lunes, 4 de abril de 2022

CANDYMAN (CANDYMAN, 2021) 90´

 

Anthony McCoy es un pintor enfrentado a una crisis creativa. Una noche, durante una cena familiar, escucha la historia de Helen Lyle, lo que le lleva a indagar en la leyenda urbana de Candyman, iniciando una colección de cuadros sobre el tema, e iniciándose de manera paralela una serie de brutales crímenes que parecen llevar la huella del mítico asesino del garfio.

En 1992 se estrenaría uno de los títulos de referencia dentro del género de terror de la década, Candyman, el dominio de la mente. Basada en un relato del escritor Clive Barker, autor igualmente de Hellraiser, la película de Bernard Rose daría a conocer la figura de Candyman, una de esas leyendas urbanas que pueblan los barrios marginales, en esta ocasión de la ciudad de Chicago, y a quien daría vida un convincente Tony Todd en un título que lograba conjugar con gran elegancia el terror sobrenatural con la idea de un asesino venido del más allá a quien no se puede derrotar, creando un nuevo personaje icónico dentro del género. Tres años más tarde llegaría una estimable secuela que continuaba los parámetros marcados por la película primigenia, con una atinada dirección de Bill Condon, y que seguiría indagando en los orígenes de la leyenda de Candyman. Finalmente en 1999 vería la luz una tercera película, la cual se desmarcaba tristemente del estilo cultivado en las dos primeras entregas apostando más abiertamente por un estilo cercano al de los slashers protagonizados por personajes como Freddy Krueguer o Jason Vorhees.

Más de dos décadas más tarde finalmente hemos podido ser testigos de una nueva cinta sobre el personaje. Dirigida con un gran sentido de la elegancia por Nia DaCosta, descubierta gracias a Little Woods y actualmente en labores de postproducción de la secuela de Capitana Marvel 2, la película se apoya igualmente en la figura de Jordan Peele, convertido de la noche a la mañana en referente del nuevo cine de terror a raíz del estreno de su opera prima Déjame salir, quien en esta ocasión, además de ser coautor del guion junto a la propia DaCosta, se encarga de labores de producción.

La película se construye como una inteligente secuela de la película de 1992, recuperando no solo la idea de un personaje protagonista que conforme avanza su investigación acerca de la leyenda de Candyman, va entrando en una vorágine de locura y pérdida de conciencia con la realidad que además le llevará a ser considerado el principal sospechoso de las muertes que van sucediéndose a su alrededor, tal y como le sucedía al personaje interpretado por Virginia Madsen en la película de Bernard Rose. Además, para que no quede duda sobre su intención principal de erigirse como secuela, frente a unas informaciones iniciales que hablaban de este proyecto como un remake de la franquicia, vuelve a contar con los personajes de Anne-Marie, coprotagonista de la primera película, y a quien vuelve a interpretar Vanessa Williams, lo mismo que sucede con el uso de la voz de Virginia Madsen o la aparición como guiño final de Tony Todd nuevamente caracterizado como Candyman, siendo su presencia en la trilogía inicial uno de los grandes aciertos de estas películas en base a la brutal fisicidad que aportaba al personaje.

Como apuntábamos con anterioridad, cabe destacar una dirección llena de elegancia y un innegable estilo visual a la hora de filmar, incluso en aquellos momentos que muestran las diferentes muertes llevadas a cabo por Candyman, donde se conjuga la brutalidad de la propia secuencia con una belleza formal en el planteamiento y resolución de las escenas. El uso de las luces en el primer doble crimen, la manera en la que la cámara se aleja exponencialmente conforme tiene lugar el segundo de los asesinatos, todo ello hace que incluso se le perdone la introducción de manera forzada en la película de la secuencia que tiene lugar en los lavabos del instituto, construida únicamente para poder dotar de suficiente cantidad de hemoglobina a la película, y que se resuelve una vez más con una planificación y puesta en escena muy notables. En este sentido es muy inteligente la idea de eliminar la presencia física del personaje de Candyman, jugando a mostrarlo mediante el uso de espejos o reflejos, convirtiéndolo de esta manera  en un ente fantasmal, muy en línea con esa idea de leyenda urbana desde la que nace el personaje. Y dentro del apartado visual de la película no podemos obviar el inteligente y estilizado uso de marionetas para narrar los flashbacks utilizados por la cinta para abordar la historia de Helen Lyle y del propio Daniel Robitaille.

Y es el uso de las leyendas urbanas, uno de los puntales sobre el que se cimenta la figura del asesino a quien acompaña una legión de abejas y con un garfio en lugar de mano, otro de los elementos que ya se explotaban de manera muy inteligente en el guion que el propio Bernard Rose escribiría para la película que el mismo dirigiría en 1992 e inspirado en el relato de Clive Barker. Así, la historia del personaje de Candyman se nutre de un variado grupo de leyendas urbanas, partiendo por el relato del fantasma del espejo, y sumando otras como la que habla del hallazgo de caramelos con cuchillas de afeitar en su interior, jugando deesta manera con una idea que sería explotada de manera mucho menos sutil por la trilogía Leyenda urbana.

Pero si hay un elemento que no podemos obviar, y que precisamente es el que ha hecho que Candyman fuera un título especialmente idóneo e indicado dentro del estilo y la temática cultivada por Jordan Peele, tanto en su faceta de director como de productor, es el de denuncia social que muestra la película por los abusos sufridos por la minoría negra. Y qué mejor que la historia de un artista negro ajusticiado salvajemente a finales del siglo XIX por el simple hecho de enamorarse de una mujer blanca como arranque de una trama que habla abiertamente de la segregación racial, de los guetos como medio de controlar en una misma zona a determinados grupos raciales o étnicos, o sobre la violencia policial. Y para que no queden dudas al respecto, se vuelve a utilizar el recurso de las marionetas anteriormente mencionadas para acompañar a unos títulos de crédito de cierre que apuntan a un Candyman como elemento de venganza de una comunidad negra sometida a la injusticia de un hombre blanco con idea de opresor, elemento que se mantiene igualmente en la idea planteada en la película por la cual todas las víctimas de Candyman son personajes blancos.

De esta manera nos encontramos ante una muy destacable secuela que muestra un respeto casi reverencial por la obra cinematográfica de la que bebe, partiendo por el uso como fuente de inspiración del relato de los acontecimientos que tienen lugar tras historia narrada en la película de 1992, tomando igualmente a sus personajes, el estilo visual definido por Rose e incluso con ese guiño al excelente score musical compuesto por Philip Glass hace tres décadas, usando el tema Helen´s Theme como pieza de cierre de la película. Una agradecida vuelta de un personaje icónico dentro del cine de terror contemporáneo con el folclore y las leyendas urbanas como auténtica base sobre la que construir el miedo.

jueves, 31 de marzo de 2022

SCREAM (SCREAM, 2022) 112´


Un cuarto de siglo más tarde de producida la primera matanza en Woodsboro a manos de Ghostface, un imitador que parece ser conoce bien la historia original, parece dispuesto a continuar la trama. Para ello, y como no podía ser de otra manera, iniciará una nueva cadena de brutales asesinatos.

En 1996 el tándem formado por Wes Craven y Kevin Williamson, uno como director y otro como guionista, obtendrían un inusitado éxito comercial gracias a Scream, un slasher en principio al uso que sin embargo se desmarcaba del propio género en el que se enclavaba en base a utilizar abiertamente los elementos principales de este tipo de películas para ejecutar un ameno juego con el aficionado, quien de esta manera se veía reflejado y homenajeado en la inteligente historia que descubriría al público a un Kevin Williamson que gozaría de enorme popularidad dentro del cine de terror juvenil durante la segunda mitad de los noventa, tras escribir, además de Scream y las secuelas que vendrían después, a excepción de la tercera entrega, títulos como Se lo que hicisteis el último verano o The faculty.

Así, tras tres secuelas posteriores, todas ellas dirigidas por el mismo Craven, a quien no hace falta recordar como uno de los padres del terror moderno gracias a títulos como La última casa a la izquierda, Las colinas tienen ojos o Pesadilla en Elm Street, y quien fallecería en 2015 dejando huérfana a toda una generación de aficionados al terror, se estrenaría esta quinta entrega, la cual toma los elementos utilizados en la primera película de la saga para adaptarlos, como no podía ser de otra manera, a la actualidad cinematográfica dentro del género, pero también adaptándose a una nueva realidad social, en lo que acaba resultando un inteligente juego de metacine trufado de homenajes y guiños a los fans de la saga en particular, pero también a los aficionados del cine de terror en general.

La pareja de directores Matt Bettinelli Olpin y Tyler Gillet, a quienes descubriríamos en ese ameno recopilatorio de historias de terror que es V/H/S, serían los encargados de recoger el testigo de Craven más de una década después de estrenada la última entrega de la franquicia, siendo su estupendo trabajo en Noche de bodas el aval que les llevaría hasta una saga tan bien tenida en cuenta por los aficionados, y que ha mantenido, en líneas generales, un buen nivel en todas y cada una de sus entregas. Y esta quinta película no es una excepción, situándose entre lo mejor de Scream, ejerciendo como inteligente recuela, esto es, un hibrido entre secuela y remake, y que por momentos aboga más por el tono socarrón, en lo que acaba resultando una inteligente mezcla de suspense con toques de gore, siendo la más explícita de las películas sobre el asesino de la máscara de fantasma, y siempre de fondo, ejerciendo como un sincero homenaje al género.

Quien más disfrutará de la propuesta es obviamente el aficionado al cine de terror, ya que es quien se verá regado de guiños, referencias y huevos de pascua a lo largo de una trama que se mira sobre todo en la primera película de la saga, aquella que pondría de moda a finales de los noventa el slasher juvenil, ejerciendo de alguna manera como revulsivo del género en aquellos años pero también condenándolo a un tipo de películas que, en líneas generales, abogaban por cierta tendencia a suavizar el terror en el cine enfocándolo a un tipo de público muy concreto. Así, la historia escrita por James Vanderbilt, ligado al género gracias a títulos como En la oscuridad, Slender man o Suspiria, y Guy Busick, quien se relaciona con el resto de creadores de la película por su participación en la anteriormente citada Noche de bodas, se equilibra entre la recuperación de personajes de la cinta de 1996 y una nueva legión de adolescentes que sirvan de relanzamiento de la fórmula frente a unos ya cincuentones Neve Campbell, David Arquette y Courtney Cox. De esta forma la película abre su cuota de espectadores potenciales además de a quienes disfrutaron en su día del primer Scream así como de sus secuelas, a una hornada de fans del cine de terror a quienes acercar esta franquicia.

Una vez más la película juega, llegando a abusar pero sin saturar, con esa premisa de quien es el asesino, llevando, como hicieran Craven y Williamson veinticinco años atrás, a establecer una complicidad con el espectador, unos planteando un misterio y los otros tratando de desentrañarlo desenmascarando al asesino o asesinos de turno. Pero como señalábamos con anterioridad, este manejo del suspense no solo se da en el tema de la identidad del portador de la máscara de Ghostface, sino que es igualmente utilizado en la utilización de recursos cinematográficos que recrean los ya utilizados por Craven en su día, como son el uso de planos cerrados o que  oculten parte de la escena para de esta forma mantener puntos amenazantes desde donde lanzarnos al asesino, así como el recurso de introducir jump scares o jugar con la banda sonora. Todo ello se conjuga con una explicitud en los asesinatos a destacar si hablamos de un título dentro de la franquicia Scream, ya que como ejercicio de gore puro está lejos de ejemplos mucho más brutales. Por último, y muy especialmente en su acto final, la película desbarra hacía la sorna, casi la parodia, en un intento por meter una marcha más que por momentos hace que creamos estamos en un híbrido entre el primer Scream y el primer Scary movie. Pero no es algo que nos saque de la película, y de hecho se integra bien dentro del alma de la propia película como ese gran homenaje que acaba siendo.

Uno de los puntos que, este sí, llama la atención negativamente, pero que hay que dejar pasar de largo por el bien de la película, es como en ocasiones, en su empeño por forzar las situaciones, es demasiado inverosímil, presentando en primer lugar a un asesino con una mente que va muy por delante de los propios protagonistas, incluso de unos Sidney, Dewey y Gale que saben muy bien de qué va esto, llevan cinco películas sufriéndolo, para finalmente convertirse, y ahí sigue una vez más los parámetros de la primera Scream, en una especie de villano de Scooby Doo. Asimismo, es difícil de explicar razonadamente las secuencias que tienen lugar en un hospital sin pacientes ni trabajadores, idea que debemos asumir para mantenerse el suspense del par de escenas que tienen lugar en aquel enclave, haciendo un poco lo mismo que ya viéramos en su día en la primera secuela de Halloween, Sanguinario.

En lo que respecta al grupo de actores principales es evidente que existe una contraposición entre el tridente de personajes vistos en toda la saga, y a quienes siguen dando vida Neve Campbell, David Arquette y Courtney Cox, y una nueva hornada de intérpretes que, en su mayoría ni siquiera habían nacido cuándo se estrenó la primera película de la franquicia, y que sin embargo ejercen un correcto contrapunto con sus veteranos compañeros de reparto, así como sirven de estupendo enlace para una nueva generación de fans a quienes captar. Destacar, como no podía ser de otra manera, la introducción de cameos y apariciones de personajes de las entregas anteriores de Scream, lo que nos permite disfrutar de la presencia de intérpretes como Skeet Ulrich, villano en la primera entrega o Heather Matarazzo, vista en Scream 3, a quienes acompañan otros nombres a reseñar como los de Marley Shelton, vista además de en Scream 4 en Planet terror o Kyle Gallner, una de la víctimas de otro remake de Craven, en esta ocasión de Pesadilla en Elm Street, el origen. Asimismo, y en lo que se refiere al grupo de protagonistas, es llamativo, siendo uno de los puntos a favor de la película, como han buscado en muchos casos personajes que ejerzan de evidentes sustitutos de los protagonistas más icónicos de la cinta de 1996, como sucede con el personaje de Sam Carpenter como nueva Sidney Prescott o Mindy sirviendo de referente para el personaje de Randy, por citar un par de ejemplos al respecto.

Así, este relanzamiento de una de las sagas más gratificantes del género de las últimas décadas por lo que supone de especial para un aficionado al que se tiene muy en cuenta, está no solo a la altura, sino que por momentos se encuentra entre lo mejor de una colección de películas que sirven más como homenaje al género en el que se enclava la cinta que como ejercicio de puro cine de terror. Esta idea queda muy patente en momentos como cuándo los personajes hablan del denominado nuevo terror elevado frente a títulos mucho más evasivos y gamberros, sabiendo de esta forma una franquicia nacida hace ya un cuarto de siglo, adaptarse y evolucionar conforme lo hace el propio género. Ghostface ha vuelto, vigila quien llama.

domingo, 20 de febrero de 2022

LA MATANZA DE TEXAS (TEXAS CHAINSAW MASSACRE, 2022) 83´

Un grupo de amigos viajan hasta la remota localidad de Harlow, situada en Texas y en medio de la nada, tratando de dar una nueva vida a un pueblo que ha acabado siendo abandonado por quienes una vez vivieron allí. Una vez llegan, y en lo que era el antiguo hospicio, se encuentran con que una anciana y su enorme y algo retrasado hijo se niegan a abandonar el lugar.

Un lustro más tarde de estrenada la última de las entregas de una longeva saga que con esta llega a las nueve películas, y que está considerada como una de las incunables dentro del cine de terror contemporáneo gracias a la presencia de un Leatherface convertido, junto a los Krueguer, Myers o Voorhees en tótem del género, se estrena una nueva continuación que se presenta a sí misma como secuela directa de la película estrenada por Tobe Hooper allá por el lejano 1974, y que se erigiría como uno de los títulos de cabecera a la hora de reformular el género de terror de las últimas décadas. Así, nos encontramos ante un título que da una cal de y otra de arena, pudiendo defraudar a los más puristas seguidores de la franquicia, pero sirviendo como un simpático, correcto y sanguinolento slasher al uso, ideas ambas que argumentaremos más adelante.

Lo primero es tratar de desentrañar quienes se encuentran detrás de la película. Así, su director es un desconocido David Blue García, siendo este su segundo título detrás de las cámaras, y quien de hecho se ha curtido como director de fotografía, quedando esta faceta patente en una cuidada iluminación de la película, rol que no ejerce el propio director y que es delegado sin embargo en otro responsable, un Ricardo Díaz que ha trabajado en la televisiva Stranger things. Y dado que como director nos encontramos con un nombre poco relevante en el género, ponemos nuestras miras en otros tres nombres detrás de la gestación de esta secuela. De una parte, Fede Álvarez, productor de la película y responsable de la historia que el desconocido  Chris Thomas Devlin se encargaría de guionizar, y quien se ha convertido en nombre de cierta relevancia en el género gracias a títulos como Posesión infernal, estrenado en 2013 y que servía como remake a su vez de otro de los títulos de cabecera dentro del terror contemporáneo, con la película del mismo título dirigida por Sam Raimi en 1982. También es suya No respires, consagrándose de esta manera como un estupendo generador de ambientes opresivos en su filmografía. Le acompaña en tareas de escritura de la historia, así como de producción, su colaborador habitual Rodo Sayagues, quien debutaría como director precisamente encargándose de la secuela de aquella cinta enmarcada en el género del home invasión protagonizado por Stephen Lang. El otro gran nombre a destacar, y que participa como productor de la cinta, es Kim Henkel, el cincuenta por ciento de La matanza de Texas primigenia, ya que se encargaría de escribir el guion original junto a Tobe Hooper, además de coproducir la película. Henkel se lanzaría a la dirección encargándose de la cuarta entrega de la saga, para desgracia de los seguidores de Leatherface la peor de todas continuaciones estrenadas en este medio siglo de vida de la franquicia, siendo de hecho la única película detrás de las cámaras de Henkel.

Como apuntábamos de inicio, la película se postula como secuela directa de La matanza de Texas de 1974, declarándose como tal con unas primeras secuencias que recogen varios de los fotogramas más icónicos de la película estrenada en los setenta y a los que acompaña la voz como narrador de John Larroquete, que es quien ejerciera esa misma función cuarenta y ocho años atrás. Recordar que Larroquete es conocido principalmente por dar vida durante nueve temporadas al fiscal Reinhold Fielding Elmore en la divertida sitcom Juzgado de Guardia. No tarda sin embargo la película en romper ese nexo para presentarnos al consabido nuevo grupo de jóvenes protagonistas y víctimas potenciales de la motosierra de Leatherface, y donde destaca el hecho de que una de las protagonistas ha sobrevivido a un tiroteo en su instituto, una idea que sirve para confrontar su reticencia inicial a las armas de fuego en medio de un Estado como es Texas, tan proclive a defender la segunda enmienda, con la posterior necesidad de usar ella misma la violencia si quiere sobrevivir a una jornada de sangre y muerte. Sin embargo, como sucede con el resto de personajes y situaciones planteadas, no hay un desarrollo consistente de los mismos, fijando la película su interés en el aspecto más gráfico y visceral de la violencia de un Leatherface más letal que nunca. Respecto a lo que concierne a los protagonistas, frente a un nada interesante grupo principal, con quien en ningún momento se llega a empatizar, cabe destacar la recuperación del personaje  de Sally Hardesty, la final girl y única superviviente de la primera matanza. y a quien da vida Olwen Fouéré dada la imposibilidad que la fallecida Marilyn Burns recuperase su personaje más recordado. Su presentación y desarrollo va totalmente en línea con lo hecho en la secuela de Halloween estrenada en 2018 con el personaje de Laurie Strode al que diera vida Jamie Lee Curtis, presentando a una combativa y vengativa mujer que pasa de esta manera de víctima a verdugo. Pero como sucede con el resto de elementos presentados, y tal como apuntábamos con anterioridad en este mismo párrafo, vemos diluirse una de inicio buena idea con un uso del personaje totalmente desaprovechado. Por último no podemos obviar al personaje de Leatherface, quien de inicio se presenta como un ser atormentado y lleno de sufrimiento para, nuevamente, desechar todo el calado psicológico del personaje y convertirlo rápidamente en una máquina de matar con ciertas ínfulas de un Michael Myers deshumanizado conforme avanzaban las secuelas, y convertido casi en un ser inmortal, en un hombre del saco al que es imposible derrotar. Aquí sucede lo mismo, dándose además uno de los errores más destacables de una película que trata de ser lineal, y es que en ningún momento vemos a un Leatherface de entre setenta y ochenta años, que debiera ser su edad en base a esa linealidad del relato, y quien de hecho aún tiene madre en el momento en que se inicia la película y que además debiera cojear en base a lo sucedido en la película de 1974. Así, mientras que el personaje de Sally si ha envejecido, no vemos el mismo efecto en un atlético y fornido villano en el que si merece la pena destacar su caracterización, máscara y estética incluidos, y a quien la fisicidad de Mark Burnham le sienta realmente bien si desechados la idea ya planteada de que estamos hablando de un tipo que ha superado con creces los setenta.

Como ya hemos insistido en apuntar, esta entrega no fija su interés en resultar opresiva, a pesar que en algunos momentos sí que logramos atisbar esa sensación de suciedad y degradación en la cinta, tanto en algunos planos que nos muestran la desvencijada ciudad de Harlow como en momentos esporádicos de la persecución de las víctimas finales a manos de un Leatherface que, mientras no tiene oposición a la hora de acabar con varias decenas de víctimas, acabará claudicando, como buen exponente del slasher, ante la pareja de débiles hermanas protagonistas. Al menos aparentemente. La película, por el contrario, lo apuesta toda a una violencia descarnada, brutal y directa, donde no hay reparos a la hora de mostrar cabezas cercenadas, piernas quebradas, cuerpos partidos en dos, cráneos aplastados o todo tipo de amputaciones. Esta violencia en pantalla va de menos a más, y se inicia con la muerte de uno de los protagonistas en franco homenaje al primero de los asesinatos de la película de 1974, haciéndose cada vez más gráfica para culminar en una auténtica orgía de sangre en un autobús convertido en un mar de cadáveres, masacre que se inicia además con una divertida, aunque anacrónica para el tono de la cinta, sorna a costa de nuestra obsesión por las redes sociales. La película además tiene el acierto de condensar la trama en apenas hora y tres cuartos, incluyendo además un par de escenas de cierre, lo que evita que su visionado llegue a resultar cansino, yendo directa al grano tras unos primeros minutos de obligada presentación de la situación. Y es en ese aspecto, como un desprejuiciado slasher con un uso desaforado del gore y la sangre como principal estandarte, donde la película halla su sitio, aunque por el camino deje de lado el estilo conferido por Hooper a su título más representativo.

En resumidas cuentas, una secuela de la opresiva y angustiosa cinta de 1974 La matanza de Texas que abandona estas marcas identitarias para ofrecerse como un entretenido y salvaje slasher heredero natural de las películas que dicho género ofreciese en la década de los ochenta. Dejando de lado un guion lleno de preguntas sin respuesta e ideas y personajes desdibujados, esta oda al exceso tiene en el brutal personaje de Leatherface su principal baza frente a unas protagonistas anodinas y un desaprovechado regreso que podía haber dado mucho más de sí. La motosierra vuelve a rugir en el estado de Texas.

lunes, 13 de diciembre de 2021

IT FOLLOWS (IT FOLLOWS, 2014) 103´

 

La joven Jay Height lleva unos días saliendo con un chico. Una noche, tras mantener relaciones sexuales por primera vez en la parte trasera del coche de él, este le cuenta que le ha transmitido una maldición por la cual un ser la acosará y matará, a no ser que ahora sea ella quien se acueste con otra persona, pasándole de esta manera el mal a esta, tal y como él ha hecho con ella.

Entre mediados de la década de los ochenta y la primera mitad de los noventa, el SIDA, una enfermedad en aquellos años incurable y letal, y una de cuyas principales fuentes de transmisión eran las relaciones sexuales, aparecería en nuestras vidas para generar un momento de inflexión a la hora de abordar la promiscuidad sexual, con ingentes campañas a favor del uso del preservativo, e incluso con alegatos que abordaban esta enfermedad como un castigo cuasi divino contra un momento en el que la liberación sexual había llegado a sus más altas cotas, apoyados además estos discursos de tinte retrógrado y aleccionador en el hecho de que la comunidad homosexual fuera uno de los primeros epicentros entre los que esta enfermedad provocaría verdaderos estragos. Actualmente, treinta años más tarde, las cosas han cambiado, el miedo a esta y otras enfermedades de transmisión sexual ha desaparecido, y volvemos a vivir un momento de gran liberación en el terreno del sexo, especialmente entre los más jóvenes, encargándose el título presente de acicate contra esta nueva ola de promiscuidad a manera de evidente metáfora por la cual practicar sexo equivale a una condena a muerte. Pero abordar It follows como una causalidad entre sexo y muerte sería dejarnos en el tintero buena parte del mensaje que su máximo responsable quiere transmitir con su obra.

Y es que su director y guionista, David Robert Mitchell, ya había abordado de alguna manera el mismo tema que preside esta cinta de terror en su primera película, El mito de la adolescencia, donde habla de los primeros amores así como de unos iniciáticos escarceos sexuales, y de lo que supone el paso de la adolescencia a la madurez. Y en este caso It follows aborda estas mismas ideas, pasándolas, eso sí, por el tamiz del horror, y ejemplificando este en un ser capaz de asediarte hasta acabar contigo, y es que, como bien explica el personaje de Hugh tras acostarse con la joven protagonista y de esta forma transmitirle este mal,  “es muy lenta pero no es tonta”, con lo que podemos aplicar a este siniestro personaje ese apelativo tan propio del género como el de “puedes correr pero no puedes huir”. Y es que el director utiliza este recurso narrativo para abordar el paso a una madurez de la que no puedes escapar, y que más tarde o más pronto te alcanzará. No es baladí que todos los personajes protagonistas se encuentren en esa misma franja de edad en la que deben empezar a abandonar la adolescencia y entrar en la edad adulta, siendo sintomático de esta misma idea el hecho de que entre los personajes con cierto peso en la trama no haya ni un solo adulto, ejerciendo de hecho estos el mismo papel que hacía Nany en la serie de dibujos animados de la década de los ochenta Los pequeñecos, y que recordamos porque únicamente aparecía representada por unas piernas, siendo las pequeñas representaciones de los conocidos teleñecos únicos protagonistas de un mundo propio donde los adultos no tienen cabida. Algo parecido sucede en esta ocasión.

La película denota, en base a esta idea, una gran preocupación a la hora de retratar a los jóvenes protagonistas, presentando a un grupo de amigos totalmente creíbles y cercanos en su forma de comportarse y relacionarse entre ellos, algo que queda claro desde la escena en la que los amigos de la protagonista ven la televisión en casa de esta, abordada desde la naturalidad en su comportamiento. A este respecto estos personajes se mueven en las antípodas de protagonistas de películas más convencionales dentro del terror juvenil, y que son dibujados a base de estereotipos o de rasgos mucho más vagos y genéricos. No es este el caso, donde todos y cada uno de los personajes que pueblan la historia ha sido desarrollado partiendo de la propia complejidad humana, sin definir entre buenos o malos y usando la paleta de grises a la hora de presentárnoslos. Así sucede en el caso de Hugh, quien se comporta como lo hace justificadamente, todos haríamos lo mismo, no es un villano al uso, y de hecho trata de dar a entender a Jay lo que le va a suceder, ayudándose a si mismo pero también tratando de ayudar a la protagonista. Pero es que la propia Jay acabará actuando como este mismo personaje, con lo que no hay lugar para las heroicidades, sino para un grupo de jóvenes asustados y perdidos ante lo que les está sucediendo, el cambio, y que tratan de abordarlo desde su inexperiencia vital.

Analizando la película ya en su vertiente más técnica y menos metafórica, hay que destacar como su director, quien igualmente es el autor del guion, no lo olvidemos, logra mantener en todo momento la tensión de una historia que bien podría haber caído en la monotonía una vez presentada su sorprendente trama central, limitándose por inercia a ser un slasher al uso con la joven protagonista huyendo de un ser cuya única finalidad es la de acabar con su vida. Nada más lejos de la realidad, y es que It follows se construye en base a una serie de situaciones o set pìeces en las cuales el personaje central, siempre en compañía de su grupo de amigos, trata de dar esquinazo a un acosador que el director tiene el acierto de presentar bajo formas muy diferentes, logrando con este guiño a títulos como La invasión de los ladrones de cuerpos o Hidden, lo oculto, jugar a mantener la tensión al no saber de antemano cual será el siguiente disfraz corpóreo escogido por esta letal presencia. El hecho de presentar en ocasiones a este personaje desnudo o semidesnudo acrecienta la sensación de incomodidad del espectador ante su aparición, por la manera en que la desnudez es uno de los tabús a derribar, especialmente en una sociedad tan puritana en ese aspecto como la norteamericana. Además, la película tiene el acierto de no dar explicaciones al porque de esta situación, siendo suficiente con esa idea vaga de transmitir la maldición, la enfermedad, si te acuestas con otra persona. El uso de una música desasosegante y un posicionamiento de la cámara en muchas ocasiones enfocando a este ser desde planos lejanos y algo desenfocados, que captan a una presencia a la que asemejar a un zombie por su lento deambular y constante determinación, termina por dibujar en el espectador, al igual que sucede en los protagonistas, una enorme desazón ante su sola presencia.

Evidenciar asimismo como la película presenta una pátina de indefinición visual que la ubica en un contexto general, y que por momentos, tanto a nivel estético, como de iluminación o filtros, podría tratarse de un título filmado en los setenta, pero también en los ochenta, noventa o dos mil, y es que es tremendamente inteligente como la película no se ubica en un momento o lugar perfectamente definido, volviendo a quedar patente que esa idea de la que Robert Mitchell nos habla a través de la película, el paso a la vida adulta, no es exclusiva de unos protagonistas determinados y concretos, sino que sucede  en todas y cada una de las diferentes generaciones que, antes o después,  han de dejar de lado la despreocupación de sus vidas, como perfectamente queda reflejado en la presentación de una protagonista bañándose relajadamente en la piscina de su casa, ajena a todo, y con un bañador de una pieza que contiene ecos de la niña que todavía es, y que, un personaje que una vez comienza a comportarse como una adulta, en este caso acostándose con el chico al que está conociendo, debe acabar tomando decisiones, arriesgado, tomando las riendas de su vida.

Un título que como película de terror funciona con total precisión, sin necesidad además de indagar en el gore de los momentos más truculentos, de hecho no mostrándose estos de manera directa y teniendo lugar buena pare de la violencia de la película fuera de cámara. Y es que no es ese el juego al que su director quiere apuntarse, más interesado en crear una atmósfera que nos haga tomar conciencia de que la protagonista no puede escapar de una presencia que la perseguirá hasta acabar con ella, independientemente del número de personas que, como si de una cadena de favores perversa se tratara, vayan siendo maldecidas. Luego está el mensaje metafórico que esta idea encierra, y que hace aún más potente la película. Pero incluso, si dejamos de lado segundas intenciones o mensajes ocultos, It follows sorprenderá como una estupenda película de terror con personalidad propia. Es por ello que se trata de un título sumamente interesante, tanto si nos quedamos en la superficialidad de su propuesta de terror como si tratamos de indagar en todas las ideas implementadas por su director a través de su trama, siendo una perfecto ejemplo de cinta a revisionar en varias ocasiones para disfrutar en todo su esplendor. Aún a expensas del sufrimiento de la pobre Jay.

jueves, 2 de diciembre de 2021

MIDSOMMAR (MIDSOMMAR, 2019) 141´


Para tratar de superar una tragedia familiar, Dani decide acompañar a su novio Christian y los amigos de este a Suecia, para conocer a la comuna de la que uno de los jóvenes es miembro, y celebrar junto a esta el Midsommar, una fiesta pagana que festeja el solsticio de verano.

Tras ver Midsommar cuesta creer que sea el segundo largometraje de su director y guionista, un Ari Aster que ya había dado mucho que hablar con su opera prima, Hereditary, y que manifiesta una madurez narrativa y artística que es digna de mención, máxime si tenemos en cuenta los apenas treinta y tres años del autor en el momento de filmar un título cuya precisión técnica va pareja a una historia de trazado perfectamente definido, tempo narrativo siempre bajo control a pesar de un metraje de dos horas veinte minutos, y un manejo del suspense que logra generar en el espectador una sensación de tensa angustia desde el mismo momento en que los jóvenes protagonistas llegan hasta la idílica comuna donde se desarrolla el grueso de la historia.

De esta forma la película se engloba dentro de lo que podemos denominar terror folk, precisamente por el uso tan importante que tiene para la historia un elemento como es el folklore que preside al grupo de miembros de una comunidad que recibe a sus invitados con una hospitalidad que no impide que, como espectador, te encuentres en una incomodidad permanente durante el visionado de la película. De esta forma, las tradiciones y ritos mostrados a lo largo de la película, y que van tornándose más oscuros y salvajes según avanza la trama, son vistas por los miembros externos a la comuna como algo irreal, fuera de toda lógica, mientras que estas mismas ideas son defendidas por los miembros de la comunidad, en algún caso con argumentos incluso coherentes, como sucede tras el abrupto final del ritual protagonizado por la pareja de ancianos, primero de los avisos por parte del director de lo que está por llegar. Esa idea central hace inevitable el recordar un título seminal dentro de este subgénero englobado en el terror como es El hombre de mimbre, de la que es evidente que Aster toma numerosos elementos a la hora de construir su propia historia, centrando básicamente esta idea en la presentación de un grupo de lugareños que, una vez más, y como sucede en la menos terrorífica y más visceral Perros de paja, estrenada al igual que el título anteriormente citado en unos convulsos años setenta, confronta a unos urbanitas de pro y con cierta tendencia natural a creerse superiores per se, a unos lugareños capaces de defender su estilo de vida con cualquiera que sea el método a utilizar. Un último título a recordar sería la más irreverente y menos densa 2000 maniacos, que curiosamente se estrenaría a mediados de la década de los sesenta, años mucho más divertidos y desinhibidos a nivel social, siendo este un título que se constituye como uno de los padres fundacionales del gore, y con un divertido remake estrenado cuatro décadas más tarde. Junto a esta idea de confrontar estilos y formas de vida opuestos se hace un hueco uno de nuestros principales terrores, que es el miedo a lo desconocido, ubicando la historia prácticamente en las antípodas de una Nueva York donde se inicia la película, en un continente diferente y un país extraño, cuyo  estilo de vida y tradiciones, aunque son pervertidas en la película, tienen su origen en una celebración real de origen celta. Arter hace algo parecido a lo que en su día y de forma menos sutil construyera Eli Roth con Hostel, partir de un mundo de leyendas urbanas y conjeturas ante una situación que por desconocida no controlamos para crear una fuente de terror puro.

Dentro del género de terror en el que se mueve la película, su director juega a presentarnos, al menos de inicio, a los arquetipos habituales dentro de este tipo de cine, con la final girl de turno, el novio siempre comprensible y leal, el amigo irreverente y gracioso y el personaje con un carácter concebido para generar rechazo por parte del espectador. Y sin embargo el director y guionista dibuja unos personajes mucho mejor definidos y desarrollados a lo que viene siendo habitual, especialmente en el caso de la pareja de novios, Dani y Christian, protagonistas sobre los que pivota la historia y a través de los cuales arma Aster toda su intención final a la hora de redactar el libreto, que no es otra que llevar a cabo un ejercicio de catarsis personal, ya que la película fue concebida tras un fracaso amoroso de su responsable, es por ello que cobra todo el sentido del mundo esa relación de total dependencia por parte del personaje de ella y un compromiso forzado por parte de el, y lejos de cualquier afecto amoroso, manteniendo este la relación por qué es lo que tiene que hacer más que por que sea lo que el quiere. Esta idea de una relación insana en ambas direcciones es perfectamente reflejada en la película en su primer acto, tanto mediante las conversaciones de Christian con sus amigos como en el momento en que Dani trata de mantener una conversación a la fuerza con su pareja tras descubrir su intención de viajar a Europa, donde queda de manifiesto su absoluta dependencia hacía su pareja. Es importante reseñar esta idea, ya que ese final metafórico de la protagonista escogiendo dejar la relación, aunque de la manera más atroz posible, pudiendo de alguna manera liberarse de su dependencia y por ende de un reciente pasado traumático, es toda una declaración de intenciones de su director, quien recordemos una vez más, venía de una ruptura sentimental a la hora de escribir el guion de la película.

Midsommar nos demuestra además que no hace falta recurrir a las secuencias a oscuras, los juegos de luces y sombras o la inclusión de jump scares para armar el terror de una película, ya que en este caso esta es capaz de incomodar tremendamente durante todo su visionado, independientemente estemos siendo testigos de un acto atroz como si lo que se muestra es una tranquila comida colectiva. Y todo ello lo hace a plena luz del día, idea que la propia película insiste en remarcar en varios momentos, pervirtiendo de esta manera varios de los tics más característicos dentro del cine de terror. Y sin embargo, llegado el momento, la película no huye de la explicitud, mostrando una violencia visceral, directa y abrupta, pero además con una enorme personalidad propia en la forma en que esta es representarla en pantalla, y que se conjuga a la perfección con esa otra violencia más psicológica e intangible, y que puebla buena parte del metraje.

Y a pesar de esa explicitud en determinadas secuencias, la película posee una elegancia formal fuera de toda duda, una estética cuidada hasta el más mínimo detalle, con momentos como el cuadro del oso que preside la habitación de la protagonista y que cobrará gran sentido en la escena de cierre de la película. El diseño de vestuario de los miembros de la comunidad, la geometría de las grecas que decoran las diferentes estancias, los frisos, toda la estética de la película conjuga la belleza formal con la desazón a la hora de mirar, en un juego con el espectador que nos recuerda a lo que ya hiciera Stanley Kubrick en El resplandor con la estética del hotel Overlook, y que el director maneja con solvencia de veterano.

Como comentábamos con anterioridad, los grandes protagonistas de la película son la pareja formada por Dani y Christian. Así, en la primera secuencia de la cinta, en la que el director se encarga de romper psicológica y emocionalmente al personaje de ella, fragmentándola en mil pedazos, la joven Florence Pugh, bragada en cine histórico con títulos como Lady Macbeth, Mujercitas o El rey proscrito, deja de manifiesto su capacidad para crear un personaje que parte de la involución tras el terrible arranque de la película para ir adoptando un nuevo rol una vez llegan a la comuna donde tiene lugar la trama central, una idea que queda perfectamente patente en la escena del concurso de baile, donde vemos como el rostro de la actriz va mutando para reflejarnos a la nueva Dani, la reina del festival del Midsommar. Le acompaña como pareja cinematográfica Jack Reynor, quien se limita a ejercer un papel comedido y controlado, aunque lejos de la exigencia emocional de su compañera de reparto, y quien tiene su momento de lucimiento en la tensa secuencia de sexo, tan hipnótica como sobrecogedora, tan contenida como explosiva, y durante la cual el joven actor puede, al igual que su compañera de reparto, mostrar a través de la composición de su mirada, de su expresión, todo el cúmulo de sensaciones acumuladas.

Una película que se aparta conscientemente del terror más convencional, tanto por estética, desarrollo y trasfondo, y que se ha convertido por derecho propio en uno de los títulos de referencia dentro del horror psicológico de los últimos años, con una historia que en el fondo es un ensayo sobre la pareja, y como en muchos casos una relación puede acabar resultando más perjudicial para el desarrollo del propio individuo que beneficiosa, y es que hay casos en los que, en lugar de sumar, tu pareja puede llegar a restar. Ari Aster nos lo enseña por las malas, pero es que el guion fue redactado en un momento en el que el director no tenía demasiada fe en el amor. Y qué decir del uso que se da a lo floral en la cinta, se te quitaran las ganas de volver a regalar un ramo de flores.      

domingo, 28 de noviembre de 2021

CISNE NEGRO (BLACK SWAN, 2013) 108´


Nina, miembro de una prestigiosa compañía de danza de Nueva York,  está obsesionada con protagonizar El lago de los cisnes. Por ello, cuando es elegida como primera bailarina para la conocida obra de Chaikovski, inicia, en la búsqueda de la perfección artística, una metamorfosis personal hasta lograr dar con su lado más oscuro.

El realizador Darren Aronofsky, tras sorprender con la surrealista y matemática Pi, fe en el caos, abordar el mundo de las adicciones con Requiem por un sueño y hablar del ocaso tras el éxito con El luchador, nos propone en esta ocasión un descenso a los infiernos de la locura de la mano del personaje central de una película que acaba pervirtiendo el mundo de las artes, en este caso utilizando una disciplina tan dura y competitiva como es el baile clásico. Es por ello que no podemos evitar que la película nos traiga ecos del Suspiria de Dario Argento, en tanto ambas películas utilizan como trasfondo el mundo de la danza como escenario central en el cual se va gestando una pesadilla, siendo la principal y más obvia diferencia entre ambos títulos en que, mientras que en el caso del clásico de 1977 el elemento subversivo y aterrador tiene lugar externamente a la protagonista, ejemplificado en una presencia malsana que va provocando ese aura maligno que puebla la historia, en esta ocasión esta perversión de la realidad tiene lugar en el propio interior del personaje de Nina Sayers, la gran protagonista de Cisne negro. Sin embargo, sí que ambos trabajos coinciden en contraponer esa degradación progresiva de la normalidad con una presentación visual llena de belleza, en el caso de la obra de Argento mediante el uso de una saturación en la utilización de los colores, mientras que Aronofsky juega a presentar una elegancia formal propia del mundo en el que se desarrolla la trama, demostrando su realizador un portentoso manejo de la cámara, a la que en no pocas secuencias involucra en las secuencias de danza presentes en la película, introduciéndola de hecho dentro del propio baile, logrando de esta manera la inmersión del espectador en los números musicales, tanto en los ensayados como en los representados a lo largo de la película.

En ese viaje a la peor de las caras del ser humano la película contiene ecos de dos clásicos literarios como son El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde y El retrato de Dorian Grey. De la historia de Robert Louis Stevenson se apropia de la idea de la existencia de una dualidad en las personas, esa doble cara que pugna por definirnos, y donde por lo general nuestros más bajos instintos acaban subyaciendo frente a una personalidad más controlable y sociable. Por su parte, de la obra de Oscar Wilde toma prestada esa idea representada por la frase «lo único que vale la pena en la vida es la belleza, y la satisfacción de los sentidos», y así, mientras el personaje central trata de manera denodada de alcanzar la perfección artística, va pervirtiendo cada vez más su propia psique, llegando a un estado de locura incontrolable. Mientras que en la obra de Wilde era el citado cuadro quien iba reflejando la degradación del protagonista, en este caso el director utiliza en varias ocasiones los espejos como fuente de reflejo de una nueva persona que pugna por hacerse con el control del personaje de Nina, en lo que acaba resultando un proceso de metamorfosis inverso, en este caso de mariposa a oruga, más concretamente, de cisne blanco a cisne negro.

Pero esta transmutación tan progresiva como radical no tiene lugar únicamente por la propia actuación interna de una protagonista que va siendo poco a poco poseída por su otro yo, sino que esta es empujada de alguna manera por los diferentes personajes que pueblan la historia y que, de una manera u otra, son partícipes directos o indirectos de esta caída a un abismo de locura. Llegados a este momento no podemos dejar de alabar la interpretación de una Natalie Portman hipnóticamente brillante y tremendamente desgarradora, gracias a la cual logramos ver la evolución de su personaje, la cual tiene lugar en consonancia con el desarrollo de los ensayos de la obra musical sobre la que pivota toda la  película, pudiendo vislumbrar tanto a nivel físico como emocional como la actriz, quien ya nos enamorara con su debut en El profesional, se metamorfosea de cisne blanco, cándido, perdido y débil en un mundo plagado de celos y exigencias profesionales llevadas al límite de lo soportable tanto física como emocionalmente, en un cisne negro que saca del personaje al que da vida Portman todo su lado más tétrico y reprimido. La actuación de la intérprete israelí se apoya en la propia fisicidad del personaje, así como en un uso gestual y de miradas que van llevándonos hacía ese otro yo que lucha por ganar la partida, siendo tremendamente loable además el esfuerzo de la intérprete a la hora de filmar ella misma la mayor cantidad posible de secuencias de baile, polémicas inútiles aparte basadas en el número de planos en los que una doble se encargaría de filmar los más complicados movimientos de danza vistos en pantalla, y que no restan un ápice de una meritoria interpretación, y totalmente merecedora del Oscar con el que la actriz sería galardonada. Le acompañan  en este viaje a la locura una Mila Kunis a quien muchos descubriríamos en la prescindible American Psycho 2, tratando de dar la réplica y sustituyendo a un Patrick Bateman consagrado gracias  a la interpretación de Christian Bale, y que en esta ocasión nos brinda una estupenda interpretación como ese personaje contrapuesto al de Nina, que hibrida entre cómplice y némesis de la protagonista, y detonante del viaje que el personaje de Portman inicia para dar con su yo más oscuro, recordándonos su papel por momentos al Tyler Durden de El club de la lucha, sintiéndola como una alocada y decidida contrapartida de una protagonista apocada y reprimida. Por su parte, el francés Vincent Cassel da vida a un narcisista, ególatra, algo misógino y repulsivo director de la compañía de danza, otro de los grandes responsables de abocar a la protagonista, dentro de la exigencia artística llevada al límite, a un camino de no retorno. Por último remarcar que una Nina convertido en un animal herido no logra encontrar consuelo dentro de casa, donde le espera la figura de una madre que ve en el talento de su hija para la danza una esperanza de redención propia, tras tener ella misma que dejar ese mundo precisamente para criar a Nina. Dicho papel recae en una Bárbara Hershey, protagonista de la angustiosa El ente, cuya relación madre-hija presidida por cierto componente enfermizo y controlador, nos hace por momentos recordar a la pareja formada por Sissy Spacek y Piper Laurie en Carrie, una película que también abordaba el viaje hasta la locura de su protagonista. Aunque manifestar en defensa del personaje de Hershey, que es quien finalmente trata de ayudar a la protagonista, aunque desgraciadamente ya sea demasiado tarde. Por último, y referente al apartado interpretativo, hay que reconocer tremendamente acertado la colaboración de Winona Ryder como anterior primera figura del ballet al que pertenece el personaje de Nina, quien ha venido a sustituir a una ex bailarina incapaz de asumir su nuevo rol lejos de los focos. Y es que el parecido físico entre estas dos actrices posibilita el jugar a la idea de que ambas se vean representadas en la otra, el personaje de Winona viendo en el de Natalie esa estrella en ciernes que ella llegó a ser, mientras que  Portman ve en una Ryder anulada física y mentalmente su propio futuro.

Destacar como la película consigue incomodar, no solo en el terreno más psicológico, con ese juego de confusión, reflejos y momentos que no sabemos si son reales o creados en la mente de la protagonista, sino que, igualmente, genera una desazón de tipo físico. Y es que su director se encarga de hacernos encoger en la butaca por la dentera que nos produce ver el límite al que es llevado el cuerpo a la hora de tratar de ejecutar con precisión quirúrgica los más complicados movimientos de baile, idea reforzada además por las lesiones auto infringidas por Nina tratando precisamente de huir del dolor físico producido por unos ensayos llevados hasta el confín de la exigencia.

Un título que es un perfecto ensayo sobre la locura a través de la mirada de quien acaba resultando una niña asustada que, en aras de dar lo mejor de sí misma y en un mundo tremendamente exigente, competitivo y narcisista, es empujada a dar con yo más autodestructivo. Esa última mirada de la bailarina ya como cisne negro constituye el mejor resumen de un viaje a la demencia que, por desgracia, no queda limitado a ser mero género dentro del terror de una sala de cine.