sábado, 1 de agosto de 2020

SILENCIO DESDE EL MAL (DEAD SILENCE, 2007) 89´


Jamie y Lisa son un joven matrimonio que una noche recibe un inesperado paquete con un muñeco de ventrílocuo en su interior. Esa misma noche Lisa aparece brutalmente asesinada y con la lengua cortada.

El estreno de Saw en 2004 no solo iniciaría una fructífera e interesante franquicia que partiría de una película construida a modo de puzle donde todas las piezas acaban por encajar, sino que sería la carta de presentación de uno de los directores de terror contemporáneos más interesantes y personales, James Wan. Wan, junto al guionista de su opera prima y colaborador habitual, Leigh Whannell, estrenaría tres años más tarde su segunda película, este Silencio desde el mal, que ha sido injustamente menospreciada como parte de una filmografía con títulos tan interesantes como Insidious o Expediente Warren. Pero el título que nos ocupa contiene todas las constantes del cine de su director y coguionista y merece ser tenida en cuenta a pesar de no llegar a la excelencia de títulos posteriores de su director.

Y es que lo primero que llama la atención no solo de Silencio desde el mal, sino de toda la filmografía de James Wan, es el conocimiento que muestra el joven realizador del género en su vertiente más clásica, lo que le convierte en un gran generador de suspense, cimentando de esta forma la película mediante la generación de tensión en el espectador mediante una historia sumamente interesante, todo un cuento de horror moderno. Esta idea de terror clásico se ve reflejado en la utilización como leit motive principal de un elemento tan arraigado e icónico dentro de nuestros miedos más atávicos e irracionales como es un muñeco, en este caso un muñeco de ventrílocuo, en una imagen que nos retrotrae a personajes como el payaso de Poltergeist, las muñecas de la película homónima de Stuart Gordon o del más conocido Chucky, protagonista de la longeva saga Muñeco diabólico. Una marioneta como fuente de terror, un elemento recurrente en las historias de miedo, y que Wan y Whannell hacen propio apoyados en un diseño que bebe de los formatos más tradicionales de este tipo de figuras, y que genera desazón y malas vibraciones por sí mismo, consiguiendo crear inquietud simplemente mostrando el movimiento de sus ojos sabiendo que no hay nadie manipulando la figura.  Sin embargo esta idea de terror clásico  no inhibe a la película de mostrar el lado más visceral y efectista del género, con ciertas secuencias donde se potencia el impacto de la idea desarrollada mediante golpes visuales al espectador en los cuales se muestran los resultados de las muertes de los diferentes personajes, cadáveres caracterizados por mantener una especie de sonrisa perpetua como consecuencia de un certero corte en su rostro, y por haberles sido extraída la lengua, lo que les confiere un sobrecogedor rictus post mortem.

Otro elemento a destacar es la propia historia narrada, y que como apuntábamos con anterioridad es obra del propio director y de  Leigh Whannell,  creadores de todo un estilo propio en sus guiones, los cuales apuestan por historias con potencia en lo que a contenido se refiere, trabajando elementos propios del terror pero dotándoles de una personalidad propia y apostando casi siempre por un giro final de altura, cosa que sucede con el sorprendente cierre que se da a la película, un gran broche que logra, en su última escena,  unir y dar sentido a todas las pequeñas pistas dejadas por los autores de la historia a lo largo de la trama desarrollada. Lo mejor sin duda a nivel de historia en Silencio desde el mal es ver como los autores del guion se han sacado de la manga una leyenda urbana propia, con esa historia de Mary Shaw, la ventrílocua que no tenía hijos, solo muñecos.

Quizás el elemento que menos destaque de Silencio desde el mal, sea el de unos personajes principales planos y sin carisma suficiente. Ryan Kwanten, visto en True blood, encarna al protagonista principal, responsable de una investigación que será la que destape todo aquello que la localidad de Raven´s Fair, lugar en la que se crío y al que vuelve tras la tragedia sufrida, trata de ocultar y olvidar. Se trata de un personaje sin fuerza, demasiado lineal en su desarrollo y comportamiento, que no manifiesta todo el dolor por el que debe estar pasando tras perder trágicamente a su esposa, y que se limita a unir pistas sin que el espectador llegue en ningún momento a conectar con él en sus pesquisas. Peor todavía es el personaje del policía al que da vida Donnie Wahlberg, hermano de Mark Wahlberg, y quien ha participado en películas como El sexto sentido, El cazador de sueños o en varios de los títulos que engloban la propia saga Saw. Sin embargo muchos lo recordamos como integrante del grupo musical de finales de los ochenta y primeros noventa New kids on the block, boy band que supuso todo un fenómenos de masas (llegando a tener su propia  serie de dibujos animados) anticipándose a posteriores formaciones similares como Take that, Backstreet boys o One direction. Y es que el detective Lipton parece querer servir de alivio cómico, un rol innecesario y excesivo en su forma de actuar en la película. Mucho más interesantes acaban resultando los personajes secundarios, caso del encargado de la funeraria, el padre y la madrastra del protagonista o la propia Mary Shaw, y es que encajan mejor en ese tono sombrío de la película y del que los dos personajes centrales parecen querer desligarse.

Además de ser un perfecto exponente del género de terror por lo que sabe del propio género, James Wan se ha manifestado como un director muy solvente en el apartado técnico, lo que le ha llevado a dirigir con un éxito abrumador películas con un presupuesto desorbitado como Fast & Furious 7 o Aquaman, siempre con resultados notables. La manera en la que coloca y mueve la cámara, sinuosamente, sin estridencias, o los originales encuadres que buscan potenciar además la fuerza de la secuencia y que no están ahí por mera presencia estilística, son características propias de un director que ya en sus primeros títulos daba muestras de ser un excelente camarógrafo. Todo en aras de lograr atrapar al espectador en su historia introduciendo el elemento terrorífico de manera constante pero tratando de evitar en la medida de lo posible las estridencias y golpes de efecto per se. Cuándo en Silencio desde el mal se presenta uno de estos es siempre al amparo de una historia bien armada y anclada en los cuentos de terror más ancestrales.

Un interesante ejercicio dentro del terror más academicista pero que sin embargo no teme bajar al fango de la sangre y que volvía a dar muestras del talento de sus máximos responsables dentro del género, y que lo que había sucedido con el estreno de Saw en  2003 no había sido fruto del azar o un golpe de suerte de dos novatos. Tanto Wan como Whannell así se han encargado de dejarlo patente todas en sus películas posteriores. Y recuerda no gritar, ese sería tu fin.

domingo, 19 de julio de 2020

ESTAMOS MUERTOS...¿O QUÉ? (DEAD HEAT, 1988) 83´



Los agentes Mortis y Bigelow llegan hasta un atraco en una joyería instantes antes de iniciarse un brutal tiroteo entre policías y atracadores, quedando sorprendidos de que a pesar de recibir decenas de impactos de bala, los dos asaltantes parecen ser inmunes a estos. Sin embargo todo tomará un cariz aún más extraño cuando al llegar finalmente a la mesa de la forense esta descubra que los dos delincuentes ya habían estado antes frente a ella…muertos.


Una de esas películas de la década de los ochenta que ha quedado en el imaginario colectivo de los aficionados al fantástico como una simpática opción de visionado, sin peso suficiente como para convertirse en título referencial pero si con cierto halo que la ha mitificado como una simpática propuesta si lo que quieres es pasar un rato muy entretenido disfrutando de sus aciertos y a pesar de sus limitaciones.


Su director es Mark Goldblatt, responsable también de la primera adaptación al cine del conocido antihéroe de Marvel El castigador, aquella protagonizada por un Dolph Lundgren teñido de moreno para la ocasión. Goldblatt, quien únicamente ha dirigido estos dos largometrajes, es sin embargo un experimentado editor, responsable del montaje de títulos como Aullidos, Halloween 2, Terminator, Rambo 2, Depredador, Razas de noche, El último boy scout, Terminator 2, Starship troopers, Showgirls, Armageddon, Peral Harbour, El exorcista, el comienzo o El origen del planeta de los simios, esto es, una filmografía brutal donde ha dado buena muestra de su talento. La película en ese aspecto es tremendamente dinámica, y ya desde su secuencia de apertura se deja de rodeos y va directa a la trama, no dejando un solo segundo de respiro al espectador, sin tiempos muertos, nunca mejor dicho, y ofreciendo en su escueto metraje de hora y veinte un atinado híbrido de buddy movie, comedia fantástica y cine de terror que, curiosamente y, pese a lo que pudiera parecer, funciona en todos y cada uno de sus apartados.


La pareja protagonista de policías está formada por Treat Williams y Joe Piscopo. Hemos de recordar que apenas un año antes se había estrenado Arma letal, y que el género de las buddy movies había tocado el cielo de la taquilla, generando multitud de títulos dispuestos a imitar este éxito dirigido por Richard Donner. No podemos negar la influencia de la película protagonizada por Mel Gibson y Danny Glover, en este caso sobre cómo están definidos los personajes centrales, quienes difieren en su estilo a la hora de abordar la investigación, siendo el personaje de Roger Mortis (indisimulado juego de palabras con rigor mortis) el serio y meticuloso, mientras que su compañero Doug Bigelow es el chistoso de la pareja y quien se toma todo a broma, diferencia matizada visualmente además en la forma de vestir de ambos, en el caso del primera marcando su seriedad mediante el traje y en el caso del segundo de a bordo, reforzando su carácter más jovial con camisetas e informales cazadoras. Treat Williams es un actor con un interesante bagaje profesional y que sin embargo nunca ha logrado despuntar, a pesar de siempre lograr unas convincentes interpretaciones. De esta forma hemos podido verle en películas como Hair, 1941, Erase una vez en América, Cosas que hacer en Denver cuándo estás muerto, La brigada del sombrero, Deep rising, el misterio de las profundidades o 127 horas. Por su parte, Joe Piscopo es un comediante con físico de fisioculturista bregado en el Saturday night live (siendo compañero de sketches de Eddie Murphy), y que en cine casi siempre ha estado ligado a la comedia en títulos como Johnny peligroso, Dos tipos peligrosos o Juntos para vencer. Junto a esta omnipresente pareja de protagonistas tenemos a las bellas Lindsay Frost, quien prácticamente debutaría con esta película y quien se bregaría en colaboraciones episódicas en series para televisión como Perdidos, CSI o Sin rastro, y a Clare Kirkconnel, con una carrera profesional aún más discreta que la de su compañera. Curiosamente estos personajes femeninos cargan con los momentos más dramáticos de la película, especialmente en el caso del personaje interpretado por Frost, protagonista de una de las secuencias más icónicas de la cinta. Hemos de agradecer además la presencia de actores como Keye Luke, el maestro de David Carradine en la afamada serie Kung Fu y visto en Gremlins y su secuela, el cameo en lo que parece todo un guiño al espectador de Shane Black, reputado guionista y director, y autor precisamente del guion de Arma letal, aunque hayamos de lamentar la no aparición de una de las scream queens más representativas de la década de los ochenta, una Linnea Quigley caracterizada como una zombie gogo, cuya secuencia fue descartada del montaje final. Pero el reclamo principal del aficionado más nostálgico es poder ver a un mito del género como Vincent Price en una de sus últimas apariciones en la pantalla grande.


Como comentábamos con anterioridad, la película es una coctelera donde se conjugan con atinado equilibrio géneros como la comedia, con una dupla de protagonistas que son incapaces siquiera de tomarse en serio su propia muerte, o la acción, con varias secuencias de tiroteos que permiten además, dado que los participantes de estas refriegas ya están muertos, deleitarnos con innumerables impactos de bala sobre los cuerpos de los personajes sin que a estos parezcan afectarles apenas. Y por supuesto sin dejar de lado el género fantástico, con la aparición en escena de una máquina capaz de regenerar los tejidos para devolver a la vida a los seres ya fallecidos, e incorporando en la ecuación además la figura del mad doctor, y no pudiendo olvidarnos del terror en su vertiente más desprejuiciada y goremaniaca. Todo ello en un simpático batiburrillo de metraje ajustado y que pese a lo que de inicio pudiera parecer funciona a las mil maravillas desde la base de que nos encontramos ante un proyecto sin ninguna ínfula de grandeza y que parte de una humildad de objetivos palpable en el resultado final. 


Sí que hemos de marcar el libreto del desconocido Terry Black como el aspecto menos trabajado de la película. Si bien nos encontramos con unos personajes definidos de una manera muy generalista y simplista y sin apenas desarrollo dramático, es ese un peaje que aceptamos e incluso de agrado en un título de evasión como el presente, y pesa más el ver como la trama central apenas se esboza de una forma demasiado simplona, sin molestarse en tratar de armar la misma con algo más de base, encontrándonos saltando de escena a escena sin vislumbrar demasiado engrase en la forma en la que evoluciona la investigación de los dos protagonistas. Se puede intuir además ciertos tijeretazos en el montaje final, y eso que gracias al montaje de la película estas lagunas en el guion quedan menos marcadas al desviarse la atención del espectador hacía otros aspectos de la película.


Y si lo peor lo teníamos en un guion sin pulir, el apartado más meritorio de la película se encuentra en su vertiente de maquillajes y efectos visuales. Sorprende además que un título con este aire de serie B posea un trabajo tan atinado en ese aspecto, y que además siga funcionando a la perfección a pesar de las más  de tres décadas transcurridas desde su estreno. El principal “culpable” de este hecho es Steve Johnson, quien ha participado bien en áreas de maquillaje o de efectos visuales en títulos como Greystoke, Videodrome, Golpe en la pequeña China, Pesadilla en Elm Street 4, Mortal zombie, El señor de las ilusiones, Species, Blade 2 o La guerra de los mundos. Con ese bagaje no es de extrañar el resultado final en los maquillajes y uso de animatronics, con secuencias tan icónicas como el zombie motero de doble rostro, la lucha en la carnicería china con trozos de animales muertos o el final del personaje de Randi, no pudiendo obviar el proceso de degradación del protagonista durante su putrefacción en vida y que además nos brinda otro de esos momentos que suenan a guiño, con un detective Mortis saliendo de una ambulancia en llamas con el rostro medio desfigurado y que nos retrotrae visualmente y en forma al Terminator de la película de James Cameron, que como comentábamos al comienzo de la reseña se encargó de montar el propio director.


Una entretenida recomendación totalmente ochentera en su esqueleto, por metraje y desarrollo de la trama, así como por su desenfado y que, a pesar de lo desastroso de su título en castellano, ofrece todo lo que promete y un poquito más, a saber, acción, zombies, policías de los de chiste en mitad del tiroteo y villanos casi de comic, esto es, todo un deleite para el aficionado al género fantástico y de terror sin prejuicios.

miércoles, 17 de junio de 2020

ZOMBIELAND: MATA Y REMATA (ZOMBIELAND: DOUBLE TAP, 2019) 99´




Diez años después de unir sus caminos en medio de un apocalipsis zombie, parece que llega el momento en que Tallahasse, Columbus, Wichita y Little Rock se separen, aunque el destino parece empeñado en que no sea así.
Pudiera parecer que afrontar una secuela de una película como Zombieland diez años después de estrenada la primera entrega, suponía  un mal presagio de cara a disfrutar de una película que mantuviera en parte los mimbres de la cinta de 2009. Y no solo no pierde un ápice de los elementos de interés que hicieron del debut en la dirección de Ruben Fleischer un estimable y recordado ejercicio de comedia zombie, sino que supera en todo a su predecesora, sabiendo coger lo mejor de aquella para  mantenerlo en esta segunda entrega, además de subir un par de velocidades en aquellos elementos de interés más desdibujados, aprendiendo de los errores del pasado para ofrecer una secuela más divertida, dinámica y redonda a todos los niveles.
Una de las principales razones por las que esta segunda parte mantiene y eleva el interés que ya ofrecía la película pretérita se debe a que han permanecido fieles al proyecto tanto los guionistas principales de la película estrenada una década atrás, como su director, un Ruben Fleischer con mucho más bagaje profesional, y que incluso ya había formado parte de un blockbuster de gran presupuesto como había sido Venom. Si bien este director ya había demostrado grandes hechuras  como realizador en su opera prima, en esta ocasión se le nota mucho más versado en cómo mover la cámara, tal y como queda patente en la secuencia de la pelea entre Tallahasse y Collumbus contra Alburquerque y Flagstaff, caracterizada por un movimiento continuo de la lente entre los personajes, demostrando de forma empírica que esos ademanes técnicos y visuales presentes ya en su título de debut no eran fruto de la casualidad o mera imitación de otros realizadores.
A nivel interpretativo sucede lo mismo que en el apartado técnico, y es que los cuatro protagonistas principales permanecen anclados a la secuela, demostrando gran fidelidad a una película que, en casos como los de Emma Stone o Jesse Eisenberg, filmaron antes de convertirse en esos actores de cierto renombre que son ahora, y en el supuesto de ella con multitud de premios a sus espaldas por su interpretación en La, la, land. La permanencia de todos los actores centrales dota de una continuidad a la historia que en cualquiera de otras situaciones, con la caída de uno solo de los miembros principales del elenco, hubiera fragmentado la trama. Hay que decir además, que a pesar de todos los años transcurridos, el paso del tiempo no ha pesado sobre estos intérpretes, si exceptuamos el evidente caso de una Abigail Breslin que contaba con tan solo trece años cuándo se estreno Bienvenidos a Zombieland. Pero si el mantener a este carismático cuarteto supone todo un acierto, no lo es menos el conjunto de incorporaciones que van surgiendo a lo largo de la historia, convertida nuevamente en una road movie en la búsqueda constante de un hogar en medio de ese caos en el que se ha convertido el planeta. Hemos de destacar en este aspecto a Rosario Dawson (Hombres de negro II, Alejandro Magno, Sin city o Death Proof) como Nevada, el dúo al que dan vida Luke Wilson y Thomas Middletich, como unos inconscientes émulos de la pareja de protagonistas masculinos principales, y que nos brinda uno de los más divertidos momentos de toda la película por esa similitud entre las dos duplas de personajes. Pero si hay que resaltar a uno de las nuevas incorporaciones por la cantidad de simpáticas situaciones que brinda a la trama y por el toque humorístico que aporta, esa es Madison, genialmente interpretada por Zoey Deutch, hija de un ícono del cine de los ochenta como es Lea Thompson, y que nos deleita con un personaje tan involuntariamente cargante como adorable.
Como apuntábamos con anterioridad, la película remarca las bromas y situaciones que ya funcionaron en la primera entrega, con toda esa retahíla de normas creadas por el joven protagonista para sobrevivir en medio del cataclismo zombie con el que le ha tocado lidiar, convertidas en elemento recurrente a la hora de crear gags visuales o momentos netamente humorísticos, siendo obligatorio nuevamente citar el encuentro convertido en duelo entre el protagonista al que da vida Jesse Eisenberg y su homologo en la creación de unas reglas de supervivencia interpretado por Thomas Middletich.  Por otra parte, al igual que en la película de 2009 se presentaban varios momentos sujetos a la idea de acabar con los zombies de la manera más brutal y letal, esta es recuperada, añadiéndose a la broma además nuevas ideas sobre la propia naturaleza de los muertos vivientes, con esa tipificación tan visual en las acepciones escogidas (desde el Homer al Ninja  pasando por el Hawking).

Tal y como sucedía en la primera entrega, la película adolece de un pequeño bajón en el acto final, en la búsqueda por ofrecer al espectador un fin de fiesta que esté a la altura, apostando nuevamente por la espectacularidad de un ataque masivo de zombies. Sin embargo este pirotécnico final adolece frente a otros violentos encuentros entre los vivos y los muertos, como el que tiene lugar al comienzo de la película en los jardines de la Casablanca o el que se produce junto a la caravana que los protagonistas ansían tomar, que, siendo menos pretenciosos en su impacto visual, funcionan mucho mejor. Aunque en esta ocasión, al estar la historia mejor armada, es más fácil justificar este enfrentamiento final.
Resumiendo, nos encontramos en esta ocasión con uno de esos raros casos en los que una secuela, máxime en un género como el que se aborda, funciona mejor que el título primigenio, quedando demostrado que si se han esperado tantos años antes de abordar una segunda entrega ha sido para mejor, pudiendo contar con todos los máximos responsables detrás y delante de las cámaras que hicieron de Zombieland una agradable sorpresa para el aficionado al cine zombie en su vertiente más gamberra. Por repetir repite hasta Bill Murray, aunque en esta ocasión no tiene el privilegio de protagonizar el mejor gag de la película, ese ya lo habíamos visto un rato antes con la llegada del enorme vehículo ocupado por Alburquerque y Flagstaff. Y es que solo ver la intro creada por Columbia Pictures para la película sabemos que es lo que nos espera. Y lo que nos espera es bueno. Bueno y divertido.

miércoles, 3 de junio de 2020

BIENVENIDOS A ZOMBIELAND (ZOMBIELAND, 2009) 88´



En pleno apocalipsis zombie el tener unas normas de supervivencia claramente definidas pueden suponer la diferencia entre seguir vivo o el convertirse en carne de muerto viviente. 



Con el nuevo milenio y gracias a películas como 28 días después, El amanecer de los muertos o Shaun of the dead, el género zombie resucitó de un letargo de más de una década para convertirse en todo un referente cultural que ha acabado inundado al mundo de la literatura, los comics, la moda, los videojuegos, y, por supuesto la televisión y el cine. Es en ese contexto donde se estrenaba una potente comedia de terror, que con un presupuesto de más de veinte millones de euros y el apoyo de una major como Columbia Pictures, trataba de hacerse un hueco en la taquilla tras ver el tirón que los muertos vivientes tenían entre el público nostálgico del cine de Romero y las nuevas hornadas de fans del género, objetivo que logró, convirtiéndose en un éxito que multiplicaría casi por cinco su coste, dejando un agradable sabor de boca en el aficionado y llegando a generar un tardía secuela logrando además atesorar cierto status de título de culto menor.



La historia está escrita por los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick, futuros autores de la adaptación al cine del personaje de Deadpool y de su secuela, y quienes logran captar toda la esencia del cine zombie en su libreto, dándole una irreverente pátina de humor negro y cierta mala leche a su propuesta, aunque sin atreverse finalmente a prácticamente cruzar los límites con los que juega constantemente, salvo en muy contadas ocasiones. La película supuso el debut en el campo del largometraje para el director Ruben Fleischer (Gangster squad o Venom), quien, fogueado en el mundo del cortometraje y de la televisión, ofrece un trabajo profesional y bien filmado, que incluso apunta maneras interesantes en la forma de rodar y montar las escenas, resultando una más que digna opera prima con no pocos elementos interesantes, y todo ello a pesar de ciertos vaivenes en su ritmo narrativo.



Y es que en la presentación de la película nos encontramos su mejor baza, con esa retahíla de normas y reglas adoptadas por el timorato protagonista, y subrayadas en la propia pantalla, para tratar de sobrevivir en medio de un apocalipsis zombie prototípico. Si a ello sumamos unos potentes títulos de crédito que, bajo el paraguas del tema musical de Metallica For whom the bells town, enmarcan una introducción con una potencia visual que atrapa de inicio al espectador, quien espera ansioso ver que viene después. Y lo que viene después es una simpática comedia con ribetes de horror y donde lo mejor está en unos protagonistas tremendamente carismáticos y que se compenetran entre sí a las mil maravillas, especialmente en el caso de Tallahassee y Columbus, una pareja antagónica pero cuya unión les hace tremendamente eficaces en su deambular en medio de una hecatombe zombie. La incorporación un poco más tarde de Wichita y Little Rock, si bien sirve para ampliar el espectro de protagonistas y abrir horizontes en la historia, se antoja desaprovechado en base principalmente a una razón. De una parte, ese papel de las dos hermanas como unas timadoras a la que solo les importa su propia supervivencia, es una carta de presentación muy atrayente y que funciona a las mil maravillas toda vez vemos como estafan a sus partenaires masculinos una vez tras otra. Sin embargo vemos desinflarse esa idea con una muy forzada, y nada creíble por otra parte, historia de amor entre Wichita y Columbus, siguiendo esa línea de la película por la cual no llegan a atreverse a llevar hasta el final sus valientes planteamientos, dotados de no poca mala baba y dosis de humor negro, posiblemente por el veto de una potente productora detrás, y que si bien supone contar con un holgado presupuesto a la hora, por ejemplo, de mostrar el cataclismo en el cual se desarrolla la película, con multitud de automóviles, incluso aeronaves copando las autopistas o ver ciudades completamente asoladas, lleva aparejado el sometimiento a no pocas cortapisas de cara a presentar un producto final con recorrido en la taquilla.





Y es que si nos damos cuenta, el mejor gag de la película viene con la aparición de un Bill Murray interpretándose a sí mismo y esa broma de final infausto para el protagonista de Cazafantasmas. Otro momento atinado por la mala leche que se maneja es esa involuntaria cita del bueno del joven protagonista con su atractiva vecina, momento durante el cual se percata por las malas de que estamos en plena epidemia de muertos vivientes. Y que la película no mantenga ese tono durante todo su metraje es cierto que le pasa factura, pero tampoco defenestra la propuesta, ni siquiera en base a un último acto descafeinado y con no pocos momentos que parecen chirriar en base a como se han ido dibujando los personajes hasta llegar a ese clímax en el parque de atracciones. Un tramo final que si bien a nivel de la comedia negra que hasta entonces estábamos disfrutando no mantiene la tónica, sí que es un correcto episodio de asedio zombie.





En cuanto a lo que respecta a los efectos de maquillaje y visuales, la película sí que luce realmente acertada, quedando constancia de su desahogado presupuesto, con unos trabajados muertos vivientes, con especial detenimiento en el trabajo de sus rostros, y unos convincentes efectos de casquería, aunque el exceso de efectos infográficos generados en postproducción haga que echemos en falta a los más nostálgicos los excelentes trabajos protésicos y mecánicos de títulos pretéritos, más artesanales e igualmente impactantes, sino más. Y es que de hecho la incorporación a posteriori en el celuloide de sangre infográfica resulta más artificial que la implementación del efecto físico bajo el maquillaje del actor o especialista, pero ese es un mal endémico en el cine gore actual, principalmente por el abaratamiento de costes que supone, y este Zombieland ha seguida en ese aspecto la tendencia presente.



Por último, si la película funciona tan bien a nivel general es gracias al acertado elenco de intérpretes escogidos para cada uno de los papeles principales, y a los que comanda Jesse Eisenberg como el apocado y torpe protagonista, quien sin embargo suplirá sus carencias físicas con un acertado elenco de normas a seguir y que al menos a él le funcionan. Eisenberg, visto en La red social, Ahora me ves o Batman Vs Superman, encaja a la perfección en este tipo de personajes de maneras taimadas y algo torpes a lo que ayuda mucho una fisicidad de niño bueno. Junto a él tenemos al veterano Woody Harrelson como un rudo vaquero de respuestas contundentes y un uso de la violencia directa como forma de abordar los problemas. Harrelson, dado a conocer gracias a la televisiva Cheers y que ha cultivado una polivalente filmografía con títulos como Una proposición indecente, Asesinos natos, El escándalo de Larry Flynt, La delgada línea roja o Ahora me ves, de nuevo teniendo como partenaire a Jesse Eisenberg, acaba resultando lo mejor de la película, un regalo de personaje al que el beligerante intérprete sabe sacar el mejor de los partidos. Por otra parte tenemos a Emma Stone, poco antes de alcanzar fama internacional gracias a películas como Crazy, stupid, Love, The amazing Spider-Man o La La Land, convirtiéndose en una especie de pareja profesional de Ryan Gosling, con quien coincidirá en varios títulos. La actriz compone un interesante personaje de inicio que, sin embargo, queda lastrado, tal como apuntábamos con anterioridad, por el giro que la historia da de su forma de actuar, siendo mucho más interesante su lado canalla y socarrón que la posterior vertiente de chica buena, pudiendo disfrutar no obstante del talento de la joven intérprete y de su vis cómica. Finalmente y cerrando el cuarteto protagonista nos encontramos con Abigail Breslin, conocida por su papel en Pequeña Miss Sunshine, y a quien le sucede algo parecido a Emma Stone en tanto en cuándo su personaje acaba por claudicar al pequeño clan familiar que forman junto a sus compañeros de viaje. Genial cameo de Murray y un pequeño papel de Amber Heard (Superfumados, La chica danesa, Aquaman) completan lo referente al elenco de actores de la película.



En resumidas cuentas, Bienvenidos a zombieland es un muy entretenido ejercicio de comedia de terror narrada a golpe de voz en off, con buenas ideas plasmadas a lo largo de su metraje, ciertos vaivenes en su ritmo que sin embargo no hacen mella en el resultado fina,l y a la que le falta el haber ido más lejos en su propuesta no tirando como lo hace de freno de mano, sabiendo encontrar ese difícil equilibrio entre humor negro y soez en el que tan bien se había movido unos años atrás Shaun of the dead, posiblemente la otra comedia zombie con lo que todos tratamos de comparar el presente título. Pero estos zombies se mueven entre tópicos norteamericanos y no ingleses. Bienvenidos pues a Zombieland, recuerden cumplir las reglas y todo irá bien.

domingo, 24 de mayo de 2020

EL HIJO (BRIGHTBURN, 2019) 90´



El matrimonio Breyer sueña con tener un hijo. Una noche, un temblor azota su granja y un fuerte estruendo e impacto posterior les lleva hasta un bosque cercano, donde encuentran una extraña nave metálica en cuyo interior hallan un bebe de pocos días. 



Si en Superman: Hijo rojo, Mark Millar y Dave Johnson daban respuesta a la pregunta de que hubiera sucedido si en lugar de aterrizar en una humilde granja de Kansas, la nave en la que viaja Kal-El hubiera impactado en un páramo de Ucrania, en el título que nos ocupa la dupla de desconocidos guionistas Brian Gunn y Mark Gunn llevan esta premisa más allá, y nos relatan en El hijo que pasaría si Superman no fuera un ser de luz tal y como ha sido descrito a lo largo de sus más de ochenta años de existencia, mostrándonos de hecho a un personaje oscuro, letal y de intenciones nada bondadosas.


La película está dirigida con pulso firme por David Yarovesky, pero si hay un nombre propio ligado a la película, ese es el del hermano de los dos guionistas anteriormente citados, un James Gunn convertido en ídolo de masas a raíz de sus películas de Guardianes de la galaxia (actualmente se encuentra en plena pre producción de la tercera entrega), cuyo éxito entre el fandom le ha llevado hasta el punto de haberle sido encomendada la dirección de la segunda entrega de El escuadrón suicida en un inteligente intento por reflotar esta intentona de franquicia. Pero antes de convertirse en referente dentro del terreno de los blockbusters, Gunn se había fogueado como guionista y ayudante de dirección en la anárquica e irreverente productora Troma, brindándonos en 2006 la simpática La plaga, y manifestándose de esta manera como un buen director de terror en su vertiente más gamberra. Aunque Gunn  se limita en esta ocasión a producir la película, es innegable su presencia en el estupendo resultado final de una cinta que logra que su interesante premisa no se quede solamente en eso, un punto de partida a tener en cuenta, sino que acaba por reforzar un título más que recomendable tanto para los fans del terror como para los seguidores del Hombre de acero.

 

La película está protagonizada por Elizabeth Banks, precisamente vista en la anteriormente citada La plaga, actriz muy ligada a la comedia y que en esta ocasión logra componer un personaje dramático muy interesante, el de esa madre cuyo deseo por vivir la maternidad de manera plena la lleva a negar todo lo que va pasando a su alrededor, de la sospecha a la evidencia, todo en aras de ejercer de ejemplar matriarca. La secunda David Denman, el otro cincuenta por cierto del matrimonio Breyer, y quien junto a su mujer y su hijo forman una familia casi de ensueño hasta que el joven Brandon empieza a manifestar un comportamiento extraño una vez llega a la adolescencia. Es muy interesante resaltar como la pareja tomará un camino diferente toda vez comienzan a producirse extraños acontecimientos en torno a la figura de su hijo, y como dichas diferencias suponen un interesante tema a tratar en la película, llevándola un punto más allá del terror puro. Pero si hablamos del elenco de actores principales no podemos obviar el excelente trabajo del joven Jackson A. Dunn, quien pese a su corta edad demuestra unas hechuras interpretativas de una gran madurez, brindando un personaje central que pasa de la candidez inicial a no saber que está sucediendo a su alrededor para finalmente erigirse en un ser de maldad pura, y todo ello apoyado de manera principal en las miradas y gestos del joven intérprete.

Es muy acertado ver como la película se inicia con unas formas donde el homenaje al personaje de Superman de Smalville es evidente, con amplios planos que muestran en todo su esplendor esos campos de  donde ese niño venido de otro planeta se crió, y con unos guiños muy evidentes especialmente a la película de Zack Snyder El hombre de acero, incluido cierto inserto similar en la banda sonora. Pero poco a poco esa luminosidad en la historia va tornándose oscuridad, con una gradualidad totalmente acertada que provoca que el suspense de la trama vaya calando poco a poco en el espectador, hasta llegar a un acto final  que, aunque más pirotécnico y desatado, sigue conservando el mal rollo que va desgranando la película.


En cuanto a la violencia de la cinta, está se encuentra perfectamente dosificada y mostrada en el momento adecuado, previa construcción de estupendas secuencias donde el director logra mantener la tensión del momento, tal y como sucede con los ataques a los personajes de la camarera y madre de la compañera de colegio de Brandon y por la que el muchacho se siente atraído, así como el momento en que el joven ataca a su tío tras discutir con este, secuencias ambas perfectamente manejadas y en las cuales se insertan momentos visualmente grotescos como los de los cristales en el ojo de la mujer o el impacto del rostro del familiar del protagonista contra el volante de su furgoneta y sus funestas consecuencias. Si bien no se abusa del gore, si que la película sabe insertarlo en su justa medida, pero siempre teniendo su acertado peso en la escena y complementando momentos donde el suspense es el gran protagonista.

 


Una película que demuestra mimo y buen hacer incluso en detalles en apariencia tan inanes como la marca escogida por Brandon para significarse con esa doble B (de Brandon Breyer) enfrentada y que se contrapone a la conocida S de Superman, logo que inundará todos los escenarios donde el joven cometa sus atrocidades. Lo mismo sucede con ese traje escogido por nuestro villano, y que pese a su simplicidad, propia del niño que lo ha confeccionado, logra erigirse como enormemente amenazador y terrorífico. Un último detalle a remarcar es un final que se  aleja de convencionalismos y arriesga, culminando como debe hacerlo una historia como la que se nos ha ido contando hasta ese momento, y todo a pesar de que la película amenace con un último giro a la historia que eche por tierra todo el trabajo anterior, no siendo finalmente este el caso.



En resumidas cuentas, un muy interesante trabajo que toma una leyenda popular del calado de la del Superman de Joe Shuster y Jerry Siegel y lo retuerce hasta devolvernos una fabula negra donde el terror de los protagonistas ante lo que están viviendo no es nada ante el que siente el propio espectador, que, conocedor de los poderes que ese niño llegará a tener, saben de antemano cual será el final de la historia, y créanme, no es un final reconfortante ni con visos para la esperanza. Es el problema de ser un ser prácticamente indestructible, que todos dependemos del bando que este elija para combatir. Y si elige el del mal tenemos un problema y gordo.

martes, 12 de mayo de 2020

INFIERNO BAJO EL AGUA (CRAWL, 2019) 83´





Con un huracán de intensidad cinco arrasando el Estado de Florida, Haley, desoyendo las recomendaciones de seguridad de las autoridades, se dirige en busca de su padre a la casa familiar, ubicada en pleno epicentro de la tormenta. Allí le encuentra en el cenagoso entresuelo de la vivienda y gravemente herido, dándose cuenta pronto la joven que las intensas rachas de aire y las lluvias torrenciales serán el menor de sus problemas.



Infierno bajo el agua se engloba dentro de ese subgénero dentro del terror más real, y que tiene a grandes y terribles criaturas de la naturaleza, y en concreto de la naturaleza acuática, como eje central de la trama. Con Tiburón como alma mater de este cine y espejo donde todas las películas que han venido después se miran irremediablemente, el último título del galo Alexandre Aja (auspiciado entre otros en la producción por su colega Grégory Levasseur o el gran Sam Raimi), responsable de obras como Alta tensión o el remake de Las colinas tienen ojos, tiene el honor de asomar como una aportación encaminada a devolver el prestigio a este subgénero, y que títulos de serie Z como la divertida Sharknado y toda la retahíla de mega tiburones o mastodónticas criaturas marinas de evidente origen y acartonado estilo infográfico habrían llevado por el camino del cine más caricaturesco. Podemos decir que Aja consigue su objetivo, y que Infierno bajo el agua logra mantener a flote una tensión por momentos insoportable ante la angustiosa peripecia vivida por los dos y prácticamente únicos protagonistas principales, Haley y su padre, atrapados en medio de una brutal tormenta que arranca tejados e inunda calles y casas, y a la que hay que unir el encontrarse bajo el sitio de un grupo de enormes y feroces caimanes no dispuestos a dejar ninguna presa libre.



Aja, quien ya había dirigido la simpática y brutal Piranha 3D, precisamente un remake del Piraña de Joe Dante surgido a rebufo y como contestación de la serie B al mega éxito de Spielberg con su escualo, logra aprovechar todo el conocimiento adquirido en dicho rodaje para integrar en el presente título unas secuencias acuáticas filmadas con gran pulso y una claridad en la imagen y en el montaje de dichas escenas que son de lo mejor de la película a nivel visual. El director francés demuestra una vez más su gran pericia técnica y su capacidad a la hora de ubicar y mover la cámara, logrando dotar de enorme dinamismo a una historia con una limitación espacio temporal evidente, y que además se sustenta prácticamente en dos únicos intérpretes. Pero ello no se convierte en un hándicap, sino todo lo contrario, ya que el director logra introducir precisamente gracias a dichos elementos, un aire de opresión y tensión a lo largo de todo el metraje realmente notables. A esto hay que sumar lo acertado de la recreación de un subsuelo de la vivienda anegado por el barro y la suciedad, y repleto de angostos recovecos y huecos donde las tuberías y los cimientos de ladrillo pueden convertirse en trampas mortales o constituir un salvoconducto a la hora de poder escapar de las enormes fauces de los escamosos antagonistas de la dupla protagonista.



Siendo como es Aja un director sin miedo al exceso ni al uso exacerbado de los efectos más truculentos en sus películas, en esta ocasión nos encontramos a un autor más comedido. Siguiendo con la comparativa entre Infierno bajo el agua y Piranha 3D, si en el caso de la cinta de 2010 nos encontramos tras las cámaras a un enfant terrible volcado en ofrecer una oda al exceso, abuso especialmente presente en las secuencias de los ataques de las pirañas en la fiesta en los muelles, donde el gore y los efectos más salvajes y hemoglobínicos campan a sus anchas en la pantalla, potenciados además por el uso de las tres dimensiones. Sin embargo en esta ocasión se han volcado los esfuerzos por ofrecer un título sustentado en el suspense, en mantener la tensión de las secuencias, y tratando de infundir en el espectador las mismas sensaciones que las vividas por unos protagonistas heridos, agotados y aterrados. Ello no es óbice para que se muestren en pantalla varios ataques de los caimanes a personajes anecdóticos, cuyo único fin es precisamente servir de carnaza a los enormes alligators, y donde Aja deja de lado la sugestión para no dudar en mostrar dichos ataques con todo lujo de detalles, siendo este un elemento que si bien no molesta ni resulta fuera de lugar, tampoco aporta nada nuevo a una película que, como ya apuntábamos, es principalmente un ejercicio de suspense. Si que podemos sin embargo echar en cara la capacidad de supervivencia de los protagonistas a las embestidas de unas criaturas de las que se ha dejado constancia de su poder destructivo, y que sin embargo cada vez que atrapan entre sus fauces a uno de los dos personajes principales, son incapaces de acabar su cometido. Es evidente que ambos han de ir sobreviviendo para dotar de contenido a la película, pero el hecho de, en pos de tratar de mantener la atención del espectador, dotar a ambos personajes centrales de esa capacidad de casi invulnerabilidad, provoca el mayor punto de desconexión de la trama.





Y respecto a estos dos protagonistas principales, hay que destacar la interpretación, principalmente física, de Kaya Scodelario (vista en la saga de El corredor del Laberinto y en la quinta entrega de Piratas del Caribe) y Barry Pepper (Salvar al soldado Ryan, La milla verde, Banderas de nuestros padres o Valor de ley), entregados al cien por cien a unos personajes que pasan todo el metraje empapados en agua, cubiertos de lodo y recibiendo golpes por doquier. Pero asimismo esta pareja de padre e hija resultan igual de creíbles y convincentes en dicho rol y en su difícil situación personal sustentada por un divorcio traumático y una relación paterno filial lastrada por la excesiva exigencia del primero hacía la segunda en lo que respecta a su actividad deportiva, la natación, y que resultara un elemento principal a la hora de introducir las secuencias más significativas de la película. Y además se agradece como Aja es capaz de dibujar la relación y situación de ambos protagonistas en apenas un flashback y una secuencia de interacción entre ambos, más que suficiente sin embargo para que los personajes resulten creíbles y convincentes.





A lo largo del tiempo no han sido pocas las películas de género donde la presencia de caimanes o cocodrilos constituía el eje central del terror (caso de Trampa mortal, La bestia bajo el asfalto o Mandíbulas), proliferando en los últimos años los títulos de serie Z que, gracias al abaratamiento de los efectos visuales más protésicos, copaban los estantes de los videoclubs o el catálogo de películas de productoras como Asylum y similares. Infierno bajo el agua rescata a este tipo de películas de la mediocridad y la eleva varios enteros, ofreciendo un título de impecable factura técnica, un manejo de las secuencias realmente notable (ello a pesar que en el último tramo la incredulidad y el más difícil todavía tome forma ante escenas como la del cuarto de baño), y con unos intérpretes convincentes y que logran conectar con el espectador. Es de esta forma como, camuflada bajo la apariencia de un título de serie B, nos encontramos un más que acertado ejercicio de puro cine de suspense donde el terror lo ponen unas criaturas ancladas en nuestro acervo colectivo como amenazas latentes, algo a lo que ha ayudado su tendencia a seguir perpetuando su imagen de letalidad en constantes ataques a despistados seres humanos. Y es que las estadísticas nos dicen que es más fácil ser atacado por un cocodrilo gigante que por un demonio venido del averno.

lunes, 4 de mayo de 2020

MIEDOS 3D (THE HOLE, 2009) 92´



Dane y Lucas son dos hermanos que acaban de mudarse junto a su madre a una tranquila localidad para empezar una nueva vida. En el sótano de su nueva casa y de manera fortuita descubren, junto a su nueva vecina, una trampilla cerrada con seis candados. Una vez logran abrirla dan con un oscuro agujero en el suelo que parece no tener fin, abriendo sin ser conscientes la puerta a sus mayores temores.





Un título muy apropiado para que los más jóvenes puedan disfrutar del género de terror, ya que la propia historia y su evolución, así como la forma en que esta ha sido plasmada en pantalla, convierten a Miedos en un título muy recomendable como iniciático dentro de un género que por la propia temática que trata, así como por el hecho de ampararse de manera casi obligada en la violencia o escabrosidad, lo convierte en prácticamente un tabú para los más jóvenes. No sucede lo mismo con esta propuesta, heredera de alguna manera de la serie de libros de R.L Stines Pesadillas, reconvertida en serie de televisión y con adaptación cinematográfica protagonizada por Jack Black incluida. Este tratamiento edulcorado del terror puede llevar al equívoco de pensar que el presente título fracasa como ejercicio dentro de este género, algo que sucederá si es que nos dejamos llevar por el error de acercarnos a ella desde nuestra condición de adultos y no lo hacemos teniendo en cuenta el target principal al que está destinado la película, un público que está dejando atrás la infancia y adentrándose en la adolescencia y la madurez, lo que no es impedimento para que quienes no estamos comprendidos en esta franja de edad no podamos disfrutar de este retorno de Joe Dante al cine tras seis años de parón.





La historia ha sido guionizada por Mark L. Smith, autor igualmente de los guiones de Habitación sin salida y su secuela, el remake de Martyrs o la galardonada El renacido. Este autor deja patente su amor por el género de terror volcado en un libreto que homenajea a este pero de una manera muy controlada, sin ir a lo fácil que sería introducir grandes y evidentes guiños, aunque sí que estos están introducidos más de soslayo, sin que Miedos se convierta en un constante ir y venir de referentes del género, no siendo ese su objetivo principal, sino el devolver a este una carta de amor especialmente pensando en ese niño fan del miedo que algunos hemos sido alguna vez. El director de la película no es otro que Joe Dante,  todo un referente del cine fantástico y de terror, introduciendo no obstante en su cine siempre un tono de desenfado y hasta de ciertos ribetes de humor, y nunca obviando el amor del director por el cine de ciencia ficción de los años cincuenta, al que homenajea de manera constante en su filmografía, ideas estas que quedan perfectamente atestiguadas si hacemos un repaso por su carrera, donde destacan títulos como Piraña, Aullidos, Gremlins, En los límites de la realidad, Exploradores, El chip prodigioso, No mataras al vecino, Pequeños guerreros o Matinee, lo que nos da una idea de porque en la década de los ochenta Dante era considerado el Steven Spielberg (con quien por cierto colaboraría en varias películas) de la serie B. Este director, además de tener un gran conocimiento a la hora de filmar películas con una historia como la que presenta Miedos, donde se mezclan fantasía y realidad con unos tonos lúgubres pero que no llegan a adentrarse en el género de terror más puro, es un especialista a la hora de trabajar en películas protagonizadas por niños y jóvenes, como demostrara en varios de los títulos enumerados anteriormente. Esta doble experiencia le convertía en el director idóneo para llevar a buen puerto un proyecto como el de presente. 





Y es que como ya se apuntaba en la sinopsis inicial, los grandes protagonistas de la película son dos adolescentes y un niño, personajes con los que el espectador logra conectar inmediatamente sin que lleguen a resultar cargantes, soporíferos o directamente no te los creas, algo que suele no ser extraño en películas en las que el protagonismo recae en actores tan jóvenes, y que bien puede ser debido a una mala escritura del propio personaje o por una interpretación donde la inexperiencia lleva al exceso por parte del intérprete sin que el director llegue a controlar esta situación. No es este el caso y tanto Chris Massoglia, Nathan Gamble como Haley Bennet resultan atinados en sus papeles, con un simpático desenfado que hace no les pase factura el cargar con todo el peso de la trama central, encontrándonos a un trío de niños monos pero que además resultan simpáticos y hasta por momentos carismáticos. Frente a estos actores tan jóvenes nos encontramos con Teri Polo, conocida sobre todo por co protagonizar junto a Ben Stiller la saga iniciada con Los padres de ella, y que ejerce el rol de madre de la pareja de niños protagonistas. Un veterano Bruce Dern, quien ya había trabajado con el director en la divertida No matarás al vecino, compone un interesante papel al que si se le puede achacar que se le podía haber sacado algo más de partido. Y como no puede ser de otra manera en una película dirigida por Dante, no falta el consabido cameo de Dick Miller, actor fetiche de este a lo largo de toda su filmografía y que de alguna manera ejerce de alter ego del director.



La película se inicia con un aire familiar, que nos retrotrae indefectiblemente a plenos años ochenta, con una familia mono parental y a la que persiguen fantasmas del pasado trasladándose a una nueva ciudad, a una nueva vida, y llegando a un barrio de casas unifamiliares y agradables vecinos de jardín, inicio muy habitual en las cintas de dicha década, y puesto de moda por ser uno de los tratamientos habituales utilizados por Spielberg en su cine (todos recordamos ET o Poltergeist). Y es que el espíritu de la película es eminentemente ochentero, con ese aire de inocencia que dibuja unos personajes simples pero efectivos. Esto hace que la cinta se deje de divagaciones y vaya directo a la trama central, desgranando el misterio del agujero que da título a la película en su versión original de una forma que te atrapa ante los acontecimientos que se van narrando, a la par que engancha por su dinamismo en el montaje, a pesar de que podamos atisbar ciertos agujeros en la trama fácilmente perdonables.





Si bien en el trasfondo Miedos es cien por cien hija de los ochenta en cuánto a personajes, historia y desarrollo de la misma, no podemos decir lo mismo de sus formas visuales, algo que queda claro con ese primer movimiento de cámara según se acerca al automóvil de la familia protagonista cuando llegan a su nueva residencia. Los tiempos han cambiado y eso se nota en la forma de rodar y en un tono en la fotografía, estupenda por otra parte, más oscuro y que sin embargo nos permite disfrutar de todo lo que acontece frente a la cámara, obviando ese recurso tan propio del terror actual como es el de oscurecer tanto la secuencia que acabamos por perdernos muchos de los detalles. Y obviamente su filmación mediante el uso de cámaras 3D es lo que más la aleja de la forma de rodar hace treinta años y la ubica técnicamente en un momento más actual. Lo bueno es que la forma en que es utilizado el 3D posibilita que quien quiera disfrutar de este recurso a la hora de ver la película pueda regocijarse en cómo se utiliza para aumentar la profundidad de campo o potenciar el efecto del onírico escenario utilizado en el último acto, aunque no pueda evitar integrar planos evidentes de personajes lanzando objetos a cámara. Pero quien, como es el caso, no necesite o no quiera estar sometido al visionado en el formato creado por James Cameron para Avatar, no tiene por otra parte la sensación de estar delante de una película creada ex profeso para la explotación de este recurso.



Y llega el momento de valorar Miedos en su conjunto. Quien abogue porque se trata de una película de terror que no da terror ha de abandonar el prejuicio de compararla con el cine de este género creado y filmado para adultos, especialmente en la vertiente más gore y explícita del mismo. Es una película para niños y jóvenes, con lo que la manera en que ha de manejarse el miedo en las secuencias ha de tener este hecho en cuenta, forzando pero sin llegar al límite. Y sin embargo sí que se logran buenos momentos en lo que se refiere al manejo del suspense y el miedo, como el instante en que el pequeño Lucas se enfrenta en el sótano con un atroz bufón de porcelana o la primera aparición en los lavabos de la cafetería de la niña fantasma. Es cierto que en su desenlace la historia tira de lo fácil y utiliza un recurso sencillo para solucionar el entuerto creado, pero por otra parte es algo evidente tratándose como decíamos de una película para niños, algo que pueda parecer no es así por la nefasta y errónea calificación moral otorgada a la película en nuestro país. Es por ello que es importante saber qué es lo que vamos a ver, y en el caso de Miedos es una buena excusa para iniciar a los más jóvenes en un género poco dado a presentar películas como Miedos, donde se les tenga en cuenta como público potencial. La sangre y el terror al límite es para otro momento, ahora toca un terror más light y desenfadado.