personaje de Wilfred James a nivel de caracterización, acento y gestualidad es de un talento tal que hace no lleguemos en muchos momentos a vislumbrar al intérprete de Deep blue sea o Boogie nights, mutando completamente a nivel físico e interpretativo hasta convertirse en el pérfido y a la vez atormentado protagonista central, y eje que sustenta toda la historia. Jane confirma de esta forma su fanatismo por el trabajo de Stephen King, siendo esta la tercera ocasión en la que participa en una adaptación a la pantalla grande de una obra literaria de este escritor tras El cazador de sueños y La niebla. Otro tanto puede decirse de un Molly Parker que volvía a un tipo de películas con un marcado tono perturbador tras Wicker man o La carretera, y a la que tan solo le son necesarios unos minutos en pantalla para dibujar un personaje igual de repulsivo que el de Wilfred, en un duelo de personajes amorales, egoístas y que sirven para dibujar una sociedad que en parte trataba de dejar atrás la dureza del trabajo en el campo para abrazar una nueva vida en unas ciudades donde la bonanza económica de aquellos años permitía albergar una esperanza de cambio a mejor, rol que interpreta el personaje de Arlette James, y que chocaba abiertamente con esa parte de la población más tradicional en su pensamiento e incapaz de dejar aquello que mejor conocía y que le hacía sentirse seguro, caso de Wilfred James. Y en medio un hijo de catorce años a quien da vida el joven Dylan Schimd, quien ya había formado parte de la adaptación a la televisión de las historias de otro creador de terrores literarios, en este caso el más juvenil R. L Stine, autor de la saga Pesadillas, e intérprete asimismo en Cuernos, curiosamente adaptación de la novela de Joe Hill, hijo de Stephen King y heredero en cierta forma del estilo literario de su progenitor. Schmid, aunque no logra llegar al nivel artístico de Thomas Jane y Molly Parker, ofrece una competente interpretación como atribulado y manipulable hijo del protagonista, quien es manejado por este para posicionarse a su favor en sus disputas maritales, utilizando para ello la reciente relación entre el joven y su novia como ariete contra el que golpear a su mujer. King aprovecharía este personaje para ofrecer su particular homenaje a la pareja de delincuentes Bonnie y Clyde, elemento que se traslada a la propia película.

De esta forma 1922 se revela como un notable ejercicio de terror psicológico cuyo principal tema tratado es la culpa, una culpa que toma forma física mediante la aparición espectral del cadáver de Arlette James dedicada a perseguir y atormentar a un Wifred James que vamos viendo desmoronarse progresivamente. Pero esa misma culpabilidad toma también corporeidad transmutada en decenas de ratas incapaces de abandonar al protagonista y acabando con su resistencia tanto física como emocional de manera gradual y persistente, hasta acabar con el único final esperable en este tipo de relatos, uno que cierre el macabro y sangriento circulo iniciado varios años atrás con el asesinato de la matriarca de la familia por un puñado de hectáreas. O lo que es lo mismo, Stephen King en estado puro.

sábado, 27 de febrero de 2021

DÉJAME SALIR (GET OUT, 2017) 104´

Chris Washington siente cierto recelo a la hora de ir a conocer a los padres de su novia Rose, motivado principalmente por el hecho de ser el negro y ella blanca. Pero sus miedos iniciales no tardan en disiparse cuándo conoce a su familia política, quien le acoge prácticamente como a un hijo más. A pesar de todo, Chris no puede evitar sentir que algo no anda del todo bien durante esa visita familiar.

Exitoso título que a una estratosférica taquilla, que llegaría a multiplicar por más de sesenta el coste inicial de la película, se sumaría un reconocimiento prácticamente unánime por parte de la crítica, y que llevaría a Déjame salir a competir por el Oscar a mejor película, ganando la dorada estatuilla correspondiente a mejor guion original, todo un triunfo teniendo en cuenta la consideración que el cine de género, máxime de terror, suele tener a la hora de ser tenido en cuenta por los miembros de la academia. La relevancia de la película supuso otra piedra más para consagrar a la productora de Jason Blum (la Blumhouse productions) como el referente actual más destacado a la hora de hablar del género de terror, sumando este nuevo éxito a otros anteriores como Paranormal activiy, Insidious, Sinister, Ouija o La purga, entre un largo vademécum de títulos relacionados con el horror.

Pero si hay un nombre referencial detrás de Déjame salir, mucho más allá del de su productor convertido en estrella del Hollywood actual, ese es su guionista y director Jordan Peele, quien debutaría detrás de las cámaras con el presente título tras foguearse como escritor de guiones en series para la televisión y desarrollar una carrera paralela como intérprete para el mismo medio. Gracias a su opera prima, Peele se convertía en un director y guionista a considerar, manteniendo el estilo que preside Déjame salir con Nosotros, su siguiente trabajo tras las cámaras, y siendo asimismo el encargado de escribir el guion del esperado remake (de próximo estreno) de Candyman, revisión que renueva el título de culto basado en un relato corto de Clive Barker y protagonizado por el conocido psicokiller (nuevamente un personaje negro) creado a partir de terribles leyendas urbanas y caracterizado por llevar un garfio en lugar de mano y tener su cuerpo henchido de abejas.

La película pervierte la idea mostrada en el clásico Adivina quién viene esta noche, por la cual una familia de clase acomodada blanca acoge en su seno al novio negro de su novia, y si bien esos convulsos sesenta en los que se estrenó la cinta protagonizada por Sidney Poitier, Spencer Tracy y Katharine Hepburn poco tienen que ver con el reciente año de estreno de Déjame salir, si se juega con ese espíritu de dudas e incomodidades propias de la situación de partida, algo a lo que ayuda ubicar la historia en una kafkiana comunidad vecinal que en parte parece anclada en la década en la que se estrenó la película de Stanley Kramer. La película mantiene durante todo su metraje un juego por el cual trata de dar la vuelta a las constantes del cine de terror en el que se enclava, y no solo lo hace cediendo el protagonismo principal a un actor negro, algo poco habitual en este género, una idea que ya quedaba plasmada en la paródica Scary movie, cuándo una de las amigas de la protagonista explica como en el cine de terror los negros son los primeros en morir, una broma que encierra buena parte de verdad dentro de los arquetipos principales del slasher. Pero es que además concede a este protagonista el status metafórico de scream queen, transmutando de esta manera un rol habitual dispuesto para mujeres blancas en un hombre negro. Una vez que Peele ya ha dejado claro que va a implantar sus propias normas dentro de las constantes del género en el que se enclava la película, se inicia un viaje hipnótico para el espectador (casi tanto como para el propio protagonista), que contiene a su vez varios estilos narrativos e ideas a destacar en un mismo título.

De esta forma, durante todo su primer y prácticamente segundo acto, la película se construye sobre la duda constante que ahoga al protagonista, primeramente en forma casi de juego con su novia, para ir tornándose cada vez más desasosegante y real, incertidumbre y malas vibraciones que el espectador hace suyas por la inteligente forma en la que el director va sumergiéndonos en ese microcosmos que es la familia Armitage, y que expande en la fiesta en la cual conocemos al resto de la comunidad que reside en la zona rural donde tiene lugar prácticamente toda la película, algo que consigue implantar de pleno cierta claustrofobia durante el visionado de la película. Nosotros como espectadores, al igual que el protagonista, vamos siendo conscientes de que hay algo que no encaja en la idílica acogida con la que la familia de Rose aborda a Chris, con esa cena familiar y posterior noche como punto de inflexión para tener claro que hay algo turbio tras tanta amabilidad. Durante todo este tramo la película se construye mediante sensaciones, y el suspense es la nota predominante, llegando hasta la sosegada escena de la hipnosis, uno de los momentos más publicitados de la película, y que inicia el descenso a los infiernos del protagonista, tal como le sucediera al Tom al que diera vida Kevin Bacon en ese título a reivindicar que es El último escalón. La tensión, cada vez más creciente, acaba por estallar en una brillante secuencia una vez el protagonista descubre la trampa tendida, teniendo Jordan Peele pleno control en cada momento de que es lo que quiere hacer y a donde quiere llevarnos como espectadores, logrando de lleno su objetivo principal.

Una vez se da la vuelta a las cartas y el espectador puede, una vez más en paralelo a lo que le sucede a Chris, unir todas las pistas que se han ido dejando a lo largo del metraje anterior, nos encontramos con una historia protagonizada por un mad doctor de manual, y que una vez más nos retrotrae hasta una idea ya vista de alguna manera en películas como Comportamiento perturbado o en el episodio piloto de la versión de 2002 de la celebérrima La dimensión desconocida titulado Siempre verde. Peele llega así en el acto final de la película a un punto donde deja que toda la tensión acumulada estalle en forma de violencia incontrolada, rememorando en esta ocasión el subgénero rape and revenge, una vez más otorgando al protagonista un rol eminentemente femenino y eminentemente para mujeres de raza blanca en películas como I spit on your grave, La última casa a la izquierda, Run! bitch run! o Hard candy. Y aunque pueda parecer de inicio que no es factible aplicar esta idea en Déjame salir por el hecho de que el personaje principal no ha llegado a sufrir ningún tipo de violencia física previa, una condición que si es mucho más palpable en las películas enumeradas anteriormente, sí que es equiparable por el hecho de cómo mediante el control mental del personaje este ha sido de alguna manera totalmente ultrajado, mancillado y manipulado. Es en este momento cuándo la película ofrece un recital de violencia seca y lejos de adornos estéticos, en línea con el estilo directo visto hasta entonces en la película, sirviendo de cierre perfecto a ese descenso a los infiernos sufrido por un Chris deseoso de despertar de la pesadilla en la que se ha visto inmerso.

La película cuenta con el protagonismo de un estupendo Daniel Kaluuya, visto en la segunda entrega de Kick Ass, Sicario o Black phanter, quien compone buena parte de su interpretación desde las miradas y gestos de un personaje que no llega a entender que es lo que está sucediendo a su alrededor. Le acompaña Allison Williams, fogueada en series televisivas como Girls o Una serie de catastróficas desdichas, y que da una réplica perfecta a su partenaire masculino. Los veteranos Bradley Whitford (a quien muchos ponemos cara por su simpática aparición en La cabaña en el bosque) y Catherine Keener (una de las musas del cine independiente de la década de los noventa tras su aparición en películas como Johnny Suede, Una rubia auténtica o Amigos y vecinos) constatan el estupendo trabajo como director de actores llevado a cabo por Jordan Peele que, incluso en el caso de un Lil Rel Howery encargado de aportar el alivio cómico de la trama, consigue que su aportación no chirríe en un conjunto tan dramático. El hecho de que la película contenga además ese estupendo giro final, nos permite asimismo descubrir en visionados posteriores y en las interpretaciones de los actores y actrices, matices que potencian esa sensación de afirmar lo notable de todas y cada una de las interpretaciones vistas a lo largo de la película.

Un título que basa su potencia en un guion trazado con milimétrica meticulosidad y lleno de detalles que, solo una vez se descubre lo que está sucediendo en esta perturbadora visita familiar, cobran suma importancia y sentido. Jordan Peele debuta por toda lo alto y, tomando ideas ya vistas en títulos anteriores, a las que suma ese componente racial que sobrevuela toda la película, logra ofrecer una ópera prima muy personal y que funciona como un reloj de inicio a fin. Uno de esos títulos que, desgraciadamente, no son tan habituales como uno quisiera, y que reconcilian al género de terror con un cine de máxima calidad capaz de competir de tú a tú con lo más granado de la cinematografía contemporánea. Aunque sea a costa de la salud mental del bueno de nuestro protagonista.

lunes, 22 de febrero de 2021

LA NOCHE DE LOS DEMONIOS (NIGHT OF THE DEMONS, 2009) 93´

 


Ángela ha organizado una fiesta de Halloween en una casona abandonada y sobre la que pesa una historia de muerte y terror. Durante la noche la policía irrumpe en el lugar y desaloja a los participantes, quedando dentro del recinto la propia Ángela y un reducido grupo de invitados, que cumplen con uno de los requisitos de los demonios que moran en el lugar, ser siete individuos.

Dos décadas después de estrenada La noche de los demonios se filmaría este remake que adapta a estos nuevos dos mil la estética conceptual y visual de lo que ya habíamos visionado y disfrutado con ecos de los ochenta y de los noventa. La película mantiene el tono de broma de Halloween que de alguna manera ha sido el alma mater de toda la saga, y juega a los homenajes para fans de la franquicia, ofreciendo asimismo un título que pueden descubrir los neófitos de la historia de Ángela y la casa de Hull house sin que les afecte ningún problema de continuidad o conocimiento de las películas anteriores.

El actor y director Adam Gierasch, quien además ha sido guionista habitual en la última etapa del realizador Tobe Hooper, es el encargado de ponerse detrás de las cámaras en esta ocasión. Gierasch, visto en películas del género como La masacre de Toolbox, Mortuary o La reliquia del mal, es asimismo el realizador de películas de terror como Autopsy o Cuentos de Halloween, título episódico donde se encarga del segmento titulado Trick. El director aporta a la película una estética muy de los dos mil, con profusión de iluminación artificial indirecta, una cámara en constante movimiento y un uso de los nuevos avances en materia de efectos especiales y maquillaje que le ayudan a mantener el tono gamberro y gore de las películas anteriores.

La cinta se inicia con un flashback filmado en tonos sepia y con pretendidos errores en el celuloide, que le dan un atractivo empaste visual, y que narra parte de los luctuosos hechos que harían de la mansión protagonista el lugar maldito en el que se convertiría. El hecho de este remake de intentar dar algo más de contenido a la historia, potenciando ciertas justificaciones al hecho de que han de ser un número determinado las víctimas de los demonios, el tener que aguantar los protagonistas sin ser poseídos hasta el amanecer para evitar la maldición, los engaños de los demonios para tratar de dar caza a los infortunados que han quedado atrapados en la mansión…son elementos que se agradecen y que tratan de dar un empaque y un armazón a una historia que sigue siendo plana y concisa. La película de hecho durante su primera media hora, un segmento con ciertas ínfulas de videoclip, se dedica a narrar la masiva fiesta (contrariamente a lo que pasaba en la versión de 1988) tratando de esta manera de hacer una presentación de personajes que francamente sobra, dado lo mal trazados en el guion que están estos, una vez más meros estereotipos cuya función principal es poder servir de carne de cañón a los ataques de los demonios que habitan la casa. A pesar de todo, el ritmo de la cinta y su ajustado metraje de hora y media (duración estándar en este tipo de películas) hacen de su visionado un ameno paseo por las constantes de este tipo de cine.

En cuanto a los protagonistas de la película, decir que hay nombres interesantes dentro del habitual grupo de atractivos jóvenes con mayores cualidades físicas que dramáticas. Shannon Elizabeth, dada a conocer por su escena de desnudo en American Pie, y quien ya había protagonizada la simpática película de terror 13 fantasmas (a la sazón otro remake de la cinta dirigida en 1960 por William Castle), es la encargada de dar vida a un personaje tan mítico para la saga como Ángela, y debemos reconocer que no logra alcanzar el carisma de Amelia Kinkade en los títulos anteriores, aunque sí homenajea a esta mediante la ya obligada secuencia del baile de una ya endemoniada Ángela. La actriz y modelo Diora Baird será una de las víctimas de los demonios, protagonizando asimismo otra de esas escenas de referencia de la saga, la que tiene como protagonista a un pintalabios, y que lleva a un terreno aún más provocador lo ya visto en la película de 1988. A esta actriz ya le había tocado sufrir tres años atrás en La matanza de Texas, el origen, secuela del éxito que el remake de la película de Tobe Hooper obtuvo. Y es que al final todo queda en casa. Pero la auténtica scream queen de la película es Monica Keena, otra que ya había coqueteado con el terror en la simpática pero algo decepcionante Freddy contra Jason, pudiendo decir en su defensa que es la que mejor lleva a cabo su cometido interpretativo. De entre un elenco masculino totalmente olvidable hay que rescatar de manera obligada a un perdido Edward Furlong, durante un tiempo un joven actor al que seguir la pista y con visos de convertirse en intérprete de referencia gracias a valientes elecciones profesionales como Corazón roto, American history X o Pecker,  y que acabaría convertido en el enésimo juguete roto de Hollywood. Entre sus coquetos anteriores con el terror citar Cementerio viviente 2 o Juego mortal. No olvidar por último el cameo Linnea Quigley, una de las protagonistas destacadas de la película remakeada, quien ofrece un guiño a su primera aparición en el título estrenado veinte años atrás.

Los efectos de maquillaje y visuales, a pesar de ser destacables y cumplir con creces su cometido, no hacen olvidemos el estupendo trabajo visto en la película de 1988, resultando mucho más acertado el concepto y diseño visual de los endemoniados de la película primigenia, que hibridaba más entre la parte humana y endemoniada de los afectados, que esta revisión, que apuesta más abiertamente por mostrar unas caracterizaciones mucho más centradas en el elemento demoniaco y maligno. Mucho efecto visual de corte infográfico, mucho más barato y sencillo de manejar que el más tedioso uso de efectos mecánicos y protésicos y que sin embargo, independientemente de la calidad visual de los mismos, suele restar potencia a las escenas en las que es requerido, especialmente en un género que ha sido punta de lanza en el uso de efectos especiales a la hora de mostrar en pantalla toda la retahíla de ideas plasmadas en el guion.

De esta forma este entretenido remake puede decirse que acaba cumpliendo las tres eses que habían caracterizado a esta simpática y desprejuiciada saga dentro del terror de serie B, sangre, de esta nunca se anda falto, sexo, con profusión de desnudos femeninos, en la mayoría de ocasiones sin ninguna justificación argumental, y el sinsentido como leit motive, una oda al exceso y a la broma donde lo de menos es engrasar las piezas del puzzle para tratar de dar coherencia a lo que estamos viendo, y lo que se busca es la acumulación de secuencias efectistas y con un halo de mala leche sobrevolando el resultado final. Así, la película hace un viaje en círculos, iniciando y acabando la historia con la misma situación, aunque con varias décadas de diferencia, siendo sin embargo el resultado para las protagonistas de este momento de acoso y derribo por parte de los demonios diametralmente opuestas.  Y aunque hay secuencia post créditos, es un chiste que tan poco aporta a lo visto en los noventa minutos anteriores que es perfectamente prescindible. Bienvenidos nuevamente a Hull house.