domingo, 6 de octubre de 2019

ZOMBI, EL REGRESO DE LOS MUERTOS VIVIENTES (DAWN OF THE DEAD, 1978) 127´



La epidemia zombie que asola las ciudades está próxima a quedar sin control, es por ello que un heterogéneo grupo formado por una periodista, dos policías y un piloto de helicópteros deciden huir y tratar de buscar refugio en un centro comercial donde los muertos vivientes no han podido acceder, aún. 



Hubo de transcurrir nada más y nada menos que una década para que Romero escribiera y dirigiera el segundo capitulo de su saga sobre los muertos vivientes, contando para esta, su sexta experiencia tras la cámara, con una mayor experiencia y sobre todo, mayores medios económicos y técnicos para poder llevar a buen puerto la producción. Y es que en esta ocasión Romero se aliaría con el maestro del terror italiano Dario Argento para la gestión y posterior distribución del proyecto, a cambio de que el director de Suspiria o Tenebre dispusiera de la explotación de la película fuera de Estados Unidos. Este fue uno de los motivos, pero no el único, por los que finalmente existan varias versiones de Zombie, una inicial presentada en el Festival de Cannes de 1978, el montaje estrenado en Estados Unidos y otra revisión mucho más centrada en la acción y el gore que es la que Argento traería a Europa.



Romero nos sitúa en esta ocasión en una situación de caos total. La rebelión de los muertos ha adquirido dimensiones mundiales, las ciudades se encuentran colapsadas, hay una situación prácticamente de guerra abierta y la supervivencia se ha convertido en el principal objetivo de los que todavía siguen vivos. Todo esto lo muestra Romero de manera sublime en las primeras escenas de la película, con la entrada de los Swat en el edificio atestado de zombies mientras vemos como en televisión sesudos expertos divagan y discuten sobre el origen de una plaga que aterroriza a la población a la vez que hace que aflore lo peor del ser humano. Y es que en Zombie Romero sí que utilizará de manera consciente la metáfora de lo que narra en pantalla para evocar una evidente crítica social fragmentada en varios elementos, y ya manifestada desde el momento en que la protagonista habla abiertamente nada más comenzada la película de que estamos perdidos, pero no por culpa de los zombies, sino de nuestra propia cobardía. Y es que al director toda la caterva de interpretaciones sociales y políticas lanzadas en el momento de estrenar en 1968 La noche de los muertos vivientes le serviría para utilizar la saga que vendría después como una manera de abordar desde el terror numerosos elementos desde un punto de vista crítico y mordaz.



Y tras realizar esta presentación general, de nuevo Romero coloca a un grupo de personas en una situación comprometida, sustituyendo en esta ocasión la casa de la primera entrega por un centro comercial, siendo por otra parte la situación muy parecida. Los zombies les rodean y acosan y el nerviosismo, el cansancio y el miedo van haciendo mella en los protagonistas. El hecho de que en esta ocasión la trama se desarrolle en un centro comercial donde puedes encontrar absolutamente todo lo que necesites y quieras, permite jugar al director con la dualidad de por un lado  disponer absolutamente de todo pero no poder disfrutar de nada dadas las circunstancias que rodean la situación,  toda una critica abierta contra la sociedad de consumo actual, en exceso materialista y poco dada a abordar áreas del ser humano más espirituales o interiores. Y es que, de que nos sirve tenerlo todo si no somos capaces de poder disfrutar de ello.



La película tiene un ritmo endiablado, un tempo narrativo perfectamente engranado, desde las primeras secuencias antes mencionadas del asalto al bloque de edificios y la huida de los protagonistas en helicóptero, hasta el violento final, no dejando un solo minuto de respiro al espectador. Aunque si hay un descenso de esta frenética y salvaje acción durante alguno de los momentos que tienen lugar en el centro comercial, segmento y escenario que ocupa casi todo el metraje y que fue filmado en uno auténtico ubicado en Pittsburgh, localidad que le debe mucho a la saga de muertos vivientes de Romero, pudiendo el equipo de la película disponer del edificio durante dos semanas, lo que obligó al director y su equipo a volver a filmar a contrarreloj en sesiones maratonianas marcadas por la necesidad de dejar todo el set de grabación en perfecto estado para la vuelta a la normalidad. Durante este acto intermedio Romero desacelera el ritmo endiabladamente brutal para narrar el día a día de los protagonistas en una situación que intentan llegar a normalizar, aunque acaba por ser imposible, algo perfectamente reflejado en la presentación de momentos en los que los protagonistas, una vez limpiado y despejado el interior del edificio de zombies, se dedican a pasar las horas muertos entre tienda y tienda, buscando entretenimientos con los que llenar todo el tiempo libre del que disponen.



Destacar asimismo  y frente a la entrega anterior, un aumento considerable de las escenas sangrientas y enmarcadas claramente ya dentro de la tipología del cine gore, dado que el mayor presupuesto con el que se contó posibilito la inclusión de numerosas escenas explicitas y macabras, incluyendo machetazos en la cabeza, numerosos impactos de bala en cuerpos o desmembramientos varios, todo un lujo para el goreadicto de pro. En este sentido si que los personalísimos maquillajes utilizados para los zombies, con unas tonalidades grisáceas que en pantalla lucían sin embargo azuladas, acaban resultando demasiado artificiales, lo mismo que una sangre en exceso rojiza y liquida. Aunque incluso de sus defectos logra sacar partido la película, que acabaría por hacer de estos fallidos maquillajes una marca de la casa de la película, ya que confieren a Zombie una marcada estética de comic que le sienta de maravilla y que además la diferencia notablemente de La noche de los muertos vivientes y de su veracidad, ya que aquí el exceso, aunque no le resta terror a la propuesta, la hace más fantasiosa e irreal.  Por cierto que en lo referente a las escenas más explícitas y sanguinolentas, estas cuentan con la inestimable participación del genio de los efectos especiales y actor ocasional (Abierto hasta el amanecer, Los hijos de los muertos vivientes, Death Prof….) Tom Savini, un autentico maestro en lo que se refiere a la creación y desarrollo de todo tipo de efectos de casquería, y quien, no por casualidad, sería el director escogido para filmar el remake de La noche de los muertos vivientes que se estrenaría en 1990. Decir que Savini además interviene como actor en esta segunda entrega encarnando a uno de los miembros de la banda de motoristas. Y es que Savini, nacido precisamente en Pittsburgh tenía pensado haber participado en La noche de los muertos vivientes, pero no pudo hacerlo al trasladarse a Vietnam donde trabajaría como fotógrafo. Pero a partir de esta segunda entrega de la saga pudo resarcirse de esa ausencia inicial, alcanzando de hecho su culmen como especialista en efectos especiales en la tercera parte de la franquicia estrenada en 1985, El día de los muertos.



Precisamente a través de esta banda de moteros de la que Savini es miembro destacado, Romero vuelve a plasmar una idea básica en toda su filmografía sobre el tema, y es que, como bien plasmaría Hobbes en su mítica frase “El hombre es lobo para el hombre”,  efectivamente el hombre es peor que los propios zombies. En esta ocasión será este grupo de delincuentes motorizados quienes lleven el caos y la destrucción hasta el lugar donde se encuentran ocultos los protagonistas, siendo responsables directos de que los zombies penetren en el centro comercial y se inicie un autentico baño de sangre, y además tratando a los muertos vivientes de manera que incluso el espectador sufra ante los desmanes provocados en estos seres. Y es que mientras los ataques de los zombies a los humanos se tratan desde la irracionalidad, son un acto reflejo de supervivencia, en las acometidas de los hombres hacía los zombies quedan patentes elementos de maldad, crueldad y absoluta falta de, precisamente, humanidad.



La película supuso todo un bombazo en la taquilla mundial, confirmando a Romero como uno de los grandes directores de terror y suponiendo una más que dignísima y acertada continuación de la obra de 1968, siendo considerada incluso por no pocos como la mejor de la serie. Fue gracias a Zombie cuando el genero de los muertos vivientes alcanzo a finales de los setenta y muy especialmente durante los ochenta, el momento de mayor apogeo, hasta el revival nacido a principios de los dos mil, abundando sin embargo las malas imitaciones de las películas de Romero con títulos como La noche de los muertos vivientes, de Benjamín Clark o Zombie holocausto dirigida en 1980 por Frank Martin ente otras muchas, llegándose a estrenar incluso secuelas apócrifas de la propia película de Romero. Se iniciaba además con Zombie una tendencia del director que sin embargo no pudo llevar siempre a cabo, estrenar un título de su franquicia más significativa cada década. La noche de los muertos vivientes fue estrenada en 1968 y Zombie en 1978. Habría que esperar otros siete años antes de ver el siguiente capítulo de este Apocalipsis cinematográfico. Pero eso es un capítulo aparte.

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